Jóvenes escritores de ficción
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“Juegos” por Pamela Fantoni
Me pregunto: ¿cómo puede comer tanto? Se sienta en el sillón desde que sale el sol y se queda hasta que se esconde. Lo miro pidiéndole que me convide, pero no, me mira y me echa.
Empieza con unas milanesas, sigue con unas empanadas, postres y así hasta que oscurece y llega la hora de ir a trabajar.
Su mujer llega y come nada más que una gelatina dietética, se compra cajas y las apila en la heladera. Le pido de comer y me da gelatina en el piso, pero ¡yo no como eso! Prende un fósforo, enciende las velas del cuarto y se pone hacer ejercicios con unas máquinas usadas que compró. Ella es flaquísima, se cuida mucho, al contrario de Héctor, que es grande y no le importa la estética. Ella se maquilla, se peina, se hace las uñas, se preocupa por la ropa.
Sofía, su hija, es una chica a la que no le gusta dormir, toma café todo el día para estar despierta, es obsesiva con la limpieza, tanto que no deja entrar ni a la madre a su cuarto, es por eso que no tiene amigos. Si la tocás, enseguida se pone desinfectante, a mi me salpicó un poco por pasar cerca de ella y sabe que nadie me baña.
A Selena, la menor, le encantan los almanaques. En la pared tiene pegados un montón de ellos, tantos que tapan el techo del cuarto. Todos los días cambia la fecha, se sube a una silla, pone sus pies y se toma el trabajo de cambiar uno por uno los papeles, contando los días que faltan para terminar el año. Una vez le mordí uno sin querer y no me dejó entrar más a su habitación.
Esta familia que me ha tocado es mi destino. Me echan la culpa de robar y romper las camisas, de comer el dentífrico, de ensuciar las toallas, de mordisquear de la fuente y de gritarle a la niñera. Pero, ¿cómo puedo yo gritarle a la niñera?
A pesar de todas sus locuras los quiero. Ya me voy a jugar al rin raje, nadie sospecha de mi, y eso es lo más interesante de ese juego.
“Una mañana como todas” por Bernardo Favre
Aquel fue un día como todos, la señora se levantó temprano para prepararles el jugo a los chicos. Yo estaba cansada de que me marearan todos los días, tan temprano, sólo para darles un vaso de jugo a esos insoportables que siempre gritaban y no me dejaban dormir tranquila.
A diferencia de otros días, esa mañana me quedé muy mal y también muy enojada, así que me puse a charlar con la procesadora, que también estaba bastante cansada de esta familia y me comentó que había escuchado que pronto íbamos a viajar y que el trayecto duraría como nueve horas. Yo le dije que no quería ir, que sería desgastante estar desenchufada tanto tiempo, y ella me dijo que pensaba igual, pero que faltaban como tres días para ese traslado.
Al mediodía el señor volvió a almorzar y a molestarme nuevamente: se puso a hacer un jugo de frutas duras como el ananá. No había cosa que me molestara más que tener que hacer fuerza y aguantar que se pusiera la mano en la frente como limpiándose la transpiración, cuando lo único que tenía que hacer era cortar la fruta.
Más enojada aún comencé a idear un plan junto a mi amiga la procesadora: esperaríamos a que alguno de los nenes se levantara a la noche para hacerse un jugo y le provocaríamos un cortocircuito. Cuando los padres llegaran a ayudarlos, mi amiga se encendería de la nada para hacer ruido, despistarlos y electrocutar al resto de los integrantes de la familia.
Desde ese momento, con la decisión tomada, comencé a inclinarme para ver si alguno de los nenes se decidía a usarme. Parecía mentira, recién tres horas más tarde se levantó el mayor de los nenes y supe que ese era mi momento. Entonces nuestro plan se llevó a cabo de la mejor manera. Cuando los ruidos despertaron a la familia, completamos el plan.
Recién a los dos días apareció la policía. Rodearon la casa y entraron. Yo me sentía rara, con miedo, pero no arrepentida. Ese mismo día nos llevaron a un depósito, con el resto de los muebles. Ahora estamos esperando que venga alguien y nos lleve a su casa, ojalá no terminemos en el basural.
