Inconductas (II)
El otro día Juan Carlos Pugliese me decía que las constantes infracciones que cometemos al manejarnos tanto a pie como en vehículo no hacen otra cosa que hablar de nuestra inconducta ciudadana.
Analizando aunque sea superficialmente ambos conceptos, de lo que estamos hablando es de personas que no aceptan cumplir las reglas mínimas, no ya para vivir en sociedad, sino para andar por la calle.
¿Es tan complejo el entramado normativo que no podemos memorizarlo? ¿Coarta libertades individuales? ¿Cercena derechos? ¿Estamos frente a un Estado totalitario y asfixiante?
Tal vez, antes de continuar con tantos interrogantes, deberíamos tratar de centrarnos en cuestiones más simples. Por caso: el semáforo.
Antes de aprender a leer, a escribir, a andar en bicicleta, sabemos qué es, cómo funciona y para qué sirve ese aparato amarillo con tres luces en la punta.
A los tres años estamos en condiciones de asumir que si cruzamos con el semáforo en rojo nos puede pisar un auto y morirnos. No sabemos a ciencia cierta qué es la muerte. Quizás no lo sepamos nunca. Pero sí lo que es un semáforo.
Ahora bien: ¿nacemos sabiendo cómo funciona el semáforo? No. Es un conocimiento adquirido a través de los padres, los tíos, los hermanos mayores, la maestra del jardín, el adulto.
¿Qué pasa si un chico que va con su padre y al llegar a la esquina intenta cruzar en rojo? Primero, la advertencia: `No tenés que hacer eso porque bla, bla, bla…'. Segundo intento del pibe, el recordatorio: `Qué te dije sobre cruzar en rojo…`. Tercero, la reprimenda: `Otra vez cruzando en rojo…`. Quinto, el grito: `¡Te dije que no cruces más!…`. Sexto, el correctivo, en alguna de sus variantes: penitencia, sacudón, tirón de orejas, coscorrón.
¿Pero qué entidad, ente, espíritu del mal, organización delictiva, asociación ilícita es la encargada de hacerle desaprender al pibe este sagrado y vital precepto?
Ni más ni menos que las malas juntas. Efectivamente: los padres, los tíos, los hermanos mayores, los maestros, los adultos.
Bajo variadas y sustanciosas excusas:
-No viene nadie.
-Estoy apurado.
-Este semáforo me tiene podrido.
-De noche se puede.
-Me pareció que estaba en amarillo.
-¿Qué semáforo?
El lunes pasado, y luego de estar durante casi una semana en amarillo intermitente, comenzó a funcionar el semáforo ubicado en Avellaneda y Chacabuco.
El miércoles me senté en la esquina de la plaza Moreno a ver cómo nos comportábamos ante la novedad (?).
En promedio, siete de cada diez peatones (uno de ellos yo) cruzamos tanto la calle como la avenida como veníamos, ignorando olímpicamente la presencia del aparato.
Tres de cada diez autos que circulaban por la avenida pasaron en rojo. Dos de cada diez de los que venían por Avellaneda rumbo a Rivadavia, doblaron a la izquierda por Guido.
(Comentario al margen: Si tuviésemos la oportunidad de juntar a todos esos infractores y preguntarles cuál es el principal defecto de nuestros gobernantes, la mayoría puntualizaría la corrupción, el acomodo, los negociados, la búsqueda del bienestar particular, etc. Básicamente, la falta de cumplimiento de las reglas en beneficio propio).
Hay quienes sostienen que las campañas de educación vial deberían comenzar en el jardín de infantes.
Yo no estaría tan seguro.
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