Hasta que la muerte los separe
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Hace siete días, desde estas mismas páginas se aludía a la compleja como difusa presunta dicotomía entre inseguridad y sensación de inseguridad, acotando que la máxima autoridad de la ciudad, el intendente Miguel Lunghi, había activado la alarma sobre lo que sin dudas se percibe en la calle.
Hasta ayer se podía explicar o especular con que mucho de lo que se comentaba como reguero de pólvora tenía su condimento externo. Esto es, alimentado por lo que se oye y ve desde la pantalla chica. Empero, el aquí y el ahora deja al descubierto que, al menos, se ha producido un pico de graves sucesos, de alto impacto, que debe poner las barbas en remojo a quienes tienen la responsabilidad de velar por un derecho básico: la seguridad.
Si hace siete días llamaba la atención que sea Lunghi quien aconsejaba tomar todos los recaudos a la hora de retirar los residuos domiciliarios por la noche o guardar el auto en el garaje de la propiedad, más conmueve, asombra, que autoridades de mayor rango se hagan los distraídos.
Esto viene a cuento de la visita del vicepresidente Boudou y Diego Bossio, quienes fiel a un estilo forjado desde la Casa Rosada, parecen ensimismados en construir un relato propio que, a todas luces, al menos colisiona con lo que se oye en la calle.
Podrá decirse que es necesario profundizar y no salirse un ápice de su relato para contrarrestar lo que la corporación mediática capitalina ejerce cual rol opositor sin sonrojarse, pero de allí a negar una realidad es un desatino que peligrosamente los distancia del vecino de a pie.
Se están replicando sucesos delictivos muy delicados, en los que la muerte está revoloteando frente a tamaña ferocidad delictual. Ya no se trata de un asalto o un robo domiciliario aislado. Son muchos y con la peligrosidad que a los malhechores no parece importarles si hay o no gente en la propiedad que pretenden saquear. Alcanza con repasar las páginas de esta edición para ejemplificar.
Por más cruel que resulte, hasta aquí se registraron homicidios que no han conmovido a la vecindad más allá de la primera reacción espontánea. Pocos se acuerdan de nombres tales como José Mesquidas, Margarita Herrera, Luis Fernández, Walter Bazán, quienes bajo sus respectivas circunstancias fueron asesinados y hoy no se conoce responsabilidad penal alguna. Estas frustraciones investigativas también alimentan la sensación de inseguridad.
Esos muertos, nuestros muertos, no provocaron una reacción popular que pusiera en aprietos a autoridad alguna. Ahora se está al borde de que suceda, solo resta que la víctima sea “la correcta”. Pareciera que sólo resta “un muerto más distinguido” para que detone lo que nadie desea. Las voces ahora son constantes y sonantes y están fomentando un caldo de cultivo muy difícil de disolver. Todavía se está a tiempo de aplacar los ánimos porque, de lo contrario, la muerte los va a separar en un océano de distancia entre lo que las autoridades hablan y la gente siente.
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