HOY, MARTES
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La mujer estaciona a 45 grados, observando atentamente las indicaciones de Angel.
El auto luce su gallardía de alta gama. A pesar de que las cenizas intentan emparejarlos a todos, el bordó flamante reluce y lo diferencia del resto de los que están estacionados en la misma cuadra de la Plaza, por Rodríguez.
-Quiere que se lo cuide, señora -pregunta, atento.
-Sí, por favor -le dice ella-. Voy hasta la farmacia y ya vengo.
Angel tiene la piel oscura como los ojos y curtida de soles. Le digo que quiero hablar con él un ratito y me dice que sí. Que ya le han hecho varias notas en El Eco y que si busco por internet seguro lo voy a encontrar.
Es uno de los doce "trapitos" que cuidan coches alrededor de la Plaza Independencia. Están organizados por espacios y por turnos, y aparentemente han logrado una buena convivencia.
Era cuestión de organizarse, comenta, y sabe que él ha tenido bastante que ver con eso.
Lleva treinta años en el oficio y su experiencia le permite, entre otras cosas, conocer los estados de ánimo, la buena voluntad u hostilidad de la gente.
-Con sólo verles las caras ya sé si me van a dar una moneda un billete o nada -aclara.
Dice que en los buenos días se lleva a casa unos 70 pesitos que le permiten mantener una familia numerosa.
No se queja ni mucho menos. Al contrario, está orgulloso de su trabajo y confiesa que no podría hacer otra cosa.
-Para mí, cuidar coches es mi vida. Así he criado a mis hijos y los sigo criando. No le debo nada a nadie y soy muy respetuoso. Por eso la gente ya me conoce. Algunos me dicen `hoy no tengo nada para darte`. Y no hay ningún problema, porque al otro día, a lo mejor me dejan un poquito más. Y si no, no importa tampoco. Es como cualquier otro trabajo: hay que hacer las cosas bien y eso a la larga trae sus beneficios.
Por estos días hay una preocupación que comparte con el resto de los cuidacoches de la plaza. Durante la protesta de los camioneros no pudieron trabajar y la falta de ingreso durante esos diez días se hizo sentir en los presupuestos familiares.
-Nosotros vivimos al día, no nos sobra nada -confiesa-. Y la verdad que tantos días sin trabajar nos mató.
La actividad no está regulada, transita por esa zona gris de vacío legislativo y está sujeta a la buena voluntad de todas las partes.
De los propios trapitos, de la autoridad municipal y de los tandilenses. Hasta ahora, no ha habido problemas. Porque a diferencia de la ocurrencia de otro tandilense, aquí no hay proyectos para impedirles trabajar ni para perseguirlos. Esta es otra ciudad, por suerte.
Es más, por estas horas, Angel va a ser recibido por algún funcionario comunal para ver si de alguna manera se puede lograr una ayuda para esta docena de trabajadores que vieron recortados sus ingresos durante los últimos días.
Seguramente habrá un acuerdo.
La mujer del auto bordó vuelve con una bolsa en la mano. Angel me dice que lo espere un segundo y le da indicaciones para arrancar.
Le digo que también tengo que ir a trabajar. Me voy pensando que hay veces que no hacen falta regulaciones ni ordenanzas para que las cosas funcionen.
Con voluntad y tolerancia alcanza.
La ventanilla se baja y la mujer pregunta cuánto es.
-A voluntad, señora, a voluntad -responde Angel.
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