Independiente ensayó una notable reacción para llevarse un clásico memorable
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El rojinegro cerró mejor que su adversario y así pudo inclinar la balanza a su favor para hacer suyo un cotejo en el que debió remar desde atrás durante buena parte de su desarrollo.
El poderoso elenco olavarriense, que se planteó de plano dar lucha por un ascenso al TNA, llegó a disfrutar de una ventaja de 14 puntos durante el segundo cuarto, pero no pudo resistir la embestida que los tandilenses desplegaron en el capítulo decisivo.
Fue un duelo a la altura de las circunstancias, entre dos de los protagonistas de esta zona del certamen, que lejos estuvieron de defraudar y terminaron diseñando uno de los mejores partidos de básquetbol que se han visto en Tandil en los últimos años.
Con un comienzo pletórico de intensidad. La visita comenzó a hacerse de sus primeras diferencias, viéndose sustentada en el trabajo de Facundo Mendoza (ejerció en el arranque un notorio dominio sobre Sebastián Sevegnani) en la zona interior y algunos estiletazos de Fernando Rivera desde el perímetro.
El dueño de casa también encontraba réditos cuando colocaba el balón en la pintura, sobre todo a la hora de profundizar para que Alejandro Arca juegue de espaldas al cesto. Entre el desequilibrio causado por el interno y algunas ráfagas de Kevin Jerez Pilotti (de mayor a menor en el primer tiempo), el rojinegro hallaba los recursos para mantenerse a tiro.
Pero la paridad comenzó a diluirse en los albores del segundo cuarto. Independiente se sumergió en una laguna que lo dejó con apenas 2 puntos en casi 7 minutos y los de José Luis Pisani usufructuaron ese déficit tan marcado para establecer un desnivel mayor.
Con una ofensiva que consumía segundos sumida en la intrascendencia, el local atravesaba un peligroso pasaje que le permitió a su rival disponer de su máxima luz de la noche (20-34), a la cual llegó con un triple a 45º de Rivera.
Los primeros cinco puntos de Valerio Andrizzi en la noche sirvieron para llegar al descanso con un margen algo más decoroso (29-38), aunque no para terminar de maquillar la crisis.
Reanudado el juego, llegaron los vaivenes en la diferencia de un Estudiantes que parecía encontrar las soluciones adecuadas para encaminarse a un final sin mayores sobresaltos. El bataraz demostró ser un equipo con variantes y supo mitigar el efecto causado por la previsible merma de Mendoza en el goleo. Respondieron los perimetrales titulares a través de Rivera y Juan Levrino, y Federico Silveyra, base sustituto, también dejó su huella para que la diferencia no termine de limarse ante los intentos de reacción del dueño de casa.
Pero la del último cuarto sería una historia distinta. Con algunos suplentes y juveniles en cancha, pero con los “pesados” a cargo de los momentos cúlmines, Independiente logró dibujar la reacción que todo su público esperaba.
Leandro Mateo, a menudo defendido por su hermano “Juani”, impuso condiciones cerca del cesto terminando de enderezar lo que hasta ahí era una noche irrelevante suya; Jerez Pilotti se erigió en el base que su equipo necesitaba, con el pulso intacto en los tramos más calientes; Andrizzi aportó cuando se lo necesitó; y Portillo sobresalió entre todos ellos, dejando la vida en defensa para frenar a Levrino, obligándolo a decisiones precipitadas, y clavando dos triples en los últimos dos minutos -cuando más pesa el balón-, definitivamente el golpe de gracia para un Estudiantes que dejó ir un partido que parecía suyo.
Independiente terminó aferrándose a una victoria de esas que emocionan, frente a un adversario de probada jerarquía y dejando atrás pasajes marcadamente adversos.
Mañana, ante Vélez, nuevamente en casa, el equipo de Alvaro Castiñeira rendirá un nuevo examen.
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