Fuera de juego
Se acabó lo que se daba. Alemania desnudó, de la manera más implacable, las falencias que el equipo argentino había ocultado en Sudáfrica debajo de la alfombra, hasta ayer mágica, de la contundencia. Le inflingió una derrota lacerante. Dejó a la intemperie a sus individualidades y las sometió al inhóspito microclima de sus carencias colectivas.
No alcanzaron las cábalas ni las coincidencias con el ?86. Ni el gen motivador de Maradona, ni el rosario en la mano. El paso de los minutos, y cada embestida germana, ayer en Ciudad del Cabo, se convirtieron en empinadas y sufridas estaciones de un calvario futbolero. Justo en las barbas del Diez, un Dios pagano especializado en esto de cargar cruces.
Esta vez no hubo milagro. Ni Messi. Ni equipo. En 90 minutos se derrumbó un castillo de arena que nació endeble pero amagó con solidificarse en plena competencia. Todo al amparo del nacionalismo exacerbado de siempre, de las apelaciones grandilocuentes, del exitismo y su incapacidad para aceptar la crítica constructiva. Una ola vestida de negro lo barrió sin contemplaciones.
Vendrá el tiempo de los análisis fríos. Porque algo aleccionador debería dejar este proceso. También el de los que harán leña del árbol caído. Los mismos que callaron por temor reverencial al técnico y sus punzantes contraataques verbales. O por ocupar el patético sitial de la obsecuencia.
El fútbol no es cuestión de vida o muerte. Se equivoca el que así lo plantea. Es apenas un juego maravilloso y, salvo para el pulpo inglés que trabaja en Alemania, impredecible. Pero un juego al fin. Que da revancha.
Ergo, por más pasionales que seamos, la derrota debería tomarse simplemente como eso. Por más dramática que parezca. O, a lo sumo, como una de esas penas que merecen la pena.
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