¡Gora Pamplona, gora San Fermín!
?Pamplona no es así. Esto va a ser un caos y poco tiene que ver con la realidad?, aseguró el taxista encargado de rescatar gente perdida en el amontonamiento de la terminal de autobuses. ?Durante todo el año acá te multan por escupir en la calle y en sanfermines ese mismo policía que te hace pagar 300 euros está contra la pared de mi casa meando al lado de un yanqui ?dijo serio y frunció el ceño al mirar a sus pasajeros por el espejo- ¿Van a correr el encierro? Que los coja el toro?.
Hacía seis horas Madrid había quedado en el recuerdo con unas cuantas fotos turísticas: museos del Prado y Reina Sofía, Velázquez y Picasso, museo del jamón y museo de la ?caña? (cerveza tirada), marcha del orgullo gay y el colosal estadio Bernabeu. El tiempo de hospedaje se acabó y hubo que despedirse de la Plaza Mayor y los 35 grados de calor para partir hacia la terminal. Allí, una cortina de plasmas marcaban los viajes a la fiesta nacional con veinte minutos de diferencia.
El paisaje cambiaba a medida que el autobús de un piso y butacas no reclinables se tambaleaba en las continuas curvas de la autovía española, movimiento preocupante para el no acostumbrado pero que a los estadounidenses del fondo, y los de adelante y el medio también, les parecía gracioso y acompañaban con gritos al estilo de montaña rusa. Pequeños pedazos de tierra cultivados con trigo, maíz y girasol entre las montañas crecían al alejarse del centro del país aunque no demasiado. Pero no importa porque a pesar de los obstáculos geológicos se pueden plantar, en cambio, decenas de molinos eólicos en las cumbres más altas. Los primeros impresionan un poco pero luego uno se acostumbra a tenerlos a un lado durante todo el viaje, al igual que los enormes edificios sin chimeneas con carteles de Mercedes-Benz, Audi y BMW. En verdad, nada realmente llamativo para cualquier argentino de paso.
Larga el chupinazo
Es Pamplona la mañana del 6 de julio de 2010 y desde un balcón en las afueras del casco antiguo ya se puede ver a los lugareños de blanco con un pañuelo rojo al cuello y una faja, también roja, en la cintura yendo a la Plaza Consistorial, lugar donde la alcaldesa anunciará el comienzo de la celebración.
Pero, ¿cómo era la canción? ?1 de enero, 2 de febrero? 7 de julio: San Fermín? ¿No falta un día? ?Hoy es el chupinazo y mañana empiezan los encierros. Cámbiate la ropa que llegamos tarde?, dijo el navarro que recibió a este cronista mientras guardaba algunos euros dentro de la zapatilla. El vestuario típico esperaba a un costado de la cama.
Al salir a la calle distintas situaciones en pocos metros. Un grupo de adolescentes bebían litros de ?kalimotxo? (vino con coca-cola) y ?cubatas? (bebidas blancas rebajadas con gaseosa) en un parque a la orilla del rio Arga; un joven matrimonio llamaba a gritos al hijo que a saltos corría sonriente y se alejaba aún más; y tres mujeres de pelo corto rogaban no ser ensuciadas por algún descontrolado mientras por la vereda de enfrente tres quinceañeras se mataban de risa luego de haber sido bañadas con huevos y harina.
?Hay que estar atento a los más chicos porque tiran con eso y los más grandes con vino?, avisó el navarro amigo. ?Hoy van a estar todo el día de fiesta ya que muchos al estar de paso y ser desconocidos hacen cualquier cosa. Mañana a esta misma hora los vas a ver destrozados y durmiendo en cualquier sitio?.
Llegar a la Plaza de Castilla faltando treinta minutos para las 12 es quedarse boquiabierto para ayudarse con la mano a cerrar la mandíbula. Lamentablemente, ir al sitio donde la alcaldesa Yolanda Barcina hará estallar el cohete de bienvenida, a sólo cuatro cuadras de distancia, es imposible por el amontonamiento. Y tampoco es necesario ya que la gente celebra en cada calle.
