Javier Alejandro Trueba: ?Lo que más me gusta es que sé que todo se termina?
-Javier Trueba: Decorador. Caro. Famoso. Y popular. Un caso bastante atípico, ¿no?
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Accedé a las últimas noticias desde tu email-Soy famoso, por mi trabajo, es una consecuencia de eso, pero no popular. Diría que soy un tipo bendecido, porque hago lo que siempre quise hacer, tuve éxito y puedo vivir de eso.
-No fue complicado.
-No tuve que forzar nada. Me posicioné muy pronto, cuando hice mi primer trabajo, a los 18, desde ahí sólo tuve que mantenerme en mi eje.
-¿Recuerda a quién le hizo ese trabajo?
-Si. Al dueño de la Posada de los Pájaros, Ricardo Giovanetti, en su casa. Di ese paso y quedé feliz porque noté que tenía claras las cosas. Había estado casi todo el año anterior en París; a los 17 volví y no sé a través de quién conseguí ese trabajo y con una absoluta seguridad en mí dije “lo voy a a-se-si-nar”. Y sin tener trayectoria, porque si tenés una trayectoria que te avala…
-¿Y lo asesinó nomás?
-Lo asesiné. Y a partir de ahí no sé, habré quedado tan loco, tan alterado por los honorarios que pasé a ser un decorador caro.
-Casi como la fórmula de la felicidad.
-Bueno, no: disfruto hasta que termino una obra. Ahí es el momento de mayor placer, pero hasta ahí llego.
-¿Y después?
-Vuelvo a los diez días y donde había armado una composición divina, por ejemplo, arriba de una chimenea, con objetos, todo en un equilibrio, el dueño le puso “su toque personal” con algo que le regalaron no sé, un caracol, y destruyó todo lo que hice desde lo estético. Es muy difícil que como yo dejo la obra se mantenga esa misma imagen en el tiempo.
-¿Se quedó con las ganas de decorar algún lugar en especial?
-Me encantaría decorar la Municipalidad, el Salón Blanco, la Universidad, el Aula Magna, el ex Hipotecario, lo que fue “El Centinela”, ese edificio, ¡por favor! Todo tabicado, es un cachetazo a la estética. Están todos arruinados. Es torcerle el codo a una era.
-Pareciera que le preocupa que sus obras lo trasciendan.
-Sí, pero hay trabajos que en algunas cosas también dependen de la arquitectura.
-¿Usted quiso ser arquitecto, verdad?
-No, yo estudié decoración. En arquitectura duré un día.
-¿Cómo fue eso?
-El primer día de facultad me mandaron a hacer 40 cubitos con aletas (unos cuadrados que cortabas con papel, doblabas las aletitas y las ibas pegando y formabas un cuadrado), bueno, “para el miércoles tienen que hacer 40 cuadraditos de cartulina blanca”, yo dije: “¡Ni loco pienso hacer 40 cubitos!” y no fui más. Duré el lunes nomás.
-¿No habrá llegado la hora de confesar que odia a los arquitectos?
-No, ja ja ja, no, no. ¡Los arquitectos me odian a mí! La gente cree que el decorador es la prima pobre del arquitecto y no tiene nada que ver. Es como decir que la enfermera es la prima pobre del médico, ¡No! Son profesiones totalmente distintas.
-O es usted el que piensa que los arquitectos son las primas pobres de los decoradores…
-Lo que yo pienso es que cuando un arquitecto dibuja un living en el plano no se ve la casa porque está achatada, no tiene volumen, no se ven las alturas, nada. Y le dicen al dueño “este living es grande porque tiene tantos metros por tantos”, ¡Pero el cliente no anda con un metro en la mano! Dibujan un sillón y hacen un circulito. ¡Un circulito es una maceta, no un sillón! Y si querías un lugar cómodo para ver televisión, resulta que tenés el televisor pero no te entra el sofá.
-Vayamos para otro lado, a un tema tan suyo como la decoración: la seducción.
-No sé, yo me río mucho de mí. El humor es muy seductor. Creo que la seducción tiene que ver con tu seguridad, con algo que a vos te sirva; no pasa por la belleza; es mejor, antes que ser lindo, sentirse lindo. Si sos lindo y no te sentís lindo, sos un cul… de feo. En cambio si te sentís lindo, siendo un cul… de feo, ¡sos lindo!
-Cuéntenos su método.
