Jóvenes escritores de ficción
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“Papá” por Camila Osinaga
En este último tiempo he recordado lo que fue mi vida hace unos años, los momentos que pasé con mi papá esas tardes, jugando muy aburrido al tenis, sólo para hacerme divertir y pasar tiempo conmigo.
Fue un hombre muy amable y el mejor papá, siempre muy sincero, confiado en sus expectativas y en los pasos que debía seguir en su trabajo.
Los domingos me levantaba para desayunar con él y siempre estaba despierto, no hubo una sola vez que lo encontrara dormido.
Tampoco me voy a olvidar de aquella vez que nevó una mañana fría en San Luis, cuando estuvimos construyendo muñequitos de nieve; además no puedo olvidar el día que me compró mi álbum favorito el de los Simpson, fue muy especial, porque se encargó de ponerle una base en la casa de mi abuela, mientras ella le cebaba mate.
También me enseñó y me explicó cómo plantar un árbol y ahora está enorme. Y esto me recuerda que, cuando íbamos al Trapiche, siempre parábamos en un sector de árboles que parecía una especie de bosque y ahí comíamos asado; y mientras él lo preparaba yo me tiraba al césped a mirar las nubes.
Cada vez que miro la luna me acuerdo de él y de los momentos hermosos que pasamos. Por ejemplo, en las noches él estaba siempre a mi lado, tratando de que pudiera dormir, queriéndome dar una respuesta lógica para que yo pudiera descansar en paz y sin pesadillas. Me decía que soñara con los angelitos y ahora lo hago todas las noches, y ése es él. Sé que lo que acabo de decir da risa, pero es la pura verdad, me pongo feliz y, a la vez, me siento rara de haber tenido un sueño relacionado con mi papá. Estoy confundida y contenta, como todos los viernes, cuando me llevaba a tomar un helado a Kopitos. Eran, sin dudas, las mejores tardes.
Recordarlo me da fuerza y, cuando sucede algo extraño, siento que él está ahí, diciéndome que nunca lo olvide, pero eso nunca va a pasar.
Hoy me doy cuenta que me gustaría poder volver el tiempo atrás y revivir todos los momentos que pasé junto a mi papá, y pienso que, cuando tenga un hijo, yo le voy a dar el mismo amor que mi papá me dio a mí.
“Extraño caso” por Leandro Pérez
Manuel era un hombre de mediana edad, con bigotes largos y una extensa cabellera. Desde siempre había sido sepulturero, pero recientemente había comenzado a trabajar como cuidador del cementerio.
Esa noche se sentía un poco impaciente, estaba nervioso y no terminaba de acostumbrarse al nuevo horario. Todavía le daban miedo esas largas salidas a oscuras para comprobar si todo estaba en orden.
El reloj marcó la una de la mañana y casi listo para salir se dijo: –No hay de qué preocuparse, el único vivo aquí soy yo. Prendió un cigarrillo y continuó el viaje. Sintió ruidos y comenzó a mirar hacia atrás, parecía que alguien lo estaba siguiendo. Estaba seguro de que algo o alguien estaba entre los arbustos, de modo que se aproximó. Vio una sombra desplazándose. Dejó caer su linterna y salió corriendo. En medio del camino, pensando que no podía ser tan cobarde, se frenó y decidió regresar a ver qué era eso. Con cautela terminó de acercarse y vio la silueta de un perro despedazando carne y triturando huesos. Tomó la linterna que había quedado en el piso y le pegó al animal en la cabeza. Acto seguido, este se dio vuelta y comenzó a perseguirlo.
Manuel corrió lo más rápido que pudo y, aunque sabía que estaba ante un peligro ridículo, su corazón latió con fuerza. Siguió avanzando y dándose vuelta constantemente hasta que se topó con una rama y tropezó. Alcanzó a tomarse de una tela que colgaba del árbol, que pronto no resistió el peso. Cayó en un foso que el mismo había cavado antes de que oscureciera y se desmayó. El perro había llegado al lugar y, como habiendo premeditado sus acciones, con sus patas delanteras y traseras, comenzó a tirar sobre él la tierra que había quedado en un costado. Desde esa noche nadie supo nada más de Manuel.
“Una bella placa de tumba” por Malén Giudice
Todo esto fue escrito en una placa, porque nadie va a olvidar a aquella mujer que marcó la vida de muchas personas, sobre todo, la de los hombres de la cervecería, a quienes conquistó hasta que quedaron perdidamente enamorados.
