Fútbol, disparos y un testigo que terminó preso
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El partido ya había culminado. El seleccionado argentino había vuelto a ganar en su tercera presentación frente a Nigeria y era tiempo de festejar. Para ese entonces, la cita obligada era la esquina de Juan B. Justo y Fragata Sarmiento, corazón de Villa Laza. Hasta allí fueron los González y compañía, donde en la despensa Valín departirían la costumbre del consumo de birras y tabaco con las repercusiones de lo que había dejado el partido como excusa.
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Accedé a las últimas noticias desde tu emailNadie si había imaginado, ni los González ni sus compañías, que en medio del festín la muerte les acariciaría las nalgas. Más aún, una de esas compañías, Gabriel Alejandro Curcio, aún convive con rastros de aquella tarde de terror. La cicatriz de un orificio en una de sus piernas y una bala que caprichosamente aún se cobija en su esqueleto sin querer salir y sin lesionar un órgano vital, son rastros más que reveladores de la virulencia de que fueron blanco de manos de, al menos, dos personas que, para el ministerio público fiscal, son los que ahora estaban sentados en el banquillo de los acusados, los hermanos César y Jesús Usuna.
Cuentan en los corrillos de la antesala del Tribunal Oral Criminal 1 que la furibunda represalia a tiros (entre tres a seis) devino de otras peleas anteriores protagonizadas también en horas previas o posteriores a partidos que el seleccionado había disputado en el Mundial 2014. En Villa Laza no sólo se respiraba fútbol, también sed de venganza por diferencias entre quienes se conocen desde chicos y por razones que no se ventilarán nunca en la sala de debate, llegaron a esta instancia en el que se juzga el severo hecho tipificado hasta aquí como intento de homicidio, entre otras yerbas.
Por ese delito están presos César “El Moco” Usuna y su hermano Jesús. Para colmo de males, César por ese entonces estaba cumpliendo un arresto domiciliario que, a la luz de estos acontecimientos, no cumplió, por lo que su eventual pena, de resultar condenado, resultaría aún más gravosa.
Los hechos
La crónica judicial escrita por el fiscal Damián Borean describió que el 25 de junio de 2014 previo a las 15.48 aproximadamente, al menos dos personas (los señalados) circulaban abordo de un Chevrolet modelo Cruze color blanco, dominio JOV 200, por la avenida Juan B. Justo y de común acuerdo se acercaron a la esquina de Fragata Sarmiento para gatillar contra el grupo de personas -también había niños- que se encontraban departiendo cervezas y comentarios futboleros (integrado por Alejandro Garcé, Maximiliano González, Marcos González, Agustín Silvestri, Nelson Arias, Mauro González, Esteban Mansilla y Gabriel Alejandro Curcio, entre otros).
Al decir de la acusación, César Usuna –ubicado en el asiento del lado del acompañante del auto- portaba consigo un arma de fuego -tipo revólver calibre 32- cargada y apta para ser disparada, mientras que Jesús Usuna conducía el coche.
Al arribar a la intersección, Jesús giró el auto hacia la calle menor y se acercó hacia ese grupo de personas que se hallaba a escasa distancia entre sí en el frente del comercio despensa denominada Valín. Allí, César Usuna intentó cumplir su cometido; sacó el torso por la ventanilla y estiró su brazo tatuado que empuñaba el arma, apuntó y disparó desde la ventanilla delantera del acompañante de este automóvil en marcha, en al menos cinco oportunidades a corta distancia contra el grupo, impactando dos proyectiles en el cuerpo de Gabriel Alejandro Curcio.
Al primer proyectil todos, cual acto reflejo, se tiraron cuerpo a tierra o buscando dónde esconderse. Curcio quedó parado, inmóvil ante la agresión, recibiendo dos balazos. Uno en la cara anterior y externa del hombro derecho sin orificio de salida, en región lateral derecha e interna del cuello. La otra bala, herida contusa compatible con orificio de entrada de arma de fuego localizada en la cara externa de muslo derecho en su tercio medio sin orificio de salida, proyectil que luego en el Hospital pudo ser extraído quirúrgicamente.
Otro suceso
Como segundo hecho que se le endilga a “El Moco” Usuna, el fiscal reseñó que ese mismo día, unos minutos más tarde, el nombrado arribó a su domicilio sito en Almafuerte al 2000 abordo del auto anteriormente descripto y al ser interceptado por personal policial ante la sospecha de que había participado en los ilícitos antes narrados, como también comunicarle que había incumplido las obligaciones de la prisión domiciliaria que gozaba en el marco de una causa, Usuna se opuso con fuerza al actuar policial.
Al decir de la acusación, el sospechoso se abalanzó contra el efectivo policial Angel Matías Bascougnet, le lanzó manotazos, cabezazos y puntapiés y se trabó en lucha con el uniformado cayéndose al piso hasta que, con el auxilio de otros funcionarios policiales (Fabiana Marisol González y Carolina García), terminó apresado.
Hasta aquí, los hechos fácticos que el fiscal propuso como acusación y que llevó a que los hermanos Usuna lleguen a juicio bajo la prisión preventiva. Ahora llegaba la etapa de ventilar aquella prueba que provocó las privaciones de la libertad y que los hermanos quedaran apresados. Pero una vez más, aquellas historias marginales que poco saben de códigos procesales y más bien transitan códigos subterráneos, se toparían con un capítulo cargado de silencios, miedos, que generó más de un dolor de cabeza para el fiscal como al propio Tribunal, que terminaría por acceder al pedido de aprehensión por falso testimonio de uno de los protagonistas de esta historia.
