Jóvenes escritores de ficción
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“Testimonio” por Leandro Pérez
La calle se encontraba llena de nieve y hacía mucho frío, los vientos soplaban de sur a norte, de oeste a este. De todas maneras, el pueblo se encontraba en la plaza principal para presenciar la muerte del muchacho condenado.
Con parsimonia, un hombre se acercó caminando hacia él. Llevaba un bonete amarillo, un gran tapado que llegaba casi hasta sus tobillos, pantalones cortos, medias de lana y zapatos negros.
Cuando estuvo bien cerca lo miró y, con una voz gruesa, comenzó a dar su discurso de defensa. Aseguró que el chico no había asesinado a las ciento cuarenta y tres ovejas sagradas, sino que las estaba cuidando, sentado bajo un árbol y, cuando levantó la vista para ver cómo estaban, ellas ya habían muerto. Al escuchar sus palabras, la gente comenzó a mirarlo con extrañeza, como si lo que estuviera contando no tuviera sentido. Lo dejaron continuar.
El defensor dijo que el muchacho estaba tirado debajo del árbol porque tenía un poco de sueño y que, cuando vio una lucecita que le reflejaba en los ojos, se despertó. La gente, asombrada y sin entender mucho al defensor, se tapó la boca con la mano.
El hombre de bonete aclaró que cada oveja había sido enterrada en el cementerio del pueblo, con ropa, zapatos y esquilada, antes de sellar cada cajón. Algunas ovejas habían pedido ser cremadas para que sus almas se fueran con el humo de su cuerpo.
Después de esta declaración, la gente comenzó a hablar. Alguien se acercó y le dijo al oído: -señor, este hombre está condenado por haber violado la ley, ha robado el banco de la ciudad y ha matado a dos personas.
El defensor, bastante asombrado, lo miró, y le dijo: –me equivoqué de caso, mátenlo. Y se retiró con el bonete en la mano.
“Una horrenda ventana de alcoba” por Mayra Acuña
Todo está cerca de la ventana, como si nadie hubiese pasado por aquí. Hay muchas cosas amontonadas y bastante suciedad. Afuera está muy oscuro, y sigo escuchando ruidos. Estoy sola y me da miedo salir a pedir ayuda. ¿A quién podría llamar? Tal vez a algún familiar que me venga hacer compañía en este lugar, pero el teléfono está cortado y cada vez tengo más miedo.
¿Suena mi celular? Puede que sea el de mi papá, que se lo ha olvidado, aunque se ha quedado sin batería, no creo. Puede que los perros estén jugando afuera y que sea el ruido que tanto escucho, o que mi mascota ande por casa. Puede que los perros estén jugando con algo en mi habitación y estén arriba ladrando, tanto que pienso que quizás haya alguien o tal vez sea mi imaginación, incluso ya me tendría que ir a dormir porque se está haciendo de noche, puede que la luz regrese y que me quede más tranquila, ¿volverá? Tal vez la estén arreglando y tarde un poco, pueda que vuelva pronto así puedo prender la televisión y distraerme. Es posible que sean mis vecinos que siempre están haciendo bulla o a lo mejor perdieron a su perro. Mientras, ya sigo escuchando ruido. Los vecinos parecen estar en su casa, ¿por qué tengo tanto miedo?
Tal vez tenga que subir al primer piso, posiblemente encuentre mi respuesta. ¿Subo?, ¿y si realmente encuentro algo que no quiero ver?
Afuera ya no está oscuro, podré salir a pedir ayuda.
“La casa abandonada” por Florencia Basualdo
Vivo al lado de una casa abandonada y con mis hermanos decidimos entrar para jugar al juego de la copa. Aún tenía que llegar mi hermano mayor pero, de pronto, empecé sentir una angustia muy grande en mi pecho, como si algo se interpusiera entre mi hermana y yo.
Nos dimos cuenta que nuestro perro estaba inquieto, toreaba hacia el árbol de la casa abandonada. Fuimos hasta allí y en el tronco encontramos una fotografía de los que habían muerto en la casa. Asustados, abandonamos la idea del juego y volvimos a nuestro hogar. Enseguida comenzamos a investigar a la familia vecina sin que mis padres supieran, porque ya nos habían prohibido ir o charlar de esa casa.
A la mañana siguiente me levanté y vi muchas cucarachas en la puerta del baño, algo que me dio mucho asco. Mis hermanos me dijeron que estaba loca, que ellos no veían nada. Comencé a sentirme rara y en la noche no pude dormir por las pesadillas, así que regresamos a la casa vecina para ver qué sucedía. Con la copa me comuniqué con los verdaderos padres del niño que había fallecido trágicamente en la casa y desde ese día, el chico apareció en mis sueños. Estaba enojado porque no podía ir a jugar a su casa. Les conté lo que sabía a mis hermanos y me dijeron que no pensara más en el tema, pero no pude. Decidí consultar a un médium que me dijo que el chico tenía una gran tristeza porque nadie le llevaba una flor a su tumba, así que tomé la decisión de ir a visitarlo. Tomé el colectivo que me dejaba en la puerta del cementerio, pregunté en la recepción, pero me dijeron que, como no había ningún familiar vivo y nadie lo había ido a visitar, habían removido su tumba.
Enojada y dolida volví a casa y me acerqué al árbol donde había encontrado la foto. Se le estaban secando las raíces. De él colgaba una tela blanca, clara como el techo.
“Mañana sombría” por Lucía Ferreiro
Estaba descansando sobre la mesada de mármol del palacio, donde vive el rey séptimo de Bahía Blanca cuando, de pronto, llegó la mujer que corta el pasto. Me enchufó y puso unos panes con manteca, algo que nunca nadie debe hacer. Todo iba bien hasta que, de repente, algo me quemó. Las migas empezaron a arder. Yo gritaba y gritaba, pero nadie podía escucharme. Me llevé el enchufe a la frente y sentí un fuerte calor; empecé a rodear la casa yendo y viniendo, inclinándome para adelante y para atrás, no quería que nadie me viera en este estado, me sentía rara y, por eso, decidí esconderme detrás de la cafetera. Después de una hora yo seguía ahí, tenía muchísimo dolor. No quería que me usaran, sentía que no funcionaba, no sabía qué era lo que me pasaba,
Una puerta se abrió. Era el hombre que me tomó con sus arrugadas manos, me puso en mi lugar y nuevamente colocó panes dentro de mí, pero yo ya no funcionaba, ni siquiera podía prender mi lucecita. Esa tarde me subieron a un coche y me llevaron a un lugar donde había objetos muy parecidos a mí, como jugueras y cafeteras. El chofer se fue y yo quedé sola entre todos esos desconocidos. Al rato, me empezaron a desarmar y, de a poquito, me fui adormeciendo.
Más de 143 años escribiendo la historia de Tandil
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