Historias de vida en un barrio tomado por la impotencia y la incertidumbre
Nancy es muy delgada, habla pausado y remata cada frase bajando la mirada. De vez en cuando, la carga emocional la doblega y sus ojos se tornan vidriosos.
Dice tener 53 años y lleva en el cuerpo la metáfora de sus padeceres. Es el único sostén de una casa a medio hacer que se vuelve hogar cuando sonríe su hija Carolina, próxima a cumplir los 15 años. O cuando hay algo para compartir la mesa.
La mayoría de los días son iguales en el barrio ocupado por unas 50 familias, en el que abundan las mujeres y los niños. El atardecer encuentra a los mayores puertas afuera, en una vigilia mansa e interminable. Y a los pequeños jugando en la tierra blanda, soñando con un safari a la selva de pastizales que nace más allá del terraplén.
Nancy no tiene vivienda, se sabe. Ni trabajo, ni casi nada. Sólo cuenta con su amor propio, el que la llevó a cavar sola, con sus propias manos, el pozo que disimula la ausencia de servicios. Y con la fe que mueva una montaña demasiado empinada para esta gente empujada a la ciénaga de la exclusión.
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Accedé a las últimas noticias desde tu emailOtros tiempos
Nancy tuvo otra vida. Más digna, por cierto, en la que de vez en cuando hasta se permitía caricias con la felicidad.
Estuvo años en Capital, donde nunca le faltó trabajo. Cocinera, artesana, una todoterreno capaz de hacer lo que hiciera falta.
Pero un maldito día, una hija entró en emergencia nacional para requerir un trasplante que le salvara la vida. Fueron tres años de peregrinaje, en los que la sufrida madre perdió a la joven, de 33 años y cuatro hijos, y todo lo que la rodeaba. Incluso a su marido, que la abandonó sin contemplaciones.
Entonces, se la pasó yendo y viniendo, hasta que recaló definitivamente en Tandil para cuidar a su pequeña adolescente, que padece asma.
Asegura que pese a su currículum no le dan trabajo por razones de edad, y cuenta cómo se las arregla junto a sus vecinos para llevar algo a la mesa.
?Acá hay mucha solidaridad, nos ayudamos como podemos?, dice para graficar que todo se comparte.
No esquiva el bulto para aclarar que ?al barrio se le ha hecho mala fama. Pero somos buena gente, usted lo podrá ver. Chorros hay en todos lados?, repite e invita unos mates.
No tardará mucho para soltarse y cargar contra la Municipalidad. Al intendente Lunghi lo menciona seguido, en tono crítico y desesperanzado. Recuerda que les negaron los servicios, que el camión recolector tiene orden de no entrar al barrio, y que incluso las ambulancias se niegan.
?Hubo muchas criaturas enfermas y hasta nacimientos, pero acá no vinieron a buscarlos?, repite.
?Voy a seguir luchando, porque ella quiere ser médica?, susurra al borde de las lágrimas. Su mirada, por primera vez, no cae para rematar la frase; ahora hace foco en Carolina.
El sol comienza a esconderse en el horizonte serrano. Nancy y el resto de las familias, a las que hace rato no les sale el sol ni tienen horizonte, corren las maltrechas cortinas y se pierden en las casas tomadas por la impotencia.
Quizá alguien sueñe con un mañana distinto, que los saque de la presente pesadilla. *
Más de 143 años escribiendo la historia de Tandil
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