Uno de los testigos claves que los había señalado a los Usuna como los autores de aquella brutal agresión a tiros y que ahora, frente a los jueces y muy cerca de lo que había acusado, dijo no recordar lo que había visto y, menos, lo que había dicho primero a la policía y a los agentes judiciales después. El reproche penal, entonces, no se hizo esperar y quedó detenido en la alcaidía como hasta ayer estaban los hermanos que él había acusado.
El desfile de testigos demandó toda la mañana y algunas horas de la tarde de ayer. Mañana continuará el comparendo de más personas en pos de esclarecer el suceso y las respectivas responsabilidades. Al menos acercarse a la verdad, una verdad judicial que igualmente parece estar distante del interés de la víctima como del victimario. Ellos parecen haber arreglado sus conflictos a su manera.
Tiempo de declarar
Tras escuchar lo aportado por quien se presentó como perito planimétrico en el caso, cuya intervención apenas sirvió para establecer medidas y distancias desde donde se efectuaron los disparos y demás menesteres que hacen a la instrucción, llegó el turno de quien terminó resultando víctima del caso, Gabriel Curcio, quien a raíz de los disparos recibidos sufrió lesiones de gravedad que merecieron su internación e inactividad laboral por más de un mes.
Curcio, como luego replicaría el resto de los integrantes del grupo que resultó blanco de la balacera, se mostraría reticente a recordar con precisión lo ocurrido y, en especial, señalar a los que estaban sentados junto a los defensores Carlos Kolbl (representando a Jesús Usuna) y Marcelo Argeri (por César Usuna).
Sólo había un detalle, el estoico interrogatorio del fiscal como de los propios jueces Guillermo Arecha, Pablo Galli y Carlos Pocorena, en pos de hacerles aflorar de su frágil memoria lo que habían declarado, tanto en la misma jornada del hecho frente a los policías como ratificado luego en la sede de fiscalía.
Que le dijeron, que escuchó, que algo vio pero no con nitidez, sería la declaración común de la víctima como del resto de sus amigos a la hora de confiar quiénes y porqué habían disparado contra sus humanidades.
Igualmente, frente a la persistencia del interrogatorio, Curcio y los otros que vendrían después, terminarían de señalar al menos a César Usuna como quien “habría” o “podría haber sido” el que disparaba, lejos de las aseveraciones primeras.
Para ello el fiscal recurrió a exponer contradicciones flagrantes con lo volcado en el expediente, lo que generó más de un reparo, reproche y hasta formulación de protesto de los defensores, quienes entendían que leerles lo que habían dicho oportunamente, pero que ahora decían no recordar, atentaba con el espíritu de la oralidad.
Maximiliano González transitaría por la misma senda. Dubitativo, con pocas ganas de recordar ni siquiera los incidentes anteriores que habían motivado la agresión que aquí y ahora se ventilaba.
También, y no sin esfuerzo y paciencia, el fiscal y los jueces lograrían, tras horas de interrogatorio, sacarle precisiones que se acercaban a lo que antes, en la instrucción, había declarado.
Así, recordó sobre el brazo extendido empuñando el revólver (brazo tatuado como el que luce el acusado) como el haber visto cuando él y Curcio arribaran al Hospital en la ambulancia a Usuna saliendo de la guardia y huyendo apresurado cuando los vio ingresar con la asistencia médica.
“Para mí era él”, supo decir a regañadientes sobre su impresión de que era César Usuna el que salía del Hospital, el mismo que les había disparado minutos antes.
Pasaría luego otro par de testimonios de aquellos que integraban aquel grupo que fue blanco de los proyectiles. Todos en consonancia con la misma desmemoria, bajo la excusa de haber estado alcoholizados. Estado que utilizaría también el testigo Marcos González, quien finalmente agotó la paciencia de todos y terminó detenido (ver aparte).
De testigo a detenido, sin escala
Marcos González era uno de los testimonios más esperados puesto que, como otros amigos, aquel día del incidente, como un mes más tarde, había declarado sin titubear que César Usuna había efectuado los disparos y su hermano Jesús era el que conducía el auto.
Sin embargo, su suerte y su situación frente al proceso cambiaron drásticamente cuando una vez iniciado el interrogatorio dijo no recordar nada. Que lo dicho en el expediente habría sido declarado bajo los efectos del alcohol. Que tenía problemas con el alcohol y que probablemente lo que había dicho era bajo ese estado.
Se le recordó una y otra vez que sus dichos primeros habían sido ratificados un mes después frente a los agentes judiciales, pero González insistió en su estado etílico, lo que enfureció a los magistrados y al fiscal.
Agotados de paciencia y tras endilgarle que si mintió sería objeto del reproche penal por haber faltado a la verdad antes o ahora, y frente a la clara reticencia por prestar declaración, finalmente el fiscal se vio obligado a pedir su aprehensión por el delito de falso testimonio, petición que tras un breve cuarto intermedio el Tribunal aceptó.
Los uniformados que estaban custodiando a los dos acusados sacaron sus esposas y juntaron las muñecas del testigo olvidadizo. Fue retirado de la sala rumbo a la alcaidía en carácter de aprehendido, al aguardo del respectivo proceso penal que se le iniciará en su contra, por un delito que contempla penas de tres a diez años de prisión.
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