Haciendo escuela
No pretende ser ésta una nota sobre la historia de una escuela. No habrá fechas exactas, números de decretos, citas de discursos inaugurales ni nóminas de directores.
Los sesenta años de la Escuela Industrial de la Nación celebrados recientemente por un grupo de orgullosos ex alumnos y ex profesores, es el tema. Y, también, es la excusa para hablar de esas cosas que quedaron marcadas en el corazón, como si fueran líneas paralelas trazadas con plumín en un papel de plano.
Podría comenzar con una imagen ?que se construye a través de un relato sentido, emocionado, sincero- que muestra a un hombre de mediana edad junto a un par de chiquilines desandando los polvorientos caminos que iban de Tandil a Juárez o a Rauch, en alguna calurosa tarde de finales de los cuarenta.
Es difícil hoy comprender que aquellas personas, el futuro director de una futura escuela y dos de sus futuros alumnos, iban a localidades vecinas con el fin de convencer a padres e hijos de las bondades de una educación técnica; porque si no se alcanzaba el cupo, la escuela no abría.
Cuesta comprenderlo desde hoy, desde esta modernidad del siglo XXI, en el que docentes se distraen en la búsqueda de un salario digno y, mientras tanto, los pibes aprovechan para entretenerse en otras cosas.
Aquel era el espíritu. No sólo de estos tres personajes perdidos en un camino de provincia, sino de unos cuantos hombres y mujeres que querían una escuela de artes y oficios para una ciudad pujante, pero que por entonces sólo contaba con un puñado de ingenieros, arquitectos y técnicos. Mientras tanto, Bima ya había hecho escuela y Metalúrgica Tandil comenzaba a hacer historia. Y ambas, al igual que otras incipientes fábricas, necesitaban de mano de obra joven y calificada para su producción.
Muchos de aquellos dirigentes sabían que el modelo agroexportador debía darle espacio a un país industrial, con beneficios para todos.
Hoy, a más de medio siglo de aquella aventura, no están Nigro, Cabral, Calvo o Vanonni, entre tantos otros, para contarlo.
Pero no importa, alguien lo sabe contar.
Por eso se juntaron ante estas páginas de La Vidriera Rodolfo Frolik, Francisco Esnaola, Eduardo ?Chito? Rodríguez y Mario Ferragine. El profesor y los alumnos de entonces; los hombres de hoy. Un ingeniero, un empresario, un cantor y un ?trotamundo?, tal cual les gusta definirse.
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Accedé a las últimas noticias desde tu emailTrabajando por un sueño
Rodolfo Frolik es el que lleva el ritmo de la entrevista. Obvio, es el profesor y sus alumnos aceptan, callados, la voz cantante de este hombre que parece haber vivido varias vidas en una. Ahora nos cuenta una de ellas: cuando aquel joven profesor, recién casado, llegó desde su General Villegas natal a Tandil y se sumó al sueño colectivo de crear una escuela industrial en la ciudad.
Varios años atrás, el socialista Juan Nigro había presentado un proyecto para la creación de una escuela de artes y oficios para Tandil, con la intención de que funcione como anexo de la Escuela Normal, por entonces ubicada en Alem y Maipú. El tema quedó en el olvido y similar suerte corrió otra iniciativa presentada por José Antonio Cabral.
En el `41, la idea resurgió de un grupo formado en la Escuela 11, que funcionaba en Paz y Machado. Se creó tiempo después una Asociación Sarmiento, para tal fin.
Para ese entonces, irrumpió en la vida institucional de la Nación la figura de Juan Domingo Perón, al frente de la Secretaría de Trabajo y Previsión.
Bajo su influjo se fundan escuelas de capacitación y Tandil consigue su Escuela de Aprendizaje Industrial, que luego pasó a llamarse Escuela Fábrica 17. Sin embargo, muchos la consideraron una herramienta política del por entonces coronel y su inauguración pasó prácticamente inadvertida.
Hasta que de la mano de Oscar Ivanisevich al frente del Ministerio de Educación de la Nación llegó la regularización para este tipo de establecimientos y, por fin, la ciudad tuvo su primera Escuela Industrial.
Al frente fue designado el docente Carlos Garrido, que también era de General Villegas. Comandaba un grupo de profesores especializados y con título habilitante, entre ellos Rodolfo Frolik.
