?Javier tenía necesidad de devorarse la vida, no perderse un instante?
Casi simultáneamente, los Macri tuvieron días atrás un “doble sacudón” con la muerte de Sandra Macri, hermana de Mauricio y prima de Jorge, intendente de Vicente López y amigo de otro ser querido que también falleció el último sábado de junio: el decorador tandilense Javier Trueba.
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Accedé a las últimas noticias desde tu email“Hay veces que, como ésta, parece la crónica de otra muerte anunciada”, se sinceró Macri, a sabiendas de que su amigo "vivía al límite, no se cuidaba y redoblaba la apuesta, pero todo eso no deja de provocarme un gran dolor. Siento que se fue alguien que siempre te daba algo”, confesó a El Eco.
También oriundo de nuestra ciudad, Macri mantuvo una larga amistad con Trueba, quien se ganó el afecto de toda la familia del político del Pro: “Tenía esa capacidad de no pasar desapercibido, pero desde el cariño, era alguien que dejaba huella. Mis hijos se cruzaron con él tres o cuatro veces nomás, pero Javier tenía eso, imposible no recordarlo y no recordarlo con cariño, con toda esa cosa histriónica que tenía, su sentido del humor”.
-Lo conocía mucho, evidentemente.
-Sí, claro. Era un provocador que jugaba siempre al límite. Divertido, histriónico, siempre el centro de escena -cuando estaba bien, después estuvo mucho tiempo mal y eso fue como la contracara de él- pero lleno de energía, de vida, que vivía tan intensamente, a veces demasiado…
-¿Muy al límite?
-Se devoraba la vida, tenía esa sensación, como una necesidad de devorarse la vida. Eso formó parte de él también.
-¿Cuándo lo conoció?
-En Tandil, yo tenía veintipico pero me hice amigo después, y una vez coincidimos en un viaje a Nueva York, yo viajaba con mi mujer y compartimos cinco, seis cenas allá.
-Y se divirtió a lo loco…
-Sí, te llevaba a lugares distintos. Estaba buscando alfombras, como hacía siempre cuando iba allá, buscando nuevas tendencias. Tenía esa capacidad de captar lo que estaba pasando en la moda en general y transformarlo a veces en cosas muy locales.
-Trueba trascendió como un gran decorador tandilense; ¿le hizo algún trabajo?
-Sí, nos decoró nuestra casa en Buenos Aires. Y me encantó. ¡Me encantó! Todavía tengo varias de esas cosas. Tenemos un gran espejo que tiene como dos metros por dos y el marco de una puerta, que él mismo pintó y recuperó; ¿vio que él mismo reciclaba? Esas y otras cosas hechas por él hoy son parte de la casa.
-Y ese estilo de vida fue su elección, vivir aceleradamente.
-Sí, vivía al límite. Siempre. Se devoraba la vida, no ahorraba vida para el futuro.
-Una forma de vida. A algunos les da miedo, a otros nos despierta curiosidad. Pocos se animan.
-A mí me da miedo eso de vivir tan intensamente, yo soy de buscar un poco más de equilibrio, porque él era vertiginoso, su vida en sí daba la sensación de vértigo, en todo, desde el simple hecho de compartir cualquier cosa cotidiana con Javier era así. No era un rato más. Ya de entrada era increíble entrar a su casa y parecía que te estaba recibiendo no el rey sino la corte completa.
-Se perdió una gran personalidad, muy fuerte.
-Muy fuerte. Sí. Siento que se fue alguien que siempre te daba algo. Me duele desde el afecto como cualquier pérdida pero además porque era de esos tipos difíciles de reemplazar, tipos que se hacen con un molde que se rompe y no se pueden reemplazar jamás. u
‘Se non è vero, è bello’
Por GG
A fines de julio del año pasado le hice la que, tal vez, fue la última entrevista a Javier Trueba. Como siempre, quedaron muchas respuestas que por una cuestión de espacio no iban a publicarse, pero a la vista de que cortar era un sacrilegio, en acuerdo con la Redacción elegimos que el paso de Trueba por el diván fuera más extenso que los habituales y prácticamente no tuvo podas. Los lectores nos dieron la razón.
Sólo una cosa quedó afuera, por tratarse de una anécdota que no lo involucraba tanto a él sino a otros. Pero en definitiva aquella fue su declaración de principios y vale la pena traerla al recuerdo:
En un momento de la entrevista Javier dijo que el humor para él era como un “ejercicio respiratorio, algo así como la meditación para el gurú Maharashi, no sé -agregó- la gente ante un suceso muy jodido se agarra de la religión, el yoga, algo que le dé fe, y bueno, yo me agarro del humor”.
Surgió entonces una anécdota que Trueba siempre juró como real: un amigo suyo, allá por los pacatos ´70 estaba dedicado de lleno a alimentar sus sueños estéticos en su casa paterna del barrio Falucho, cuando ya de madrugada lo interrumpió su padre, que con determinación le pidió que fuera a llenar el tanque de nafta.
Lo que sigue sucedió -¿o no?- en la estación de servicio de Santamarina y Avellaneda.
“Lleno, por favor”, les indicó el amigo de Trueba a los pibes, sin bajarse del vehículo, y les dio las llaves. Los pibes -dos- empezaron a cumplir el pedido sin parar de carcajearse en la cara del cliente, que no aguantó más y bajó la ventanilla.
-Estúpidos -les gritó- ¿De qué se ríen? ¿Tengo monos en la cara?
Los pibes no llegaron a responder. Apenas terminó de retarlos giró levemente la cabeza y vio que en el espejo retrovisor se asomaba una pincita: había olvidado quitarse el trabajo que pergeñó durante horas en su casa y tenía la cabeza repleta de los ruleros y las pinzas que buscaban convertir su lacia caballera en decenas, cientos de rulos.
-Javier -lo interrumpí-, Pablito (otro amigo) dice que esa historia no puede ser verdad…
-Mirá. Ya sé. Sabés que hace diez días lo llamé (al protagonista de la anécdota) para preguntarle. Y le dije: “Por favor, dale, decime si es verdad” Y me juró que es verdad.
-Vos querés que sea verdad.
-Yo le creo. Para mí es verdad. Y además, sí, quiero que sea verdad. Y si no, no me importa. Como dicen los italianos: ‘se non è vero, è bello’.
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