-Yo estoy seguro de mi speach, me doy cuenta que me pongo a hablar y soy miel, atraigo, y pecaría de falsa humildad si le dijera “no creo que tenga esa herramienta”. Y cómo sé que la tengo, la hago valer.
-¿Cuántas veces estuvo a punto de morir?
-Muchas. Algunas situaciones me vinieron solas y otras por mi propia estupidez que pagué con mi salud: asma, diabetes, cáncer; bueno, lo de “pagar” suena muy “Dios te va a castigar”. Pero agradezco por todo eso que tuve que pasar. Ahora soy un resiliente, alguien que las cosas dolorosas las transforma para zafar su vida. Y porque todos somos de todo y siempre hay una cruz más pesada que la de uno. ¿Y sabe qué? También se sufre cuando no te pasa nada.
-¿Quién histeriquea a quién? ¿La muerte a usted o usted a la muerte?
-Yooo. Yo soy el que histeriquea.
-No le tiene miedo.
-No. Amo vivir, pero hay una cosa que me encanta de mí: sé que todo se termina. ¿Para qué voy a luchar entonces contra algo que me va a superar? Y las veces que he estado cerca me he desvanecido y si es así diría que ya sé que es linda. Los guatemaltecos tienen un refrán muy piola: “si te vas a morir, que sea con zapatos”, o sea que no sea una sensación de dolor. ¿Vio que cuando hay un accidente de autos encuentran un zapato a 30 metros? Bueno ¡Yo odio morirme así!
-Si viene un ángel y le dice: “Javier en una hora te vas. Esta vez es en serio”. ¿Escribe una carta de amor? ¿Se despide de un familiar?
-Ninguna de las dos. Desde que se murió papá, la muerte no me desvela, la pienso como algo que leí de Víctor Hugo y lo subrayé. Alguien se estaba muriendo y describe una imagen que me acompaña siempre: “Habrá un ángel enorme, inmenso, de pie, con las alas desplegadas, sonriente, que está esperando tu alma”. Los ángeles siempre aparecen con alas, no sé porqué mier… pero como está esa fantasía de las alas, ¡Yo quiero que el mío también sea con alas!. Y creo que esperando mi alma, sonriente, está papá. Me voy a encontrar con alguien que quiero mucho, entonces, ¿Por qué me voy a preocupar por la muerte? No hablaría de despedidas. Hablaría de un hasta luego.
Javier, saque su cuchillo (de plata) porque he venido a matarlo
Decidido a destrozar a Jorge Luis Borges a través del abordaje de sus miserias, el escritor Rodolfo Braceli acometió un diálogo sin piedad con el genial escritor. “Don Borges, saque su cuchillo porque he venido a matarlo” terminó siendo el nombre de un libro en el que, riéndose de él mismo, Borges dio cátedra acerca de cómo enamorar al enemigo y neutralizar los estiletazos.
Algo de eso hizo Javier Trueba en su casa cuando, en su caso de un modo más literal, dos ladrones le tenían amenazado con un cuchillo en el cuello.
De ese episodio Elías El Hage hizo un relato que entró en la historia de los sucesos más graciosos de la ciudad, sin embargo Trueba dice que no hay una sola palabra de ficcion: “Elías me pidió que se la cuente y le dije la verdad, me estaban amenazando con un cuchillo y me cortaron un poquito el cuello y me empezó a salir sangre y le dije al del cuchillo “a mi no me vas a matar con ese cuchillo de pollo, en la cocina hay un cuchillo divino, de plata. Agarrá un Belgiorno por favor, no pensarás matarme con un Tramontina…"
A partir de esa sugerencia el hecho delictivo devino en una prosecución en la que Trueba salvó su vida, por supuesto. “También le dije: “Ay, me venís bárbaro, yo no la estoy pasando bien, y como no le tengo miedo a la muerte y tampoco quiero suicidarme, me venís fantástico”.
-Suena raro que alguien tuviera ganas de semejante humor en ese trance.
-Es que en el fondo “no es humor, es apelar a una muerte digna. Con los zapatos puestos. Además. yo creo que si uno pudiera elegir el modo de morirse la vida sería mucho más linda. Y le voy a confesar una cosa más.
-A ver.
-Como la vida se ha puesto muy prágmática, ya no te ganás ni el amor ni el cuidado de algún amigo, entonces yo les digo “tengo un baúl guardado…”. Nada más, para que piensen que les queda una herencia enorme. No me ganaré el amor, pero sí el cuidado.
Más de 143 años escribiendo la historia de Tandil
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