Jóvenes escritores de ficción
“Recuerdos estudiantiles” por Lucas Muñoz
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La mochila me pesa, el guardapolvo me molesta, parezco un desfachatado, pero, en fin, ya estoy llegando a casa. Lo único que espero es que mamá ya tenga lista la comida, así me puedo acostar rápido a dormir una siesta.
Me encuentro con mi hermano que ya está terminando el jardín y hace varios días que me está preguntando cómo es la escuela.
Se me pasan un millón de ideas por la cabeza, recuerdos lindos y también feos, profesores y preceptoras, recreos y horas libres. Respiro hondo y pienso cómo resumir todo esto.
Ya que me insiste demasiado, elijo mis mejores palabras y le empiezo a contar cada uno de estos hermosos años que pasé: el primer día de clases con mamá sacándome fotos, tratando de encontrar algún compañerito del jardín para no estar solo, con la expectativa de ver si leer y escribir es tan difícil como todos cuentan.
La primera señorita es un poco loca, pero buena y, a la salida, las rueditas de la mochila van sonando en las baldosas como la mejor comparsa del mundo y está ese compañerito con el que te peleaste y terminaron llorando y abrazados. En fin, el mejor año de todos, al menos para mí.
El resto, hasta sexto año, es un poco más tranquilo: te empiezan a dar los deberes que te ayudan a hacer en casa. Para jugar llevás las bolillas, cartas, los trompitos y, como no llorar si te llegaban a ganar alguna de esas cosas. Empezás a ir solo en el colectivo, a portarte mal y a que te manden a dirección, las notas empiezan a tardar cada vez más en llegar a casa, y qué feo que es si te hacen compensar, o si sos el más bajito del salón y te mandan primero en la fila.
Cuando esto está terminando, te empiezan a asustar con esa famosa secundaria, donde las “seños” pasan a ser profesoras, dictan mucho más rápido, las pruebas tienen nota, y encima, te podés perder el verano por tener que estudiar y rendir una materia
Llega la secundaria, vamos todos un poco asustados y nos terminamos dando cuenta que no era lo que decían. Estos van a ser los seis años más duros, pero cuando estés por terminar, te vas a dar cuenta que el sueño pasado y las horas estudiando van a quedar como los mejores recuerdos de ese tiempo
Es en el último año que te das cuenta que todo valió la pena: desde los machetes que usaste, los preceptores con los que te amigaste, hasta esas pruebas finales que te hacían perder de un montón de actividades.
Se me hace un poco difícil resumir tantos años, pero mi hermano ya va a vivirlos y se dará cuenta que no se pueden explicar con las palabras tantos lindos momentos. Y aunque los recuerdos no sean tan buenos y tengas en tu memoria cómo te sacaron del salón, te pusieron un uno por copia, te enteraste que te llevabas una materia el día que cerraban las notas, todo es importante. Incluso, hasta los que hayan repetido, jamás podrán olvidarse de lo hermosos que son los doce años de la escuela.
Me encuentro con mi hermano que ya está terminando el jardín y hace varios días que me está preguntando cómo es la escuela.
Se me pasan un millón de ideas por la cabeza, recuerdos lindos y también feos, profesores y preceptoras, recreos y horas libres. Respiro hondo y pienso cómo resumir todo esto.
Ya que me insiste demasiado, elijo mis mejores palabras y le empiezo a contar cada uno de estos hermosos años que pasé: el primer día de clases con mamá sacándome fotos, tratando de encontrar algún compañerito del jardín para no estar solo, con la expectativa de ver si leer y escribir es tan difícil como todos cuentan.
La primera señorita es un poco loca, pero buena y, a la salida, las rueditas de la mochila van sonando en las baldosas como la mejor comparsa del mundo y está ese compañerito con el que te peleaste y terminaron llorando y abrazados. En fin, el mejor año de todos, al menos para mí.
