Graffitis
Por Marcos Gonzalez
(marcosggonza@gmail.com)
Durante años, el murallón del Dique lució la siguiente leyenda: "Ana te amo".
Escrita con insulsas letras mayúsculas en látex blanco, la declaración habría seguido el curso de cualquiera de su tipo (el amor consumado o contrariado -o en ese orden-) de no ser por el tamaño y el lugar de la frase: inmenso y en un sitio emblemático para la tandilidad.
Basta imaginarse al muchacho, colgado de una soga atada a las barandas del murallón, arriesgando su vida y con grandes posibilidades de pasarse una noche en el calabozo por vándalo. La imagen es impactante y uno quiere creer que Ana habrá retribuido semejante proeza tal vez no con una promesa de amor a largo plazo, pero al menos con un adelanto de pasión en efectivo.
Barajar la posibilidad de que la chica le pudo haber respondido `yo no`, es dar por sentado que este mundo efectivamente es un valle de lágrimas.
Finalmente, la erosión del tiempo y quizás alguna orden de limpieza emanada desde los organismos correspondientes borró aquella leyenda para siempre.
Algo similar ocurrió con otra frase, estampada en un paredón de Constitución y Fuerte Independencia, nacida también desde un corazón apasionado, aunque indisimulablemente presa del despecho.
"Negra -podía leerse: Chicho te …". Permítaseme el prurito de obviar el verbo conjugado en pretérito perfecto de la acción de colocar un clavo, en tercera persona.
El paso del tiempo aquí también hizo lo suyo, aunque demoró lo suficiente como para que al menos una generación de tandilenses elucubremos sobre el desliz de Negra, el oportunismo de Chicho y la venganza del autor de la sentencia.
Por estas horas, los distintos medios de comunicación reproducen un parte de prensa del Concejo Deliberante, a través del cual se deja constancia que avanza un proyecto para regular los graffitis.
Debo reconocer que debí recurrir a un diccionario para confirmar que tales inscripciones (la de Ana y la de Negra) están incluidas en la definición, toda vez que constituyen pintadas en las paredes, frecuentemente de contenido político o social (justamente), con o sin el permiso del dueño del inmueble.
Por lo que se desprende del proyecto, la ordenanza creará "un Registro Municipal compuesto por todos aquellos comercios habilitados para la venta de productos tales como pinturas en aerosol, fibras y análogos (¿?). Cada comercio que expenda dichos productos deberá contar con un registro interno de cada venta que se realice. El mismo contendrá datos útiles, a los fines de individualizar a cada comprador".
Hasta donde pude entender, y tomando los ejemplos citados, yo, enamorado de Ana o despechado con Negra, acudo a una pinturería a comprarme un litro, supongamos. El despachante me pedirá los datos (para lo cual debo suponer que tendré que acudir munido de mi DNI) e indagará acerca de los fines que le daré a la pintura.
Conocedor de este requisito, iré con una excusa ya pensada: "le voy a pintar la cucha al Terry".
Esa misma noche, saldré a dar rienda suelta a mi amor o a mi despecho, según el caso.
Al otro día, cuando la leyenda ya está plasmada, el Municipio hará uso de su autoridad fijada por ordenanza y saldrá pinturería por pinturería a preguntar quién fue el ñato que compró un tarro de látex blanco en los últimos, digamos, 30 días.
El trámite, a simple vista, parece farragoso. A no ser que el sistema actúe por reincidencia. De manera tal que a medida que me enamoro y me despecho y decido exteriorizar tales sentimientos, va a llegar el día en que se me apersone un agente municipal en casa y me diga `usted compró 50 litros de pinturas en el último año y por lo que veo, en la cucha del perro no lo usó. Me va a tener que acompañar`.
Seguramente, el citado proyecto contará con algunas cláusulas que den por tierra con estas especulaciones que aquí dejo escritas.
A diferencia de las frases hacia Ana o la Negra, esta columna no goza de de los beneficios de la erosión. Con lo cual, mi error quedará plasmado para siempre. Incluso, este anticipado pedido de disculpas.
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