Hace frío y estoy lejos de casa…
El primer inconveniente que se nos plantea cuando hacemos referencia a las islas Orcadas es su pronunciación: ¿grave (con acento en la primera ?a?) o esdrújula (con acento en la ?o?)?
En realidad, se puede pronunciar de las dos maneras, con lo cual, el primer inconveniente está solucionado.
El segundo: ¿dónde están ubicadas? Sin recurrir al mapa, a una enciclopedia o a internet, si uno puede decir que forman parte de las islas del Atlántico Sur, que están al sudoeste de Tierra del Fuego, debajo de Malvinas y arriba de la Antártida, puede decirse que aprobó el examen.
Pero el verdadero problema se nos puede plantear si nos dicen: ?tenés que pasar un año en las Orcadas?.
La casi totalidad de los mortales, respondería con un ?muchas gracias, pero no?. Sin embargo, algunos, unos pocos, un puñado ?de hecho 15, entre 40 millones de argentinos- no sólo aceptan el desafío, sino que van con gusto.
Entre ellos, un tandilense: Nicolás Ferrari.
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Accedé a las últimas noticias desde tu emailDesde que era así de chiquitito
Tiene 28 años, es guardaparques y su pasión por la naturaleza le viene de chiquito, o tal vez de antes: ?Con mis padres y mis hermanos tuve la posibilidad de recorrer la Argentina en carpa y de a poco conocer los Parques Nacionales. Con los años cada vez estaba más seguro, había hecho algunos voluntariados en los parques, trabajado de brigadista de incendios y cuando cumplí 20 años se me dio la posibilidad y entré a la escuela que en ese momento estaba en Tucumán. Me recibí y me fui directo a Tierra del Fuego, a bahía Lapataia, en el final de la Ruta 3. Ese Parque fue una escuela en mis primeros años. Allá encontré muy buenos compañeros, todos más grandes, porque durante un tiempo fui el guarda nacional más joven del país?.
Tras pasar cinco años en bahía Lapataia, Tierra del Fuego, Nicolás fue trasladado al Parque Nacional Lanín, donde alcanzó a estar cinco meses, ya que enseguida le salió la posibilidad de viajar a las Orcadas.
Un viaje al fin del mundo
Allí lo esperaba una misión de monitoreo de fauna. El viaje iba a ser complicado porque para ese entonces, el Almirante Irizar se había incendiado y fue reemplazado por otros barcos. Era diciembre del año pasado y el arribo estaba previsto para diez días más tarde; Nicolás puso pie en las Orcadas recién el 20 de febrero. Atrás habían quedado una serie de contratiempos. ?Recorrimos todas las bases antárticas habidas y por haber. Cruzamos el estrecho de Drake dos veces y estuvimos un mes en la Base Esperanza, donde aprovechamos para hacer trabajos de monitoreo de fauna del lugar?
La población en la base de las islas Orcadas está compuesta por 15 personas. Hay efectivos de la Fuerza Aérea, que se encargan de los relevamientos meteorológicos, y de la Armada, que tienen a su cargo la logística. Hay médico, mecánicos, carpinteros… Y dos ?Nicolás y Sebastián, su amigo y colega-, a cargo de misiones científicas.
El trabajo se basa en dos ejes: uno geofísico y otro biológico. El primero consiste en relevar la parte sísmica de la isla (datos que son enviados a una universidad de Italia y a otra de Memphis, con las que la Dirección Nacional del Antártico tiene convenios), en tanto que el aspecto de la biología apunta a monitorear vida y obra de los pingüinos barbijo y papúas, dos especies que están distribuidas por toda la Antártida pero que tienen su mayor población en la isla Laurie, que integra el archipiélago de las Orcadas.
Allí tiene que estar buena parte de su tiempo Nicolás, en un territorio de 100 kilómetros cuadrados. Algo así como un Tandil; un poco más blanco; un tanto más helado; mucho más inhóspito.
