Indiscreciones
Por Marcos Gonzalez
(marcosggonza@gmail.com)
Hubo una época en que comunicarse no era tan sencillo. No voy a hablar de la prehistoria (o casi), sino de mi infancia.
Por esos años, el teléfono era un bien suntuario, costoso, envidiable. Tanto que por cuadra había uno o dos. Y sólo en caso de extrema confianza o de urgencias, podía recurrirse a una llamada "de favor".
En mi barrio, la poseedora de esta maravilla de la modernidad era una vieja bastante mala onda. Sobre una mesita discreta y al lado del noble aparato negro de baquelita había una lata de sardinas con un cartel: "Sea breve. Deposite 10 pesos por cada llamada". En la lata, brillaban unas cuantas monedas del inolvidable caballito.
Una tarde hicieron eclosión la mala onda de la vecina y las pocas pulgas de mi vieja. Desde ese día, se acabaron las llamadas de favor y la manera de nombrar a esa mujer en mi casa, pasó a ser un sustantivo sobre su longevidad, seguido de una condición más bien escatológica.
De cualquier manera, los llamados más frecuentes de mi madre eran con su familia de Mar del Plata, con lo cual había que ir a la "Unión Telefónica" (luego Entel, actual Telefónica), en el primer piso del edificio de Rodríguez, casi San Martín.
Allí había varias cabinas y una empleada que recibía los pedidos de comunicación.
-¿Es larga la demora con Mar del Plata?, era la pregunta de rigor.
Si la espera era prudencial (hasta media hora), aguardábamos el turno; caso contrario, volvíamos más tarde o al otro día.
Fue por ese entonces que sin proponérmelo comencé a interiorizarme de cuestiones ajenas. Las cabinas eran un cuchitril donde apenas entraban dos personas apretujadas. Separados apenas por un doble tabique de algo parecido a un cartón con agujeritos forrado con una suerte de mosquitero, era inevitable enterarse lo que hablaba el ocasional vecino de la cabina de al lado. Sobre todo, para mí, que me aburría con las noticias que comunicaba mi vieja.
Del otro lado, en tanto, me llegaban historias que a veces resultaban interesantes: declaraciones de amor, escenas de celos a la distancia, llantos disimulados, noticias infaustas de parientes que habían pasado a mejor vida o estaban en eso.
Por un precoz instinto de discreción, o más bien por temor al coscorrón materno, guardaba para mí aquellas conversaciones ajenas. No obstante, antes de irme no podía resistir la tentación de ver el rostro del autor de esas confesiones.
Con los años, dejé de acompañar a mi vieja, hasta que un buen día, el teléfono hizo irrupción en mi hogar.
Como cualquier hijo de vecino, con el tiempo más de una vez escuché a escondidas conversaciones ajenas a fin de intentar interiorizarme de cuestiones propias.
Dicen que en el pecado está la penitencia, y es así que me he enterado de asuntos que nunca debí saber.
La llegada del celular a nuestras vidas me vino a recrear aquellas escuchas indiscretas en las cabinas de la Unión Telefónica. Sólo que ahora no es necesario pegar la oreja al tabique de cartón. Por más que uno no quiera, muchas veces se convierte en testigo de intimidades que pondrían colorado al más desvergonzado.
Sin ir más lejos, el otro día estaba parado frente a una vidriera, cuando comencé a escuchar un murmullo detrás de mí. En cuestión de segundos, la confesión estalló a mis espaldas con la claridad del vivo y directo.
-…por suerte, de las hemorroides ya estoy bastante mejor…
Como un movimiento reflejo, quizás rememorando esos días en que no podía dejar de ver el rostro de semejantes confidencias, no pude evitar darme vuelta.
El muchacho, de treinta y pico, vino a descubrir en ese momento que estaba hablando demasiado alto.
Lejos de retroceder en su involuntaria revelación -como quien ya está jugado- le dijo `esperá un segundo` a su interlocutor, se alejó el celular de la boca y dirigiéndose a mí, me aclaró:
-No sé si alguna vez te habrá pasado, pero es terrible…
-No… sí… me imagino. Me alegro mucho; que sigas bien, le dije, educado.
Para ese entonces, ya había retornado a su conversación. Me dejó hablando solo, como a un loco.
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