Jóvenes escritores de ficción
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“Conexión” por Emiliana Rossi
Existen sonrisas sin destinatario que andan merodeando por el mundo sin encontrar una vida que las utilice. Son miles y están por todos lados, camufladas, riéndose de lo rápido y fugaz que pasa la gente que no las percibe, no las ve, no las siente.
Un hombre va abstraído, en su mundo, cargado de preocupaciones, de pensamientos que lo encandilan. No ve la luz, ni las sombras. No siente el cantar de los pájaros, ni lo estremece sentir el viento helado en la cara. Sigue firme, camina rápido. Sólo parece bajar al planeta para mirar hacia los lados al cruzar una avenida, pero no tanto. Cruza cuando todos lo hacen, camina en masa. Aferrado a su maletín, sigue sin percatarse de nada a su alrededor. Siente la llovizna, mira hacia arriba de una manera mecánica. Baja la cabeza, y larga un insulto al aire, pero en voz baja.
Escucha un bocinazo, pero no presta atención. Percibe una frenada brusca, pero no mira. Nada lo distrae de su mundo plagado de preocupaciones.
Levanta la vista y la mira. Es única, radiante y camina en sentido contrario a él. Tiene una sonrisa gigante que le llega de una oreja a la otra. Y sonríe sola, camina sola. No se sabe por qué sonríe, quizá de felicidad. Él la mira. Por primera vez en el día ha logrado tomar conciencia de su entorno y ha sido por ella. La mira, la sigue mirando, la sigue con la vista. Y mágicamente esboza una mueca que se convertirá en sonrisa y en un corazón agitado, en un temblequeo de piernas, en manos transpiradas. Ella pasa por al lado, lo mira, y le sonríe. El responde y se le ilumina la mirada. Se siente feliz cuando la ve pasar. Recorre el camino que ella hace con la mirada, la sigue, la contempla. Y retoma su paso, esta vez más tranquilo, con su mente despejada, pero no deja de pensar en ella. La imagina, la recrea en su cabeza paso tras paso. Y toma conciencia, algo nuevo lo invade.
“Una noche” por Martina Tozzetto
Era la primera noche en el hotel en el que estábamos de vacaciones, me sentía impaciente esperando la cena y angustiado porque el alojamiento no era para nada parecido a lo que nos habían prometido. Se escuchaban ruidos de ratones que, muy vivos, esperaban que terminara la hora de la cena para aparecer por la cocina.
Todos teníamos ansiedad de que pasara la noche para poder disfrutar de la ciudad al día siguiente. Sin embargo, me levanté para ir al baño y algo me ocurrió en el espejo del pasillo. Pensé que lo estaba imaginando, porque estaba ansioso, inquieto, disperso y me volví a acostar, pero más tarde escuché una voz. Empecé a pensar que había muertos debajo de la cama, en los roperos, estaba desconcertado. No creía que se pudieran alquilar hoteles donde hubiera muertos, pero al otro día comencé a averiguar.
Hablé con un cocinero, pero hacía poco que trabajaba ahí y no había escuchado nada. Me dio asco la poca limpieza que había en la cocina y decidí irme. Se me ocurrió hablar con el encargado que, luego de muchas preguntas, se animó a contarme que el hotel se había construido sobre un cementerio. No me daba miedo, pero empecé a pensar que lo que me había pasado esa noche tenía que ver con algún espíritu, lo malo era que sólo yo lo había visto y escuchado y eso me generaba confusión. Mi curiosidad iba creciendo a medida que el encargado me iba contando la historia del hotel, aunque todo se volvía más confuso.
Esa noche decidí quedarme despierto cerca del espejo, para ver si ocurría lo mismo, aunque me daba pánico que fuera a suceder algo peor. Sin embargo no pasó nada, ni siquiera escuché ningún ruido, hasta que me acosté y se prendió el televisor. Por momentos temblaba, pero quería saber qué estaba pasando. Llamé a mi padre pero estaba tan dormido que no me entendió, pensó que estaba loco, y me dio mucha rabia.
