Historias de la región LA APASIONANTE HISTORIA DE LOS HERMANOS VELA, QUE DAN EL NOMBRE AL PUEBLO

A poco más de cincuenta kilómetros de Tandil, por asfalto, se levanta Vela. Algo menos queda por Gardey.
No exageramos si decimos que está más lindo que nunca. Con sus edificaciones antiguas, la mayoría bien conservadas.
Con sus servicios públicos a pleno.
Con su antiguo empedrado. Con sus fiestas de la Serenata y del Dulce de Leche, y los infaltables carnavales.
Con escuelas primaria y secundaria de excelente nivel. Con sus museos.
Con su orgullo legítimo.
Sin embargo, Vela no es Vela.
El verdadero nombre del pueblo es María Ignacia, aunque debe reconocerse que Vela, que es el nombre de la estación, le ganó la partida. Nadie dice ?voy a María Ignacia?. Y si vale respetar el uso y las costumbres, pues entonces es Vela, nomás.

Pero, ¿por qué Vela?
Porque por allí, al igual que por otros lugares, tenían hacienda, campo y fortuna los hermanos Pedro José y Felipe Vela.
Habían nacido en tiempos de la colonia en el territorio que hoy es la República Oriental del Uruguay, conocido entonces por la Banda Oriental, y más adelante ?provincia oriental?. Hasta que los ingleses, con la complicidad de los porteños que traicionaron a Artigas, inventaron un ?paisito?, o ?estado tapón?, que ni el mismo Artigas quería. Pero ese es otro tema.
En cambio la historia de los hermanos Vela, que hicieron su fortuna a escasos metros de donde hoy está ubicado el Multimedios El Eco, es realmente apasionante.
Con la fundación del Fuerte Independencia, en 1823, y con el aval del gobierno de la provincia de Buenos Aires, instalaron una gigantesca pulpería en lotes muy cercanos a la fortaleza. Aproximadamente por el solar donde hoy funciona el negocio de videos frente a la Plaza Independencia.
Tantos los militares, como los soldados y los pocos pobladores que había aquí por entonces, no tenían demasiados lugares para elegir las compras para la subsistencia cotidiana. Entonces, los Vela despachaban sin cesar?

LA INVESTIGACION DE MARIA VALERIA MOSSE

La joven investigadora de la Universidad Nacional del Centro, María Valeria Mosse, oriunda de Benito Juárez pero residente en Tandil, publicó recientemente un magnífico trabajo en el libro compartido ?Vivir entre dos mundos?.
Su artículo se denomina: ?Una tierra de infinitas posibilidades en la frontera sur de Buenos Aires. Don Pedro José Vela?.
Del mismo, hemos seleccionado algunos párrafos que publicaremos en dos entregas consecutivas y que nos remiten al conocimiento tan apasionante como necesario de nuestro pago chico.

FAMILIA Y FORTUNA

 Reunidos en la sala de la calle empapelada en dorado y guinda, los herederos de Pedro Vela decidían el futuro del patrimonio que la muerte de su padre les había dejado. La gran casa familiar, extendida a ambos lados de la intersección de las calles porteñas de la Piedad y de las Artes -actuales Bartolomé Mitre y Carlos Pellegrini, respectivamente-, permanecía ajena a la dinámica cotidiana de la ciudad, con sus persianas de cedro cerradas.
 Era el año 1857 y, mientras Buenos Aires se debatía entre la autonomía o la participación en la nueva nación que se estaba gestando, los hijos de Vela, once en total, habían heredado una cuantiosa fortuna, amasada en los últimos treinta años por su padre en la campaña bonaerense.

HABIA NACIDO EN LA OTRA ORILLA

 Comerciante y hacendado, Pedro José Vela había nacido en 1790 en la Banda Oriental. Allí se había dedicado al comercio además de poseer hacienda propia. Pero las guerras de la independencia habían acabado por volver inestable la vida en Montevideo y su campaña. Estancados los negocios comerciales, saqueadas sus haciendas por las requisas de los bandos en pugna, decidió probar mejor suerte en la otra orilla del Río de la Plata.
 Llegó a Buenos Aires tras la declaración de la Independencia. Su hermano Felipe, compañero y socio en los negocios, venía con él. Los años de conflictos los habían obligado a postergar su vida social y se hallaban aún solteros. La vida en Buenos Aires les resultó más grata, y al cabo de poco tiempo se habían instalado allí para continuar con sus actividades comerciales. Con más de 30 años, Pedro se casó en 1823 con la joven Petrona Vázquez, de familia honrada -?decente?, como se decía- pero sin fortuna.
Ya para ese entonces, el capital que Pedro había reunido les permitía vivir con cierta comodidad, aunque habían fijado su domicilio cerca de la plaza de las carretas, donde reunían los frutos del país necesarios para sus actividades comerciales.

HACIA EL TANDIL

Con la llegada de Martín Rodríguez al gobierno de la provincia de Buenos Aires, los hermanos Vela vieron la oportunidad de aventurarse en la campaña para comerciar. Así, iniciaron una nueva etapa en sus vidas.
 Ya como vivanderos del ejército, acompañaron a las tropas que debían construir el Fuerte de la Independencia en la zona conocida como el Tandil. El viaje era largo y extenuante; además del Salado debían cruzar el arroyo Chapaleofú. Ambos cursos de agua se caracterizaban por sus rápidas crecidas y el fondo pantanoso. Un mal cálculo podía demorar meses el transporte de una carga, o simplemente se la podía perder en segundos. Los riesgos del viaje y la distancia aumentaban el costo de las mercaderías, beneficio que se volcaba en los que se animaban a cubrir el trayecto. Los amplios territorios, llanos y monótonos, poblados por cantidades crecientes de ganado, despertaron en ellos los recuerdos de su vida como hacendados en la Banda Oriental. En la frontera sur era factible comenzar de nuevo, y así lo hicieron.

