Hoy: La estirpe de los Macaya
“Che vasco, cuando vas para tu casa, traeme unos cigarros”, era el pedido dirigido a Doroteo Macaya, joven recién llegado al país, que trabajaba en Buenos Aires en la fábrica de unos primos suyos donde se enrollaban las hojas de tabaco seco, dándole forma a los puros. El que cotidianamente demandaba el “vicio” aprestándose a quemar los puchos gordos por una punta e inhalar el humo por la otra, era Domingo Faustino Sarmiento, el célebre sanjuanino.
Macaya había dejado allá, en España, el pueblo donde había nacido, Ulzurrun, en la provincia de Navarra, muy cercano a Pamplona, donde ejercía la jefatura del undécimo batallón del Ejército Real de Navarra. Unido en matrimonio el 14 de enero de 1870 a Regina Sagües, con la que tuvo tres hijos -Miguel, Urbana y Santos- con ellos había cruzado el mar, en procura de un futuro mejor.
Al cabo de algún tiempo, dejó ese trabajo probando mejor suerte en Tres Arroyos, donde se desempeñó en la cría de ovejas; pero no tuvo suerte, ya que una inundación le llevó todos los animales y él salvó milagrosamente su vida arriba de un rancho. Decidió entonces volver a Buenos Aires. Luego, vino a Tandil, porque aquí vivían unos primos de su esposa, también de apellido Sagües. Cuando llegó a nuestro pueblo y vio la serranía tan parecida a la de su terruño, echó anclas aquí para siempre.
En un remate judicial ordenado por el entonces Juez de Paz Eduardo Fidanza, el 22 de junio de 1884, compró una casa en 9.850 pesos moneda corriente. Era de propiedad de Gumersinda M. de González y estaba ubicada -sigue estando todavía al cabo de 128 años-, en Pinto 46, siendo en la actualidad la más antigua de cuantas se conservan en nuestra ciudad.
Allí nacieron los mellizos Valentina y Andrés Macaya Sagües. Hijos de su hijo Santos y de su esposa Eugenia Ayerdi, fueron Eduardo, Alfredo, Raúl Aniceto y Oscar. Y de Andrés, casado con Beatriz Micaela Unzú, Regina Carmen, Enrique Miguel y María Angélica.
Santos y Andrés trabajaron desde muy jóvenes en la fábrica “a vapor” de carruajes de propiedad del primero, denominada El Progreso. Estaba ubicada en calle Machado, entre General Paz, Colón y las vías del ferrocarril. Allí el célebre Guido Dinelli construyó el aparato con el que realizó, el 25 de mayo de 1904, en el cerro Garibaldi, el primer vuelo de un artefacto más pesado que el aire en Iberoamérica.
Tal vez el más notorio de los hijos del viejo tronco familiar, fue Andrés, en mérito a su militancia política. Eran tiempos bravos en los que le tocó actuar, en los que puso el grito, el gesto, la acción y la conducta, siempre frente a los mandones de aquella época. No tuvo miedos ni arredramientos. Cuando Hipólito Yrigoyen fue presidente de la Nación por primera vez, él -dirigente radical por aquel entonces- pudo alcanzar significativos logros; sin embargo, no se sirvió del tiempo gubernativo, porque su militancia política, su puesto de lucha, el prestigio alcanzado, no habían sido movidos por ambiciones sino por ideales. Cumplió funciones de concejal en varios periodos, desde 1916 hasta 1960, llegando a ser el edil que ocupó una banca por más tiempo en la historia de Tandil. Las posiciones que alcanzó, fueron de sacrificio. Las que más exigían y las que menos daban. En ellas estuvo, combatiente y limpio, brillando por su honestidad y su desinterés.
Otros Macaya que les sucedieron en el tiempo, lo hicieron y lo hacen, prestigiando su raigambre, con honestidad y con trabajo. La de aquel navarro que trece décadas atrás vino del valle del Ebro, del pie mismo de la cordillera pirenaica para anclar definitivamente en Tandil.
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Andrés, único hijo varón argentino y tandilense, de Doroteo Macaya, raíz con su esposa Regina Sagües, de la familia numerosa y prestigiosa que se prolonga en el tiempo.
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