Quien sí me creyó fue mi hermano mayor, que se interesó mucho y decidió ir a buscar una copa a la cocina. Con mucha desesperación quise frenarlo, porque sabía lo que iba a ocurrir después, pero también tenía muchas ganas de saber qué pasaba y decidimos jugar.
Nos comunicamos con alguien que había tenido una muerte muy trágica, y eso me dio tristeza. Pudimos saber el dolor que había sentido, por las señales que empezó a darnos, estaba furioso. La tumba donde se encontraba estaba justo abajo del pasillo, creo que por eso me habían ocurrido esas cosas la noche anterior.
Cuando se abrieron las ventanas y la canilla de agua caliente del baño, sabíamos que estábamos ante un peligro ridículo porque nada podía pasarnos, pero igualmente nos dio temor.
Me sentí culpable porque la raíz del problema estaba en mí. Sujeté la tela de las cortinas de mi habitación, quedé enredado bajo los pliegues de volados verdes y comencé a caer por la ventana. Desde arriba, unos ojos muy brillantes sonreían.
“Un desconcertado viaje del recuerdo” por Jesica Puggioni
Todo está siendo igual a ese viaje. Como si estuviera ocurriendo nuevamente, pero después de algún tiempo. Afuera, el sol está cayendo en el hermoso atardecer y algunas gotas de lluvia forman un maravilloso arco iris, dulzura para mis ojos.
¿Será que cada persona de esta ciudad se detiene sólo un segundo para contemplar el ocaso o es la tristeza la que nos lleva a frenar un poco y observar las cosas tan tontas pero hermosas de la vida? Tal vez sean ambas cosas, o tal vez sea sólo yo quien lo piensa.
Puede que mi melancolía me lleve a parar un poco y observar que tenemos muchas hermosas cosas que nos rodean. Pero generalmente pasamos la vida apurados y corriendo de un lado hacia otro, y no tenemos mucho tiempo para ciertas cosas. Y puede que sea como lo pienso, casi que estoy segura, pero deberíamos, al menos una vez, recostarnos sobre el pasto con el sol ya volviéndose anaranjado a mirar cómo vuelan las palomas; o que debamos comenzar a vivir la vida de un modo diferente.
Puede que sí, como todo, todo puede ser, aunque debería haber más personas que piensen como yo. Pero tampoco puedo pretender que todas las personas del mundo piensen igual, sería demasiado frustrante. O quizás estoy algo loca, pero es que Buenos Aires es demasiado movida, la gente vive rápido y no sé si eso es vivir. Incluso es la causa de muchas de las enfermedades de la gente que vive aquí. Puede que sea cierto, es sólo una opinión, no soy médico, aunque también puede que no. Aunque a veces igual no sea tan así. ¿Serán mentira o verdad estas “enfermedades”? Tal vez sí, tal vez no. Puede que sea cierto pero a su vez también puede que no.
Es posible que nunca me quite esta duda que tanto me frustra o, a lo mejor, que algún día tenga un amigo que sea médico o yo mismo me convierta en un estudiante de medicina y logre saber la verdadera respuesta a mi hipótesis. Estoy seguro de que mi amigo me va a decir la verdad, todavía confío en la gente. ¿Tendré alguna vez un amigo médico? Tal vez. Creo que todo puede pasar en esta hermosa vida, pero hoy vivo con una nueva incertidumbre en ella.
¿Tendré un amigo médico?, ¿el sentarse a contemplar el ocaso será algo cotidiano o es que la tristeza que uno guarda la que nos lleva a apreciar ciertas cosas que, tal vez, en otro momento de nuestras vidas, sería difícil poner un “stop”?
Afuera el sol vuelve a caer en el hermoso atardecer y dentro de mí, la tristeza, la enfermedad, mi amigo el médico y yo.
Más de 143 años escribiendo la historia de Tandil
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