¿Feliz Navidad?
Algunos comenzaron en noviembre; otros esperaron al último mes del calendario; pero, puntualmente, el 8 de diciembre la mayoría de los comercios se colmó de adornos navideños de los más diversos tipos: algunos con los tradicionales arbolitos decorados, otros con boas multicolores y los más recatados con plotteados dorados o plateados, simulando los trazos de los árboles, de cometas o estrellas.
Paralelamente, al colorido que engalanó los negocios, las ofertas se multiplicaron en cada vidriera con posibles regalos navideños, packs y ofertas imposibles de ignorar. Y como llamados por un hipnótico designio, los tandilenses de todas las edades por estos días se vuelcan a las calles para pasear, curiosear y hacer sus compras navideñas. Están aquellos que sólo miran, preguntan en varios negocios y siguen camino en busca de mejores oportunidades; los que avanzan cargados a más no poder de bolsas de todos los tamaños; los que se prueban todo y no llevan nada; los decididos y los indecisos; los que se adelantan para no precipitarse a último momento en el aturdimiento del centro de la ciudad.
Incluso las boutiques más tradicionales adornan sus vidrieras con prendas interiores femeninas rosadas, un clásico que en las Fiestas reciben las mujeres que desean -y pueden- tener suerte.
Los supermercados también se visten de colores y las góndolas se llenan de alimentos hipercalóricos que sólo los argentinos en pleno verano podemos disfrutar y compartir. Abundan los vinos, la tradicional sidra, el champán; y se reproducen las propuestas de menús típicos de la época que en muchas casas no dejan de estar.
De esta manera, la fiebre navideña se va colando no sólo en los comercios -que desean genuinamente despegar un poco de la crisis que los ha golpeado todo el año- sino en los hogares, donde muchas familias han bajado sus arbolitos y pesebres de los placares, desempolvado los adornos y luces para decorar.
Así, con justicia para algunos e injusticia para otros, bajo la corriente consumista que invade las calles de la ciudad, la inflación y el propósito original de la Navidad descienden a segundo plano.
Ojalá que en la cresta de la ola no se pierda de vista que en la primera parte de 2009 el índice de pobreza superó el 30 por ciento y la indigencia el 11, lo que significa que más de 17 millones de argentinos (así lo indicó un estudio de la consultora privada Ecolatina) están viviendo en una miseria nunca antes imaginada, seguramente distinta a la que experimentó el niño Jesús cuando nació, algo que nos revela a las claras que este y los próximos años, muchas de las personas que habitan este suelo argentino estarán lejos de poder celebrar la Navidad.*
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