A contar pingüinos
Con Sebastián se conocieron hace diez años, escalando el Chaltén. Y como cumpliendo con ese mandato bien argento que dice ?Dios los cría y el viento los amontona? (un viento que en las Orcadas puede llegar a 150 kilómetros por hora en un día complicado), hoy están cumpliendo un sueño compartido.
?Es un gran amigo, como un hermano ?dice orgulloso Nicolás-. Con él compartimos esta pasión por la naturaleza. Conocemos nuestras familias y acá salimos a hacer el trabajo de campo juntos. También charlamos, de las cosas buenas y no tan buenas que nos pasan?, se confiesa, dando por entendido que no todo es rosa en el continente blanco.
En el verano, cuando los días son más largos y las temperaturas rondan los cuatro grados bajo cero, tardan 40 minutos en llegar desde la base al punto de tareas. Allí toman datos estadísticos y censan a los mamíferos (lobos, elefantes, leopardos ?todos en su versión marina- y focas).
En invierno, cuando las temperaturas bajan a 20 bajo cero y las noches son eternas, el bote se reemplaza por los esquíes y los trineos, porque el mar se congela aproximadamente unos tres metros en su superficie.
Por supuesto, también monitorean a los pingüinos: datos de población, puesta de huevos, peso, dieta, contenido estomacal para saber cuánta cantidad de kril comen por día, etc.
Durante el verano, suelen llegar algunos barcos con turistas a visitar la isla. ?Nosotros aprovechamos para mandar cartas a nuestra familia?, comenta Nicolás que si bien reconoce que también mantiene contacto con los suyos a través del teléfono e internet con que cuenta la base, sabe que una carta tiene ?una mística especial. Algo que también tiene que ver con esto que estamos haciendo?.
De volver, ni hablar
Pero el verano dura muy poco y pronto la isla queda redundante y solitariamente aislada.
Sabe que hasta que no se derritan los hielos no hay posibilidad de volver al continente. Pero no le preocupa: ?no pensamos en el tiempo. Creo que estaremos volviendo en febrero o en marzo, si todo sale bien. Pero bueno, tratamos de mantenernos ocupados y no pensar en eso porque no tiene sentido. Tenés que aprovechar para disfrutar y acá hay mucho para eso?, reconoce con pragmática sabiduría. O romántica resignación, según se lo mire.
A las tareas específicas de conservación y estudio de la fauna antártica, también se le suman trabajos comunitarios. Por ejemplo, derretir hielo para poder bañarse y cocinar. ?Todos colaboramos con todo. De no ser así, un grupo de 15 personas no podríamos convivir. Te puedo asegurar que no tenés tiempo para aburrirte. Todo lo contrario, acá hay mucho para hacer?.
El invierno ya pasó y ahora, el umbral de la primavera lo encuentra con 7 grados bajo cero, contando focas de Weddell, uno de los mamíferos de la Antártida. ?Esta es la época en que la foca viene a reproducirse a este lugar. Nuestro trabajo consiste en censarlas y estudiar cómo tienen a sus cachorros; los medimos, los pesamos y tomamos muestras de la leche materna para determinar el grado de nutrientes y grasas que contienen?, explica, didáctico.
La pasión de vivir
Nicolás se emociona contando. No sólo pingüinos o focas. Contando sus días, que a veces son sólo noches. Sabe que el común de los mortales (40 millones menos 15 de argentinos, por caso) no pueden entender esta pasión de vivir la mayor parte de la vida aislado, mirando durante horas las tribulaciones de un elefante marino o meditando estrellas en un cielo infinitamente austral.
Pero la pasión siempre es difícil de entender.
Afortunadamente, quienes la viven cuentan con ese plus de sabiduría que les permite ?a ellos sí- comprender que todavía queda gente a la que le gusta hacer colas en los bancos para pagar cuentas, viajar en colectivos atestados de gente para llegar a un trabajo que detestan, pasar un cuarto del día atendiendo el teléfono fijo y otro cuarto el celular.
Afortunadamente, gente como Nicolás aún nos comprende. Y trabaja para nosotros.
Más de 143 años escribiendo la historia de Tandil
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