Impasse mundial
Cada cuatro años ocurre el milagro. Por esas contingencias de la historia, Argentina se define como un país futbolero y estas sierras no quedan afuera de la onda expansiva que produce la selección nacional.
Así, el año 2010 quedará signado por lo que ocurra antes o después del Mundial. Con confianza ciega, para las próximas semanas no se esperan anuncios rimbombantes ni lecturas de pesimismo extremo sobre la economía. Tampoco habrá lanzamientos de candidatos ni grandes peleas políticas. Los cortes de cintas se atarán al fixture y las reuniones quedarán demoradas cada vez que los botines argentinos pisen el pasto verde de las rápidas canchas sudafricanas.
El aire mundialista trae una cuota de nerviosismo extra, pero inmersa en un cocktail de esperanzas y festejos desenfrenados (cuando los resultados acompañan). Cambia el ánimo, y esto cruza a todos los sectores sociales.
Es curioso. Todos saben que cuando termine la participación del equipo de Diego no se acabará el desempleo, tampoco habrá más viviendas ni se esfumarán los casos de inseguridad. De todos modos, el país se permite disfrutar con la atención dirigida al deporte.
Cuando nuestros 11 hidalgos entran al campo juego, todos somos más argentinos, más hermanos, más iguales. Allí estamos, pendientes del mismo objetivo y haciendo fuerza parejos, sin lugar para las especulaciones.
Y este Mundial tiene un sabor especial: la previa de los festejos por el Bicentenario. Con la albiceleste a flor de piel, todo toma un aspecto más amable. En algo nos podemos unir y eso siempre es alentador para un país signado por todo tipo de diferencias. ¡Vamos Argentina!*
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