DEJANDO LA PLATITA EN LAS PULPERIAS?

 En un comienzo, se instalaron en los alrededores del Fuerte Independencia. Allí, proveían de bienes a la guarnición y a los pocos pobladores que habitaban en los alrededores. La pulpería de los Vela fue de las primeras en asentarse, en un solar cercano al fuerte cedido por el propio general Martín Rodríguez, como lo revela un documento de mediados del siglo XIX: ?el gobernador de la Provincia de Buenos Aires y General en Jefe de su Ejército Don Martín Rodríguez concedió un solar en el Pueblo del Tandil a Don Felipe Vela en el año 1823 para poblarlo según éste lo solicitaba?. Allí levantaron su casa de negocio, consistente en un rancho de quincho y un pozo de balde rodeados por un cerco de tapia.
  En septiembre de ese mismo año, a pocos meses de comenzada la construcción de la fortaleza Independencia, su comandante, el sargento mayor Mariano García, pidió permiso al gobierno para librar letras a favor del comercio del pueblo, a lo que se le respondió pidiéndole economía y un plazo razonable para responder a los compromisos asumidos. Pedro Vela era uno de los comerciantes que contribuía a aliviar las penurias financieras del recién creado fuerte. Los ingresos, al comienzo, no eran muchos pero eran seguros. Cuando los soldados de la guarnición cobraban sus salarios -cosa que no sucedía muy a menudo- no había muchos lugares donde gastar el dinero más que en las pulperías. Y las largas distancias hacían que habitualmente fueran los pulperos quienes adelantaban dinero para poder efectuar los pagos, a cambio de vales que luego debía reconocer y abonar el gobierno provincial.
 El negocio era rentable: los adelantos efectuados eran invertidos después en la compra de productos a los mismos pulperos, quienes por lo general variaban a su voluntad los precios, generando una nueva deuda para el Estado.
Hacia 1830, Vela seguía apareciendo en los documentos oficiales ligado a la provisión de adelantos a favor del Estado:
?Don Pedro José Vela, vecino del Tandil, presenta en la Tesorería del Gobierno una libranza en la que consta que Don Manuel Vázquez [habilitado por Vela para continuar con sus ?negocios? en Tandil] ha entregado 2.342 pesos para pagos del Escuadrón Nº 7 de Caballería de línea?.

EL COMERCIO Y TAMBIEN EL TRANSPORTE,
SI EL CHAPALEOFU LO PERMITIA

 Pero, aunque los préstamos al gobierno eran redituables y seguros (si bien podían tardar meses en recuperar el dinero), la actividad principal de los hermanos Vela se centraba aún en el comercio y el transporte.
 Vela cumplía con los pedidos, aprovechando la época de frío y seca, cuando el Chapaleofú podía ser cruzado con menos dificultad y los pastizales que habitualmente medían entre dos y tres metros se debilitaban por la estación. Al ir hacia Buenos Aires, llevaba asimismo cueros vacunos para ser vendidos en el mercado de frutos.
  Los hermanos Vela no estaban solos en su aventura: junto a ellos habían llegado antiguos amigos que también habían dejado atrás sus vidas en la Banda Oriental. Nicolás Guerra, Vicente Latorre y José Valiero eran los más cercanos.

TAMBIEN ESTUVIERON EN LA
FUNDACION DE BAHIA BLANCA

 En diciembre de 1827, el coronel Ramón Estomba llegó a Tandil en su paso hacia el sur. Pedro decidió continuar viaje con él, y una vez allí comenzó a mantener vínculos comerciales  con la Fortaleza Protectora Argentina, fundada al año siguiente en lo que ya se conocía como la Bahía Blanca.
 A pesar de esto, no descuidó sus vínculos comerciales con el Fuerte Independencia. Los vínculos con las guarniciones militares y el Estado provincial eran altamente redituables. Hacia 1830, una década después de arribado a Buenos Aires, Pedro Vela se había convertido en pulpero y prestamista del gobierno, tanto en el Fuerte Independencia como en Bahía Blanca. Mientras Felipe pagaba patentes por dos pulperías en este último punto, Pedro lo hacía por una en Tandil y dos en Magdalena, primera escala de su paso gradual hacia el sur. Además, contaba con su propia flota de carretas: tenía patentadas once de ellas en el Chapaleofú. Los negocios prosperaban.


Vela y María Ignacia

En el año 1885  se extendían las vías hacia esa zona. Las autoridades ferroviarias decidieron instalar en ese lugar un apeadero, solicitaron tierras a sus dueños (los hermanos Pedro y Felipe Vela) y se construyó la estación, a 222 metros sobre el nivel del mar.
¿Por qué entonces María Ignacia? Porque pocos años después de realizadas las obras ferroviarias, Vicente Casares compró los campos aledaños y efectuó un fraccionamiento de tierras que denominó “Centro Agrícola María Ignacia”. Desde entonces, la estación tiene un nombre y el pueblo otro.
Lo que nunca debe decirse (aunque muchos se siguen confundiendo) es ?María Ignacia Vela?, como si fuera un nombre de mujer con apellido Vela.
N.D.

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