?Tú no eres de Pamplona. Con esa camiseta no puedes ser de Pamplona?, dijo un muchacho salpicando al cronista con un enorme vaso de vino al rodearle el cuello con su brazo. En efecto, era uno de los únicos en todo el lugar que tenía el afiche 2010 estampado en la remera. ?Que no, que soy de Tafalla (pueblo vecino)?, contestó rápidamente. ?Tampoco, tío -dijo sonriente -. Tu eres de Estella (otra localidad de Navarra)?. Y tratando de zafarse a la tortura karadagiana le contestó: ?¿Y si te digo que soy argentino??. Y exageró la pronunciación del ?che? final. Al instante todos sus amigos se enteraron y largaron la carcajada. ?Yo quería que España jugará con Argentina en lugar de Alemania. ¿Sabes por qué? Porque es más fácil?, bromeó y convidó un trago para matar las penas al canto de ?A mí me gusta el pim-piripim-pimpim? y balanceándose de un lado a otro como en un barco.
La plaza habitual de Hemingway hace más de medio siglo ahora estaba colmada de gente y cada uno tenía su bebida. Unos conversan, otros cantan, unos esquivan baldazos de agua y otros los reclaman a los vecinos en los balcones. Pocos van al baño y muchos donde sea. ?Falta un minuto?, anuncia una madrileña a las amigas y todos esperan ansiosos. No es un minuto de silencio. De pronto, la explosión y la locura. ?San Fermín, San Fermín??, grita la multitud levantando el pañuelo sobre sus cabezas y cerrando los ojos para sentir el tinto golpeando en sus caras.
Los jóvenes bailan en la glorieta, sobre los bancos de plaza y los tachos de basura, en los postes de luz y arriba de los baños químicos mientras los acomodados ?amigos de alguien? observan todo desde la terraza del Café Iruña y el lujoso Hotel La Perla. ?¿Y ahora??, pregunta el novato al lugareño conocedor. ?Pues tienes dos opciones: tu casa o el bar. Volver solo o en fila haciendo la conga?, respondió tras guiñar un ojo.
¿Esto era?
?¡Son las 7 de la mañana! ¿Vamos a ver la corrida de toros? Perdón, el encierro -dijo el turista al salir de la discoteca todavía mareado y hablando solo-, ¿Dónde queda? ¡Mirá, ahí están las vallas!?. Hizo una cuadra en zigzag y cuando llegó estaba ubicado en el último tramo de la carrera: el callejón de entrada de la Plaza de Toros. Detrás de él un monumento al escritor estadounidense enamorado de los buenos toreros, a quienes les dedicó su novela ?Fiesta?, hacía caballito en los hombros a un avivado que había conseguido el mejor puesto para ver.
?Este es el mejor sitio si quieres entrar gratis a la plaza. Hay que hacer así: cuando el último toro haya entrado hacen explotar un segundo cohete, el primero lo tiran cuando empieza, para avisar a todos, y a partir de ese momento tienes un minuto para meterte en el corredor antes que cierren las puertas. Es muy fácil y todos lo hacen?, explicó un sabio algo borracho y se fue. A esperar en la valla entonces. Una hora parado, cuidando que no haya colados, para presenciar un espectáculo único. Mientras, chiflidos y risas para un grupo de valientes que se posicionaron a 50 pasos de la llegada.
De pronto, el estallido. Dos minutos de asomar la cabeza en puntas de pie y escuchar a ciegas el sonido de unos cencerros golpeando a trote se llevaron el primer encierro del 2010. Una argentina miró a su amiga indignada y preguntó: ?¿Ya está? ¿Eso es todo??. A lo que el turista pensó: ?Este es el momento para meterse?. Saltó la valla y un policía lo atajó del otro lado. ?No puedes pasar?, dijo. ?Soltá, che?, respondió y al cruzar la segunda valla vio que aún había personas corriendo. Y allí, en un instante de lucidez que le cayó como un rayo, recordó que no había sonado el segundo cohete.
Con el corazón en la garganta y atento a chocar con nada, hizo los metros que faltaban y saltó a la tribuna pidiendo ayuda. Una vez en su asiento, tomando aire y creyendo ser la reencarnación de Flash, el turista escuchó los gritos de la calle para luego ver entrar a una bestia enorme y negra cabeceando a cada lado para poder enganchar algo con las puntas de sus cuernos. Por suerte para algunos y lamentablemente para otros no hubo víctimas.
