Inspiraciones, al pie de la escalera
Recibí las noticias en tu email
Accedé a las últimas noticias desde tu email
A propósito de la reciente puesta en funcionamiento de la escalera mecánica de la Galería de los Puentes, y sin que esto suene a publicidad subliminal para con el restobar allí instalado, estoy en condiciones de afirmar que el lugar puede ser utilizado como inspirador para nóveles escritores o literatos abandonados por las musas.
Sin ir más lejos, quien esto escribe estuvo allí días pasados y en lo que se tarda en degustar un aperitivo se le ocurrieron no menos de cuatro o cinco situaciones dignas de quedar plasmadas no digo en una novela, pero al menos en un cuento o un relato de la literatura fantástica.
La primera de las situaciones es de neto corte romántico. Transcurre en una tarde de lluvia, situación que no influye en absoluto en la historia, pero siempre arrastra al lector hacia las márgenes de la melancolía. Por la escalera que lleva a la planta alta asciende un muchacho entrado en años, un hombre. Lleva en su rostro las huellas de antiguas decepciones.
Por la que baja, una mujer joven aún, se deja llevar, resignada. Por esos caprichos del destino y de la operatoria propia del sistema mecánico, ambos se encuentran a mitad de camino. Por un segundo cruzan sus miradas cansinas y un haz de luz centellea en los ojos de los protagonistas. O sea, cuatro haces de luz.
La escalera sigue su camino (nótese la alegoría con la vida misma, que no se detiene). El hombre parece recobrar la memoria de repente; ese rostro no puede ser otro que el de la muchacha que fue su primer amor.
Ya casi en el primer piso, se da vuelta y le grita:
-¡Alicia, soy yo, Carlitos…!
La mujer se da vuelta sobresaltada. Lo mira fijamente, al momento que pone los pies en tierra firme. Piensa un segundo y responde:
-¿Carlitos? ¿Qué Carlitos? ¿A voz quién te conoce..?
Afuera sigue lloviendo. El amor no pudo ser. Fin.
El segundo relato que me inspiró el mecánico aparato narra las vicisitudes de la paternidad, lo efímero del tiempo o alguna de esas cosas.
Un padre concurre con su hijo de cuatro o cinco años al citado lugar. Se sientan en una de las mesas en las que desemboca la escalera. El nene se aburre y el padre, lejos de buscar entretenerlo, interactuar, le dice `andá a jugar un rato en la escalera`.
El chico baja y sube en repetidas oportunidades. El padre lee el diario y de vez en cuando mira que su hijo siga ahí. Cada vez que llega al primer piso, el hijo lo saluda, contento.
-Acá estoy, pa.
-Bueno -responde el padre.
-Papi, papi, llegué.
-Ahá.
-Otra vez yo, pa.
-Hmmm -responde mientras sigue leyendo el diario.
Hasta que por fin (pongámosle unas 250 veces como para machacar lo monótono de la cuestión), el que se asoma por la escalera mecánica es un hombre de 40 años.
-Papá, soy yo -le dice con voz ronca.
El padre deja el diario y no atina a decir nada. Absorto.
El chico, que ya es grande, le recrimina:
-Ahora ya soy un hombre. Te perdiste mi tiempo de infancia.
El tipo, que ahora es un viejo, se cae redondo, infartado, no sin antes pedir perdón.
Fin.
El último relato, modestamente, el más inspirado de todos, encaja perfectamente en el género de la ficción. Un thriller.
La escena transcurre un sábado a la noche, con el lugar atestado de gente, que a la postre será testigo de un caso paranormal.
Por la escalera bajan, peldaño de por medio, personas de todo tipo (aquí puede haber una descripción pormenorizada de cada uno). El relato se centra en uno de esos ocasionales pasajeros, un hombre común. Es el único que parece ir apurado y baja por sí mismo los peldaños, a los tropezones. Al llegar al final, inexplicablemente, no logra levantar los pies a tiempo y se lo traga la escalera.
Se oyen sus gritos desesperados a la vez que son infructuosos los intentos por salvarlo. Inexorablemente, desaparece.
Minutos más tarde llegan los bomberos, la policía, una ambulancia y los técnicos en ascensores que desarman todo el aparato. Nada, el tipo no está.
No se supo más nada, hasta que la familia recibe un enigmático mensaje de texto:
-Soy yo. No m busqn. Toy bien.
El autor del relato (yo) plantea dos hipótesis totalmente opuestas. La primera: el hombre quedó viviendo en otra dimensión, en un mundo paralelo al que se ingresa, justamente, por la escalera mecánica.
La segunda conjetura es que el tipo le debía a medio mundo y aprovechó el tumulto de gente para escaparse por el pasaje Fournier.
Se fue debiendo quedarse.
Final abierto.
Hasta aquí, sólo algunos ejemplos que se me ocurrieron en un ratito nomás.
Humildemente aconsejo a los responsables de talleres literarios y profesores de lengua que lleven a sus discípulos al citado bar, a ver si se inspiran.
Si así y todo no se les ocurre nada, denlos por perdidos. Que se dediquen al arte del origami o hagan un curso de corte y confección.
Más de 143 años escribiendo la historia de Tandil
Este contenido no está abierto a comentarios