Imagen
Por Marcos Gonzalez
marcosggonza@gmail.com
Si me dieran a elegir una imagen del 2011 me quedaría con la de un chico o una chica sentados con su netbook sobre el césped de una plaza.
No fueron una ni dos ni tres. Fueron muchas las imágenes de ese tipo que he visto a lo largo del año y no por repetidas dejé de disfrutarlas.
La entrega de netbooks por parte del Gobierno comenzó en 2010 y a mi gusto es una de las medidas más felices de las que se tomaron. Y el término feliz, en este caso, no es caprichoso: siento una auténtica felicidad cada vez que veo a un adolescente disfrutando de su propia máquina.
La entrega de netbooks comenzó en Uruguay antes que en Argentina. En aquel momento -como tantos otros- experimenté ese sentimiento que no es sana envidia sino admiración por los uruguayos. Cuando se implementó en el país, fue una grata sorpresa, un motivo de orgullo.
Creo que está bueno enorgullecernos de nosotros mismos. Es un logro nuestro, colectivo, de todos.
Bien por Cristina, bien por Bossio, bien por Auza que forma parte del programa Conectar Igualdad. Hasta bien por Lunghi y el wi fi gratis en las plazas.
Pero somos nosotros los que aportamos peso a peso para comprar cada una de esas maquinitas.
Creo que es una medida que no debiera generar críticas. Sí reparos: hay escuelas que funcionan en condiciones deplorables. Es cierto. Hay otras prioridades en materia de educación. También. Muchas veces se entregaron las máquinas sin capacitar a docentes ni montando una estructura acorde. Correcto. Se podría haber hecho mejor. Siempre se puede.
Hasta allí entiendo. Comparto esos reparos y creo ciertamente que en materia de educación hay mucho por hacer. Casi todo. Casi.
De lo que no participo son de esas críticas mezquinas, del estilo `para qué le dan netbooks a estos chicos si las van a vender a la semana`. O `estas son medidas populistas y demagógicas`; `las van a usar para entrar a Facebook y para chatear`; `se están gastando la plata de nuestra jubilación en estupideces`.
Cada uno de estos argumentos (si los hubiera) cae estrepitosamente ante una sola imagen de un chico sentado en una plaza con su propia máquina. A la cual nunca hubiera accedido. Es decir, nunca hubiera estado en situación de igualdad con otro pibe cuya familia sí está en condiciones de comprársela.
Y me imagino ese chico llegando a casa con su netbook, enseñándosela a sus padres, a sus hermanos; compartiendo un mundo hasta entonces vedado a millones de familias.
Un solo caso de esos -que no es uno, acá en Tandil son miles en miles de ciudades- echa por tierra cualquier especulación bien o malintencionada.
Muchos de estos pibes que hoy tienen 17 ó 18 años que accedieron a su primera máquina con esta medida no se lo van a olvidar nunca. Y no deben olvidar tampoco que hay mucho por hacer (y seguro les tocará a ellos también hacerlo en su momento) en materia de equidad. Pero ya saben que se puede. Que hay que dar un paso y luego otro y otro más.
Sobre todo en materia de educación, que es lo que nos va a igualar para arriba.
Hay millones de familias que diariamente -cuando compran el pan, la leche, la papa, lo mínimo para subsistir- están aportando peso a peso para mantener el sistema educativo, público y gratuito. Preescolar, primario, secundario y universitario. Muchos de los hijos de esos millones de familias nunca van a pisar una universidad, porque seguramente antes tendrán que ir a trabajar o no podrán instalarse en otra ciudad, no tendrán para comprar los libros o en algunos casos ni siquiera para el boleto de colectivo de ida y vuelta todos los días.
Estas netbooks que hoy se llevan a su casa bajo el brazo son la prueba de que la equidad no es una utopía sino un camino.
Se dio un paso. Todavía queda mucho por andar.
Pero de todo lo que vi en este año, yo me quedo con esa imagen.
Recibí las noticias en tu email
Accedé a las últimas noticias desde tu emailMás de 143 años escribiendo la historia de Tandil
Este contenido no está abierto a comentarios