Cuando Adela no estaba en la cervecería se convertía en una mujer amable, honesta, sencilla. Sin embargo, dentro de aquel bar, era seductora y lujuriosa. ¿Eso era una cuestión de diversión, de poder, o realmente se enamoraba de los hombres?
Era sociable pero no tenía amigas y, mucho menos, familiares. Todos nos preguntábamos porqué. Parecía que no confiaba en las personas y sólo sabíamos que se había ido a vivir sola a nuestro pueblo, sin conocer a nadie.
Es probable que eso la hubiera llevado a ser una mujer cerrada, pero simpática a la vez, que se refugiaba en el amor que ofrecía y recibía de los hombres de la cervecería. Creo que tal vez había algo mucho más importante y oculto en ella, pero aún conservo la duda.
Nosotros juzgamos su vida, su historia, sus actitudes y qué relaciones tenía, pero nunca sabremos la verdad. ¿Eso nos hace vulnerables? No sabemos, quizá en un futuro esto nos haga mejores personas, o en unos años olvidemos a esta bella mujer o la recordemos como lo que fue: de día una mujer cotidiana, por las noches una chica de bar. ¿Estaré en lo cierto? Creo que afuera de la cervecería, siempre será una mujer diferente.
“No hay dos sin tres, no hay tres sin doscientas” por Kevin Grierson
Cuando su padre murió, don Rulfo heredó tres ovejas. Ese mismo día estaba inventando una máquina para duplicar cerdos, venderlos y volverse extremadamente rico, como siempre había soñado.
La primera clonación fue exitosa, tuvo dos cerdos idénticos. Continuó con el proceso hasta conseguir sus diez primeros animales. Esa misma tarde fue a venderlos a la ciudad y consiguió despachar sólo seis.
Cuando llegó a su rancho dejó la chata estacionada y entró al galpón. Allí se encontró con una enorme cantidad de ovejas, eran más de cincuenta. Después vio otras cincuenta más, y luego otras cien y así llegó a contar quinientas veinticuatro.
Sin darse cuenta, había dejado la máquina de clonación encendida en el mismo galpón donde había puesto las tres ovejas que no habían sabido hacer otra cosa que meterse dentro de la máquina. Al clonar tantos animales, la máquina había cambiado de función y las últimas doscientas ovejas habían salido de colores: algunas rosas, otras violetas, amarillas, y azules.
Don Rulfo estaba arruinado, no iba a poder vender nunca esa clase de animales, nadie en la ciudad las iba a querer, siendo tan desagradables a la vista.
Optó por venderlas por diarios y revistas para que los compradores tuvieran que ir a verlas directamente al rancho.
Desde el primer aviso transcurrieron dos semanas. Finalmente llegó la primera consulta: se trataba del dueño de un circo que necesitaba doscientas veinte ovejas para teñirlas de colores y utilizarlas como mayor atracción de su arena.
Cuando el comprador llegó al rancho, Don Rulfo estaba esperando con dos de sus blancas ovejas, una sonrisa en el rostro y la escopeta en la espalda. El visitante pasó al rancho donde estaban las horrendas ovejas. Don Rulfo lo siguió y cerró el portón, acto seguido lo apuntó con la escopeta y le dijo que no lo dejaría ir hasta que no le diera el dinero y se llevara las ovejas. El comprador, sorprendido, le explicó que realmente quería esas ovejas de colores y le preguntó si le podría hacer otras veinte más. Don Rulfo, impresionado por la respuesta, y bastante humillado por su acción, bajó el arma y le dijo que las ovejas de colores habían sido un accidente, pero intentaría hacerlas una vez más. Encendió la máquina y juntos pusieron veinte ovejas de color y, en pocos segundos, salieron otras veinte más. El dueño del circo agradeció el trabajo, le pagó las ovejas y hasta le compró la máquina para que nadie pudiera robarle la idea.
Se despidieron en la tranquera. Don Rulfo no podía creer que se había deshecho de las ovejas, ahora pensaría en qué gastar tanto dinero.
Al otro día, Don Rulfo se levantó con el llamado del cirquero que lo esperaba ansioso con tres hombres en la tranquera. Ellos se encargaron de subir la máquina al transporte, luego cerraron la negociación y el cirquero lo invitó a presenciar su espectáculo, pero como a Don Rulfo no le gustaban ese tipo de shows y no quería volver a ver a las ovejas, prefirió quedarse a mirar el atardecer en la puerta de su rancho.
Más de 143 años escribiendo la historia de Tandil
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