El resto, hasta sexto año, es un poco más tranquilo: te empiezan a dar los deberes que te ayudan a hacer en casa. Para jugar llevás las bolillas, cartas, los trompitos y, como no llorar si te llegaban a ganar alguna de esas cosas. Empezás a ir solo en el colectivo, a portarte mal y a que te manden a dirección, las notas empiezan a tardar cada vez más en llegar a casa, y qué feo que es si te hacen compensar, o si sos el más bajito del salón y te mandan primero en la fila.
Cuando esto está terminando, te empiezan a asustar con esa famosa secundaria, donde las “seños” pasan a ser profesoras, dictan mucho más rápido, las pruebas tienen nota, y encima, te podés perder el verano por tener que estudiar y rendir una materia
Llega la secundaria, vamos todos un poco asustados y nos terminamos dando cuenta que no era lo que decían. Estos van a ser los seis años más duros, pero cuando estés por terminar, te vas a dar cuenta que el sueño pasado y las horas estudiando van a quedar como los mejores recuerdos de ese tiempo
Es en el último año que te das cuenta que todo valió la pena: desde los machetes que usaste, los preceptores con los que te amigaste, hasta esas pruebas finales que te hacían perder de un montón de actividades.
Se me hace un poco difícil resumir tantos años, pero mi hermano ya va a vivirlos y se dará cuenta que no se pueden explicar con las palabras tantos lindos momentos. Y aunque los recuerdos no sean tan buenos y tengas en tu memoria cómo te sacaron del salón, te pusieron un uno por copia, te enteraste que te llevabas una materia el día que cerraban las notas, todo es importante. Incluso, hasta los que hayan repetido, jamás podrán olvidarse de lo hermosos que son los doce años de la escuela.
“Sentidos” por Mauro Valerioti
Es increíble las cosas que uno puede lograr hacer sin tener vista. Por aquí todos me dicen “el ciego” y no despectivamente porque, a pesar de no poder ver, no estoy triste. Mi vida es feliz y sencilla, me levanto temprano, me visto, desayuno, y en seguida salgo a mi jardín a oler todos los maravillosos aromas que me esperan. Qué vida la mía, pienso a veces. Esta mañana se escucha el sonido de las cacerolas al chocarse. Soy de venir muy seguido a este restaurant, me siento en una mesa y tomo tranquilo y sin apuro mi desayuno. A veces también vengo a almorzar, la comida la sirven bastante bien condimentada, a diferencia de otros lugares donde es desabrida y totalmente horrible. Escucho el sonido de los tacos altos que usa Julia, la moza, que siempre me atiende. Según me cuentan debe tener unos veinticinco años y su voz me parece muy bonita. Ella es dulce y siempre me trata muy bien, su paciencia conmigo parece inagotable, y eso que a veces puedo ser bastante empalagoso. Me sirve un pedazo de pastel y un café, que juntos hacen una combinación siempre irresistible para mí. Quizás lo sería si pudiera oler algo, ya que lamentablemente hoy me encuentro resfriado. En mi paladar la comida parece nada, es una como pesadilla, por lo menos puedo sentir la suave textura de la tarta y el ondulante vapor caliente del café en mi boca.
Al terminar salgo y me dirijo a la plaza central donde habitualmente paso la mayor parte del día hablando con otros.
Al terminar salgo y me dirijo a la plaza central donde habitualmente paso la mayor parte del día hablando con otros.
“Un secreto” por Malen Giudice
Tenía que organizar un evento muy importante y el tiempo no era suficiente. Entre una cosa y otra, comencé a recordar algunos olores que, a la hora de estar dentro de la cocina del restaurante, me ayudaron a crear un menú para los invitados que tendría aquella noche. Las charlas que venían del pasillo me dieron la inspiración para la presentación del evento, que tendría un toque rústico.
Lo primero que se me ocurrió fue hacer una entrada un poco amarga. El aroma del plato era tan llamativo que nadie dudaría de llevárselo a la boca.