“Paseo” por Tomás Domínguez
Un martes, paseando por las sierras, me crucé con un hombre bastante alto y antipático. Se puso frente a mí, mientras yo trataba de mantener la mente tranquila. En ese momento me di cuenta que estaba decidido a robarme y tomé una decisión difícil: corrí hasta una superficie de piedra lisa. Cuando estaba a punto de alcanzarme, un ángel hizo que éste tropezara sobre la piedra.
Aproveché la oportunidad, tomé aire y le di un golpe seco y fuerte. Se desmayó. En ese momento perdí la noción del tiempo y comencé a sentir un tic-tac que rebotaba en mi cabeza.
Cuando el caos había terminado, me miré la ropa: tenía todo el pantalón cubierto de un color marrón oscuro y un verde claro, mis manos estaban coloradas y los nudillos conservaban algo de sangre ajena. Mi voz había cambiado, era más grave y me di cuenta que podría hasta ir a la cárcel si alguien se enteraba. Pero había sido en mi defensa, ¿o no?
Me fui corriendo por un túnel hacia el pueblo y, al llegar a mi casa, mi perro me miró extrañado, tal vez notó algún signo nuevo en mí, que yo también empezaba a percibir.
“Por el piso” de Santiago Hermida
Soy un simple objeto, de uso particular en hombres y mujeres. No me importa la edad, aunque si el cuidado. Soy de esos que caminan por la vida y aguantan el peso del ser humano; soy el último eslabón de una vestimenta que, a veces, soporta el olor putrefacto de los pies. Pero nunca me quejo.
A veces viajo en coches o autobuses y me cruzo con mis parientes, ellos me cuentan de qué manera fueron fabricados y cómo son cuidados. Sinceramente creo que hay algunos que la pasan peor que uno.
Me dedico solamente a sostener a las personas, a caminar, a inclinarme hacia adelante y llevar mi cuerpo hacia atrás y dejar que él o ella camine junto a mí. Sirvo solamente para eso, también para pisar y patear las pelotas que mi dueño siempre usa.
A veces me siento raro por comportarme de este modo, me gustaría asumir un rol diferente, por momentos quisiera ser otra cosa.
Pero vivo en una habitación de una casa precaria, con mi dueño el señor Santiago, que bastante a mal traer me tiene. Rodea la casa y la habitación de mugre y, a veces, aparezco todo sucio de barro o polvillo. Usualmente, pasan días y días y no me lava mi me repasa. Por eso, cuando estoy solo, tomo venganza y aprovecho a ensuciar la pieza de barro y espero que llegue la mujer y le eche la culpa al señor. Me encanta verlo nervioso pasando su mano por la frente, secándose el sudor del miedo que le dan los gritos de su señora.
Odio que me ponga cerca del calefactor para secarme cuando me mojo o que me deje al sol, sería más fácil que me abandone. Lo único que hoy sé es que soy un calzado y estoy agradecido por serlo.
“Aeropuerto” por Rocío Urban
Tenía que salir de viaje a España por un trabajo muy importante. Pensaba ponerme un traje amarillo con medias naranjas, entonces me fui a comprar la ropa. El muchacho que atendía en la tienda tenía puesto un traje de color nieve, que no le quedaba mal, pero no era mi estilo. Le pregunté sobre el traje más caro, oscuro y lindo que tuviera. El que me mostró era hermoso, justamente lo que estaba buscando. Quise saber su proveniencia y me dijo que era de un pueblo de Europa, donde hay muchas ovejas y hacen las prendas con fibra de lana para que queden más lisas. Cuando terminé salí del negocio, ya se me hacía tarde.
Cuando entré al aeropuerto me sorprendió el árbol que estaba en el medio de la sala de espera y recordé cuando era muy pequeño y subía a los árboles diciendo que cuando fuera grande iba a ser piloto.
Giré hacia mi derecha y vi una lucecita con un cartel que decía, “clases gratuitas de aviación, preguntar aquí”. En la sala en la que esperaba, había una mujer con una bella boca, pero parecía un cajón. Me horroricé no sólo por cómo era sino porque le salía mucho humo.
En ese momento, decidí no viajar, tal vez podía pasar algo inesperado. Recordé el cartel que había visto, y me di cuenta que eso era lo mío, ser un gran piloto.
Más de 143 años escribiendo la historia de Tandil
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