Gloria y su ?Sopita de Letras?
Es casi mediodía y recién cuando se dispone a desgrabar la conversación, el periodista cae en la cuenta que no fue la hora más oportuna para hablar con un comedor. Menos aún, sin son 84 las bocas que esperan el plato. Quizás el único del día. 84 bocas abiertas, de pibes que como en cualquier punto de este bendito país tuvieron la desgracia de nacer ?del otro lado?. Del lado de la marginación, de la miseria, de la injusticia. En este caso, Salta. Un barrio pobre, emblemático por su violencia, por sus adicciones, por el mote de ?zona roja?; de chicas prostituidas a los 13 y embarazadas a los 14, de bebés abandonados, de travestis, pistoleritos y pibes chorros.
Es una hora inoportuna, sin embargo la voz de Gloria Escalante (Doña Gloria), suena tan diáfana y agradecida, que uno no se da cuenta de que la está importunando.
Cuenta, Gloria, que viene de comprar dos bolsitas con menudos de pollo (a dos pesos cada una) que le va a poner a la sopa; compró medio kilo de papa, pero que en este tiempo viene fea y hay que tirar bastante, que tenía algo de zapallo de ayer y que esa mañana, como todas las mañanas, amasó el pan.
?Gracias a Dios, hoy también vamos a poder darles de comer a estos chiquitos?, agradece esta mujer de ?erres? estiradas y ?elles? pronunciadas a lo castizo. Tiene cincuenta y tantos y hace cincuenta y tantos que vive en el barrio. Con sus ojos pudo ver que en ese medio siglo el lugar creció en casitas humildes, floreció en algún tiempo de la mano de políticas más proclives a la cultura del trabajo y que se desbarrancó en caída libre hacia este presente.
Conoce el barrio como la palma de su mano. Entiende sus calles y su gente. Y tiene la sabiduría de no juzgar a nadie. Ni siquiera cuando hace algunos años le tocó vivir una de las pesadillas más grandes que puede sufrir una madre: la violación de su hija.
?Fue un momento terrible?, resume. Y aquella circunstancia nefasta pudo ser el disparador para cualquier reacción: el odio, la venganza, la depresión, el abandono… Pero Gloria y su familia decidieron transformarla en acción, en ayuda a los demás. Fue en esa época cuando esta mujer decidió poner todo de sí para tratar de transformar esa realidad cercana.
En su casa, de cuatro hijos, abrió un comedor comunitario. Allí comenzó a albergar a los pibes abandonados, a las nenas explotadas, a los viejos olvidados. ?Sopita de letras? se llama su comedor. Pero su compromiso no tiene nombre ni horarios ni feriados. Tanto, que hasta le costó su matrimonio. En esa entrega hacia el prójimo en cuerpo y alma, no quedó margen para la vida en pareja. ?Nos separamos ?cuenta-. Pero hoy tenemos una muy buena relación: ayudamos a nuestros hijos y tratamos de criarlos y educarlos de la mejor manera?.
Gloria no recibe ningún tipo de ayuda oficial. No hay subsidios ni becas. La ayuda viene de otro lado: de la propia gente, de los almaceneros, los verduleros. De alguna ONG que de tanto en tanto aparece en ?Sopita de Letras? para dar una mano.
O como en este caso. La ayuda le llegará de Tandil, a través de Christian Reboredo.
?No tengo palabras para agradecerle a ustedes lo que están haciendo. Yo me imagino que allá en Tandil también deben tener necesidades, debe haber chicos que necesitan ayuda. Por eso, que se acuerden de nosotros es un milagro?, vuelve a agradecer Gloria.
La charla llega a su fin y uno se imagina a Gloria en su cocina, tratando de sacar provecho del medio kilo de papas, las dos bolsitas de menudos y el zapallo que quedó de ayer. Y las 84 bocas que esperan el pan de cada día.
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