Por mi cabeza pasaban muchas opciones a la hora de presentar este plato, pero la idea de que el aroma fuera lo principal, me pareció lo mejor.
Así que en una cacerola bastante grande empecé a preparar una salsa. El ingrediente principal era tomillo, que tanto sabor le da a la comida. Agregué unas hojas de albahaca que iban a ir muy bien con la carne asada, que sería el plato principal de la noche.
Mis dedos estaban impregnados de esos olores y sabores, de modo que fui a lavarme las manos con un jabón que me había regalado mi padre. Para suavizar mi piel, me puse la crema de chocolate que había elegido especialmente en uno de mis viajes al exterior. Luego me senté un rato en la bodega para descansar y a disfrutar del olor a los vinos, a la madera. Esos minutos de relajación me sirvieron para volver a la cocina con mucho más entusiasmo. Enseguida continué con la salsa y comencé con la carne asada, que cociné junto con algunos vegetales, que servirían de guarnición.
Como segundo plato me decidí por unos tallarines con salsa blanca, que prepararía minutos después. Finalmente, llegó el postre. Hice un tiramisú clásico, pero con un pequeño secreto que se reveló esa noche ante el horror de mis invitados.
Lo primero que se me ocurrió fue hacer una entrada un poco amarga. El aroma del plato era tan llamativo que nadie dudaría de llevárselo a la boca.
Por mi cabeza pasaban muchas opciones a la hora de presentar este plato, pero la idea de que el aroma fuera lo principal, me pareció lo mejor.
Así que en una cacerola bastante grande empecé a preparar una salsa. El ingrediente principal era tomillo, que tanto sabor le da a la comida. Agregué unas hojas de albahaca que iban a ir muy bien con la carne asada, que sería el plato principal de la noche.
Mis dedos estaban impregnados de esos olores y sabores, de modo que fui a lavarme las manos con un jabón que me había regalado mi padre. Para suavizar mi piel, me puse la crema de chocolate que había elegido especialmente en uno de mis viajes al exterior. Luego me senté un rato en la bodega para descansar y a disfrutar del olor a los vinos, a la madera. Esos minutos de relajación me sirvieron para volver a la cocina con mucho más entusiasmo. Enseguida continué con la salsa y comencé con la carne asada, que cociné junto con algunos vegetales, que servirían de guarnición.
Como segundo plato me decidí por unos tallarines con salsa blanca, que prepararía minutos después. Finalmente, llegó el postre. Hice un tiramisú clásico, pero con un pequeño secreto que se reveló esa noche ante el horror de mis invitados.
“Receta para rescatar a la princesa de la torre”, por Camila Osinaga
Ingredientes:
1kilo de torre para el caracol
1 puertecita de cerradura natural
Ralladura de 1 llave
2 cucharadas de estancia
2 cucharadas de mujer
4 escaleras
1 atado de lino
1 princesa
150 gramos de viejo port salut descremado
1kilo de torre para el caracol
1 puertecita de cerradura natural
Ralladura de 1 llave
2 cucharadas de estancia
2 cucharadas de mujer
4 escaleras
1 atado de lino
1 princesa
150 gramos de viejo port salut descremado
Preparación
Hervir las torres con cabeza hasta que estén a punto, preparar el caracol. Mezclar toda la cama, condimentar y servir.
Para las escaleras, cortar la princesa en cuarto y dorar con mujeres junto con el lino. La princesa y la vieja deben tomarse del dedo, ahuevar y allí romper una escalera.
Imprescindible salpimentar y llevar a sueño fuerte a cinco reyes.
Hervir las torres con cabeza hasta que estén a punto, preparar el caracol. Mezclar toda la cama, condimentar y servir.
Para las escaleras, cortar la princesa en cuarto y dorar con mujeres junto con el lino. La princesa y la vieja deben tomarse del dedo, ahuevar y allí romper una escalera.
Imprescindible salpimentar y llevar a sueño fuerte a cinco reyes.
Más de 143 años escribiendo la historia de Tandil
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