Historias de campeones
No es muy fácil encontrar una historia similar. Estableciendo una revisión en los diversos archivos, tampoco es común recoger vivencias y sensaciones tan particulares. La leyenda marcará dentro de algunos años, o décadas, que dos hermanos, muy jóvenes, con pocas horas de diferencia llegaban al sueño preciado, a la ilusión irrenunciable de cualquier deportista. La narración dirá que una familia volcó todo su amor, su entrega y afecto en sus hijos, unión que sirvió para fortalecer el espíritu, y estimular las vocaciones en busca de un horizonte. Con objetivos similares, poniendo garra, pelando temple y entregando hasta la última gota de sangre, Pablo y Santiago Mangoni, derrocharon vocación, esfuerzo y talento a la hora de la verdad. El semillero del kart, fue la escuela insoslayable de ambos, cantera que sirvió para conocer el mágico mundo de los motores y las puestas a punto. Allí comenzaron a manejarse con respeto, a conocer rivales adentro y afuera de las pistas y a moldearse como hombres. A vivir con otras obligaciones, a sabiendas que la expresión de la velocidad no es para cualquiera. El hogar ha sido incentivo y soporte. Y es, en ese templo de la vida donde comenzaron a madurar los desafíos y a pergeñar los objetivos. Dos padres racionales como Tulio y María Inés, le mostraron la luz y el rumbo por donde debían transitar. Ese camino largo y difícil, pero con fundamentos básicos para crecer y formarse como hombres. Los logros poco a poco se fueron acercando. Pablo que superó las barreras de los 20 años, estaba instalado en el reinado del TC 2000 del Atlántico, una disciplina con sensaciones apasionantes. Oficio y experiencia a pesar de su juventud, fue el común denominador del monarca teceista, en una temporada que no las tuvo todas consigo, pero que se propuso pelear hasta las últimas consecuencias. Sólo él, su corazón y su familia creyeron en la heroica. En la entrega hasta el final y en la última estocada para sacar un as de la galera. Con esa convicción, criterio y sangre caliente llegó a su desvelo y a no despedirse del número que tanto le costo conseguir. Un abanderado de la perseverancia. A Santiago, no le fue fácil, pero tuvo ángel, mente fría y madurez a la hora señalada. Con diecinueve años, alcanzaba la gloria en su terruño, en el templo del más grande y ante un pueblo que transmite vértigo y pasión por los poros. Con gran autoridad manejó los hilos de una categoría de volumen y con una seducción muy particular. Durante toda la temporada, fue aspirante concreto del TSC, arribando al final en una situación donde tuvo que desplegar inteligencia y prudencia. Los deberes fueron impecables, hizo todo al pie de la letra, y hasta egresó con lujosa eximición de las materias prominentes.
Pocas epopeyas o casi ninguna estarán escritas como las de este grupo. En tan pocos días, la gloria se posó en una misma casa, en un mismo hogar, y en la calidez de una familia. Un regalo muy lindo de Santa Claus celebrando una fiesta inolvidable. Una nochebuena de paz y amor, única para los Mangoni. Seguramente cuando las campanas sonaron a las 12 de la noche, y cuando nacía el gran Pastor, al levantar las copas, más de un deseo y emociones recorría sus corazones.
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