Entre los primeros diez alumnos estaban Chito Rodríguez y Francisco Esnaola.
Con una ayudita del cielo
No fue fácil crear la escuela, cuenta hoy Frolik. Cuando Garrido llegó a Tandil con la misión de fundarla, en principio no encontró un local apropiado. Junto al joven martillero José Vilanova, recorrió la ciudad, pero no encontraron nada.
Gracias a los buenos oficios de un cura en franco ascenso, un tal Luis J. Actis y la congregación de las Hijas de María, consiguieron un espacio en el Hogar de Varones, en lo que hoy es Marconi y Balbín, pero entonces era uno de los vértices de la ciudad.
Utilizaron cuatro grandes salones y hasta el chiquero donde el padre Pedro Pasarelli criaba sus chanchos fue acondicionado para levantar un taller de motores.
Se dictaba un ciclo básico de tres años en dos especialidades: carpintería y mecánica, en doble horario.
Al año siguiente del inicio de las clases, los alumnos hicieron la primera exposición de los productos. Fue en la antigua tienda Galver ?donde hoy funciona el Carrefour del centro- y entre otros productos se exhibió un juego de dormitorio fabricado en madera de paraíso por Chito Rodríguez, que el escribano Pizzorno adquirió para sus hijos (entre ellos, el ex intendente Gino).
Recuerda Francisco Esnaola que entre aquellos diez alumnos que comenzaron en el primer año de la escuela, había un muchacho que vivía cerca de la cantera Albión y se venía todos los días a caballo.
Los grandes debates
En 1959, bajo el gobierno de Arturo Frondizi y siendo su ministro de Educación Eduardo Salonia, se planteó un gran debate en el país para realizar una reforma educativa. Primero, se hacía escuela por escuela, y posteriormente se llevaban las conclusiones a un gran debate por ciudad.
Aquellas extensas charlas tenían como uno de sus principales expositores a Osvaldo Zarini (fue en esos intercambios de ideas que comenzó a surgir la necesidad de una universidad para Tandil). La escuela industrial había propuesto que todas las escuelas técnicas salieran de la órbita de Trabajo y Previsión y pasaran a formar parte del Ministerio de Educación.
Y así fue; a la vez que se creó el Consejo Nacional de Educación Técnica, integrado por empresarios, docentes y representantes de la CGT. ?Funcionó de manera perfecta ?remarca Frolik-, porque cada sector proponía lo suyo y las decisiones se volcaban luego en los planes de estudios. Pero en el `95, `Carlitos` lo hizo pomada. Las escuelas pasaron a formar parte de las provincias, sin presupuestos, sin programas. Un desastre…?, se lamenta.
Rumbo a la ENET
A principios de los 60, se fusionan la Industrial y la Escuela Fábrica y conforman la Escuela Nacional de Educación Técnica, nacida para convertirse en un verdadero orgullo de la ciudad.
Orgullo que no puede disimular el ingeniero Mario Ferragine, quien fue uno de sus docentes y junto a otros profesionales trabajó ad honoren en el proyecto del actual edificio ubicado en Alem y Maipú.
?Yo ya era ingeniero civil y daba clases. Con otros ingenieros de distintas especialidades y arquitectos, diseñamos y proyectamos toda la escuela. Llegamos a ser 60?, cuenta hoy Ferragine.
?Había un entusiasmo enorme para crear y elevar la enseñanza de la educación técnica para beneficio de toda la región? remarca con orgullo.
Cuenta que entre otros adelantos, el edificio fue diseñado con un sistema cerrado de televisión, de manera que desde la oficina del director pudieran verse todos los salones.
Una pasión
La charla se extiende. Por momentos, los cuatro se entreveran en anécdotas que se van construyendo con el aporte de cada uno. Nombres, rostros que ya no están, situaciones difíciles de comprender desde un presente en el que la educación ha dejado de generar pasiones.
Se lamentan por el estado de la escuela pública, por el sueldo de los docentes, por el desapego hacia el noble oficio de enseñar y la sana costumbre de aprender.
Son cuatro hombres que por momentos parecen volver a ser aquellos pibes que se conocieron en la escuela. Una escuela que ellos mismos hicieron.
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