A por ellos
Al encierro le sigue la suelta de vaquillas: pequeñas vacas bravas con los cuernos redondeados para no ensartar a sus rivales. Es la parte que más risas trae y consiste en ver a un montón de ?guiris?, como se le llama al extranjero que puede distinguirse a la legua, en su mayoría australianos, alemanes y estadounidenses, intentando esquivar al animal o ser lanzados por los aires. Y quien intente agarrarla o la frené será insultado por el público y recibirá una paliza de los atletas habituales. En esa arena hay algunos vascos habilidosos de cintura pero ninguno de ellos ha corrido el encierro. Todos ellos tienen claro que se debe hacer y que no durante las fiestas de San Fermín.
?El peligro no son los toros sino los guiris sin experiencia y sus panzas llenas de cañas?, afirmó Otxi, un rockero pamplonés de cuarenta y pico que hace veinte años asiste a ver las vaquillas. ?Esto es lo más divertido y sano?, dijo tras reírse de un hombre con la bandera estadounidense como remera que se había quedado sin pantalones al ser alcanzado por el animal.
?No es como cuando matan al toro, eso no me gusta -opinó Otxi serio en la platea al sol de la plaza, la más barata-. Es una bestialidad y casi no hay méritos del torero porque éste entra cuando el pobre ya está desangrado. Lo pican antes para sacarle fuerza?. Al escuchar estas palabras, una mujer en el asiento vecino interrumpió la conversación: ?Si vas a explicar hazlo bien. Al toro se lo desangra antes para que durante la corrida no se descomponga y le dé un paro cardíaco?. Otxi aún no convencido, niega con la cabeza e insiste en voz baja: ?Y para sacarle fuerza?.
La frutilla del postre
Luego, a las 18 mientras los perdidos en la noche se bañan desnudos en el río (¡Woodstock vive!), se da lugar a uno de los espectáculos más impresionantes en el mundo moderno: la Corrida de Toros. Este evento, que respeta una tradición del siglo XIV y no es exclusivo de los sanfermines ya que se realiza en distintas regiones de España durante todo el año siendo los sevillanos los más fanáticos, hoy levanta mucha polémica. Y lo cierto es que a esto podría decirse, sin compromisos, que gustos son gustos. ¿O acaso son todos vegetarianos?
Por otra parte, pocos saben que del 7 al 14 de julio la Plaza de Toros pamplonesa es atípica a las demás y se convierte en una excusa del público para el encuentro con las peñas vascas y sus ?txarangas? (bandas musicales de vientos). Allí es donde está la alegría que sólo San Fermín produce una vez al año, aunque tampoco se olvide la ideología política. Melodías de La Mosca, Grupo Sombras, Ska-P y otras canciones populares ponen de pie a la muchedumbre y la hacen moverse felizmente dando la espalda al remate del torero sevillano y los espasmos de la víctima. Ninguno de ellos abuchea al carnicero ni felicita al elegante y son quienes ocupan la mayor parte del lugar.
?Yo no entiendo de toros, no me interesan. Aquí vengo por la música y la comida?, dijo una señora con una ?bucata? (sándwich de pollo y fiambre) en una mano y un vaso de champán en la otra.
Pobre de mí
Pasan los días y la terminal de autobuses sigue siendo la bienvenida y despedida de enormes contingentes. Ocho días después del Chupinazo sólo quedan los pamploneses en la devastada ciudad. Tras ver los últimos fuegos artificiales de la semana marchan nuevamente a la Plaza Consistorial para lamentar el final al canto de ?Pobre de mí, que se han acabau las fiestas de San Fermín?.
Doce campanadas y todo ya es melancolía. Al otro día se acabarán las vacaciones y habrá que volver a trabajar, algunos bares cerrarán y otros amigos y familiares se alejarán kilómetros de allí. Sin embargo, en medio de las caras tristes alguien vuelve a cantar: ?Ya falta menos, ya falta menos p?al glorioso San Fermín?. La actitud no se extingue ni se puede prohibir. ¡Viva San Fermín!
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