?Hago las cosas como tengo que hacerlas?
El joven de 28 años, que hace cinco partió a Brasil en busca de nuevos horizontes, actualmente planea nuevos destinos profesionales y sueña con un mundo más comprometido con el arte. En una extensa charla contó sus proyectos personales y expectativas.
-¿Comenzaste tus estudios en el conservatorio?
-Primero en forma particular y cuando tuve la edad, en el conservatorio.
-¿Qué te decidió a dedicarte de forma profesional?
-Eso fue lo más curioso, porque siempre dije que me incentivó más un profesor de física y matemática que tuve en la secundaria, que fue Néstor López, que no el propio ámbito del conservatorio. Ahí es donde se definió mi vocación, a los catorce años. Fue porque este profesor, lo primero que quiso fue enseñarnos a pensar. A los pocos meses ofreció dos talleres gratuitos que administraba a la tarde. Ibamos 10 ó 15 personas y cursábamos un taller de astronomía y otro de música. En el de música aprendimos los instrumentos, la vida de los compositores… ahí supe que había un mundo por detrás que me debieran haber enseñado en el conservatorio y no lo hacían. Eso me maravilló y comencé a buscar por mí mismo. A partir de allí, salvo mi profesor de instrumento y algún otro, el resto fue apenas un trámite que tuve que hacer en el conservatorio, pero lo aprendí solo, estudiando.
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-¿Qué te decidió a partir de Tandil?
-Estaba terminando acá y quería seguir la carrera de profesorado superior de guitarra. La posibilidad que tenía era hacerla en Mar del Plata, así que fui. Paralelamente estudié violín con Carlos Alabart. En Mar del Plata existía la posibilidad de concursar para la orquesta, me quedé un tiempo, pero no seguí con violín, porque tenía la invitación de un compañero del conservatorio para ir a Brasil y fui para probar.
-¿Y por qué Brasil?
-La verdad… si no era un país del mundo peor que acá… Nunca me gustó este país… Esa fue la posibilidad que hubo en ese momento. Como no tenía ningún compromiso, fui. De hecho, había venido unos meses antes a Tandil y en ese tiempo conseguí unas horas titulares comenzando en Polivalente. Pensé que enseñar no era lo único que quería hacer y por diferentes peleas con los directivos me di cuenta que iba a estar siempre batallando, no me atreví a eso y me fui. Igualmente Brasil no es el país donde me quiero quedar.
-Estás en Camboriú…
-Sí, que no es la más apta para seguir desarrollando la carrera, pero es de donde surgió la invitación y donde se estaba formando una escuela de música. La ventaja es la disposición geográfica, porque alrededor hay ciudades muy importantes, con movimiento cultural. En los últimos años pude tener trabajo en diferentes ciudades.
-¿Por quién fuiste contratado?
-Tenía un amigo, Damián Montiel, que estudiaba piano aquí, que después fue a Buenos Aires y en la época de la crisis partió a Brasil con la familia. Ahí me invitaron. Primero fui de vacaciones para conocer y, dos años después, como las cosas en Mar del Plata no avanzaban, decidí ir. Me gustó porque vi las posibilidades que se abrían.
En acción
-¿Qué veías de distinto?
-Una predisposición mucho mayor. Igualmente, la media de la población de Brasil está culturalmente por debajo de la media argentina, pero con una proyección más amplia. Creo que por razones de idiosincrasia nunca van a mejorar a un nivel llamativo. Sí vi que funcionan las leyes de incentivo a la cultura. El dinero surge del descuento de impuestos que hace el Estado a las empresas que apoyan a la cultura. Es así como, con un amigo de allá, formamos un dúo de guitarras y empezamos a trabajar en proyectos.
-¿Cuáles son esos proyectos?
-Tres años seguidos ganamos para realizar actividades sin gasto alguno para nosotros: el primero fue de conciertos, el segundo año grabamos un CD; y el tercer proyecto fue para presentar el disco. Lo del disco fue bueno, porque además de producir algo que nos queda como capital, todo lo que fue el gasto de la grabación estuvo totalmente cubierto.
-¿Cómo te encontrás viviendo en Brasil?
-En la gente encontré una apertura muy grande, son muy hospitalarios. Lo que sí he notado es que los profesionales que han tenido oportunidad de viajar tienen una gran diferencia respecto al resto. Brasil es el único país de Latinoamérica que no habla el español y, es tan grande, que se escudan en esa grandeza geográfica, es como una gran isla. Entonces, los que han salido, tienen una visión muy diferente. Por ejemplo, la primera vez que fui a visitar Curitiba, no sabía que iba a haber un concierto. Al otro día, un domingo a la mañana, fui a escucharlo. Después salí a saludar al concertista que se quedó hablando conmigo. Cuando supo que era argentino, empezó a hablar de las cosas que conocía de aquí y me invitó a su casa para seguir hablando. Volví dos meses más tarde con un amigo y fue totalmente natural, preparó una merienda gigantesca con la familia, me prestó un laúd. El estudió en Nueva York, en Ontario y es muy conocido. Incluso, tenía que llevar mi guitarra a un luthier, que quedaba lejísimos y él me llevó, me regaló un CD, un libro. Y no es sólo él, sino varios iguales. No he notado esa distancia que se ve aquí, de los que han llegado a un cierto nivel, que son más soberbios. Eso me llamó la atención y me gustó.
-¿Seguís haciendo música académica o te has interesado por otros géneros?
-Antes de irme de acá me decían que la música brasilera es tan fuerte, que tarde o temprano no me iba a poder sustraer a su influjo… si digo que me enorgullezco de que no haya pasado, me van a decir que soy cerrado, pero por el contrario, estoy convencido que ocho siglos de estudio de historia de la música escrita te otorgan una amplitud y una variedad tan inmensa y una forma de escuchar tan compleja y profunda, que cualquier cosa que se escuche va a quedar dentro de ese ámbito, aunque la intención sea diferente. Después viene la cuestión del gusto: hay gente que dice que puede disfrutar de rock, folclore, música clásica. En mi caso, yo sólo disfruto de música clásica. Muchos profesores han tratado de decirme que soy muy cerrado y vuelvo a repetir que son ocho siglos de historia. Puedo escuchar tango y cinco minutos de jazz, pero luego me aburro enormemente, a veces prefiero el silencio. Para mí, lo que compensa, es la profundidad de conocimiento que se va adquiriendo con la verdadera música. La música popular de ningún país me agrada, excepto la música folclórica como motivo de inspiración.
-¿Qué planeas hacer en un futuro?
-Brasil cumplió un ciclo. Este año, que todavía tengo que estar para cerrar algunos proyectos y para hacer una base económica y preparar mis documentos, siento que está de más. Anteriormente siempre pensaba en Europa, incluso tengo una invitación pendiente para estudiar composición en el conservatorio de Parma que me hizo el propio profesor que conocí en un festival en Brasil. Esa invitación fue hecha antes de la crisis, pero sé que el tema de becas está limitado. Con tal de estudiar, yo puedo trabajar dando clases pero, según se sabe, la situación está bastante complicada. También me gustaría conseguir una beca en Canadá o en Estados Unidos. Lo que estuve haciendo hasta ahora es generar una base cultural amplia y de posibilidades. No me quedo sólo con tocar, sino con la composición, la investigación.
Puntos a discutir
-Estuviste tocando en Tandil ¿Cómo te fue?
-Bien, fue para aprovechar y para que no se olviden. Hubo público, aunque absolutamente nadie del conservatorio, como era de esperar, ni de ningún organismo que tenga que ver con la cultura. Tuve la impresión de que había gustado. Toqué con una guitarra de ocho cuerdas, con un programa variado, desde el barroco, hasta el siglo XX. Quiero recalcar eso, porque no es anecdótico…
-Es algo que te pesa…
-Sí, porque lo que está pasando es que se está tomando el arte como un objeto de museo. Antiguamente, era una forma de comunicación. Hoy tenemos un conservatorio de 700 u 800 alumnos y es significativo que no vaya ni uno a un concierto.
-Y según tu punto de vista, ¿eso qué quiere decir?
-Que no lo toman como una forma de vida al arte, sino como un trabajo de oficina. Lo veo también en Brasil, donde se hace música como otra forma de hacer dinero. Un artista que vuelve de un día de trabajo a su casa debiera estudiar algo, no quiere olvidarse de que está haciendo música, sino nutrirse más de eso. Yo descanso de la música con silencio, o leyendo y no como hacen muchísimos, matándose con la banalidad de un televisor. Yo los llamo ?los oficinistas del arte? o de la música, en particular. Si llega a haber un concierto de rock, más de la mitad de los estudiantes del conservatorio va a estar ahí, y es conservatorio, no es escuela de música popular. Como se han tornado tan fáciles las cosas, se obtiene un título sin tanto trabajo. Los que están dando clase son los que han tenido esta idea del facilismo absoluto y, entre ellos, se entienden muy bien. La decadencia es enorme y yo la veo.
-¿Te sentís solo en este punto de vista crítico?
-Yo hago una distinción entre tres grupos: dos de ellos perciben lo que está pasando, el tercero no, y no cuenta. Después hay dos grupos menores: uno de ellos dice que nada puede hacerse y otro intenta algo. Yo creo que no vamos a conseguir nada, pero creo que existe la grandeza moral de darse cuenta que, mismo ante la imposibilidad, hay que hacer las cosas. Creo que sabiendo que todo está en decadencia, hay que seguir luchando contra eso, aunque seamos pocos. Ese pensamiento, pocos lo llegan a sentir. En eso me siento bastante solo. Desde que me levanto hasta que me acuesto estoy pensando esas cosas y sé que, por eso, resulto molesto en muchos lugares. Para mí es un orgullo, porque me demuestra que hago las cosas como siento tengo que hacerlas. Al mismo tiempo que ofrecemos un concierto, o damos una clase, tenemos que hacer docencia en esto. El arte vivido como tal hace que uno tenga algo de filósofo.
Para quien quiera conocer más sobre el músico, su trabajo, grabaciones, composiciones, artículos y sus proyectos, puede ingresar a http://marcospablodalmacio.googlepages.com
Más de 143 años escribiendo la historia de Tandil
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