Jóvenes escritores de ficción
“Pesadilla” por Kevin Grierson
Estoy corriendo, desesperado y preocupado, detrás viene Samara queriéndome atrapar. Yo sigo corriendo siempre para adelante y desciendo por la pendiente. A la izquierda está el barrio y a la derecha, un terreno baldío. Levanto la vista y miro hacia atrás: cientos de personas corren en la misma dirección que yo, gritando y temerosos, también lo hace Samara, que va tomando a las personas que, aterradas, corren más rápido que yo.
En estas condiciones, me doy cuenta de que existe un lugar donde estar seguro, llegar y hacer desaparecer todo el temor, llegaré tarde.
Cada vez la tengo más cerca, quiero correr más rápido y no puedo, me falta el aire, lloro y corro desesperadamente. Ahogado me tropiezo y caigo al suelo. Me levanto de inmediato, seco las lágrimas y sigo corriendo, estoy herido.
No manejo mis piernas, es como si hubiera olvidado cómo correr. De repente me quedo inmóvil, las piernas ceden y Samara me alcanza.
“Un hilo de sangre” por Emiliana Rossi
Estoy desayunando. El café está caliente y las tostadas recién horneadas, aún echan vapor. Las unto con manteca y dulce de arándanos y las sumerjo en la taza.
El televisor está encendido, pero con un volumen casi imperceptible. Sólo se ven los zócalos de noticias que pasan, no me llaman la atención. Son rutinarias, y para rutina, ya tengo con mi vida.
Entre ladridos de perros y motos que pasan, siento que dejan correspondencia.
Me dirijo hacia el living, abro las ventanas, corro las cortinas y recojo un pequeño sobre amarillo, casi amarronado, que ha caído junto a la puerta. Lo doy vuelta un par de veces buscando un remitente o un destinatario, pero no logro encontrar ni un solo dato. Ni estampillas, ni sellos, el sobre es totalmente anónimo. Me lo llevo a la cocina para que no se me enfríe el café. Elijo un cuchillo desafilado del primer cajón porque quiero abrir el sobre sin romper el contenido. Siento algo de temor y curiosidad. Me preocupa el motivo por el que un sobre anónimo llega a mi casa.
Sin más pretextos lo abro y encuentro dentro un papel doblado en dos. Lo despliego y me topo con una pequeña leyenda escrita en una tinta clara, borrosa. Me horrorizo, me quedo inmóvil y chilla dentro de mí un grito de espanto: “Hoy a la noche te vas a ahogar en tu propia sangre. No te duermas, yo mismo me voy a encargar de hacerlo”.
Se me aflojan las piernas y caigo de rodillas al piso con la nota en la mano y lágrimas en los ojos. Y en esa posición me quedo inmóvil, petrificado por unos segundos, que parecieran ser horas. En mi mente se detiene el tiempo, lo único que percibo son los latidos de mi corazón, cada vez más intensos, más acelerados.
Intento tranquilizarme. Tendría que haber llegado al trabajo hace más de media hora, no sé cómo se me pasó el tiempo de esa manera.
Reflexiono sobre lo que sucede, intento imaginarme un futuro esperanzador, pero siento que estoy solo. El televisor ya no me hace compañía, no oigo ruidos, no percibo el tiempo, no tengo noción de mi cuerpo. Sólo busco una silla, que cada vez veo más lejos, y mi cuerpo cae tembloroso. Con la mirada fija en una mancha de humedad que adorna la pared, pasan mis pensamientos. Me abstraigo y observo el andar de mi mente desde afuera, como si fuese otra persona. Soy incapaz de volver a la realidad, mi mente maneja otros tiempos. Y vuelo en un sinfín de pensamientos abrumadores y caóticos.
De tanto en tanto, tomo conciencia de lo que me rodea, veo cómo la luz se hace más tenue en la cocina y la oscuridad del anochecer llena de sombras el lugar. Y temo. Lloro mientras me siento atrapado en otra dimensión. Y las horas siguen corriendo, como queriendo escapar ellas también del final.
Ya no estoy sólo, siento cómo la luna me acompaña, ilumina los rebordes de los objetos que se hacen cada vez más transparentes, casi imperceptibles.
Y vuelvo a la realidad, mientras me doy cuenta que debo estar alerta. Ya no quedan vestigios de día en esta oscura cocina.
Estoy haciendo fuerza por no cerrar los ojos, pero me estoy debilitando. Cada vez siento menos energía correr por mi cuerpo y cierro los párpados. Dejo de estar aquí, un hilo de sangre corre lento por mi boca.
“Rebeldía” por Martina Tozzetto
No hay nada que me guste más que estar calentito en casa y dormir al lado de la estufa. Siempre es bueno quedarme en el living, porque escucho todas las conversaciones de la casa, aunque la de hoy no fue de mi agrado: me enteré que mi dueño viajará en su coche hacia Mar del Plata y, según el pronóstico, va a llover. Me niego totalmente a viajar, así que cuando vino a ver si estoy en condiciones de llevarme, ¡y no me abrí!
De repente se llevó la mano a la frente y, en ese momento, me provocó lástima, pero ya era tarde para demostrarle que estaba sano, dijo que se iba a comprar otro y quise evitarlo.
Antes de salir rodeó la casa para ver si estaba todo cerrado. Finalmente subimos al auto. Viajé en el asiento trasero junto a la campera y, por desgracia, el pronóstico tuvo razón, se largó a llover.
Cuando llegamos a destino me intentó abrir de nuevo y yo accedí, ya que se supone que mi rol es evitar que se moje quien me lleva en su mano. Y aunque no me guste, porque soy yo el que me tengo que humedecer. Me siento raro por comportarme de este modo, es mi función y la tengo que asumir.
Me doy cuenta que muchas veces tengo que acceder a lo que mi dueño quiere para no perder mi lugar y debo aceptar que, después de todo, soy un paraguas.
“Viernes de llovizna” por Jesica Puggioni
En un viejo callejón con aspecto de conventillo un hombre pasea tranquilo con su cigarro en mano y, algo aburrido, escucha un tango que se filtra desde un bar. Decide entrar y aprovechar para ser amable con la gente y tomar un buen vaso de vino. Confiado de ser el mejor y el más fuerte, ocasiona una pelea de manos con un hombre que todavía está despierto, aunque son altas horas de la noche.
Él se confía porque es joven y puede desafiar a cualquiera. Pierde la pelea y, como gracia, los hombres del barrio le sacan una foto y la cuelgan en el álbum que hay en la pared, y sirve para recordar que no tienen que creerse más fuertes que la abuela. El hombre sale a la calle y vuelve a caminar bajo los árboles, algo más triste por haber sido humillado en ese bar llamado Bosque, que tiene un hermoso césped artificial en su entrada. La soledad le va recordando viejos años de su vida, algunos un poco tristes, y otros no tanto, como el día en que nació su hijo menor. Caminando solo por los callejones, va buscando una respuesta a muchas preguntas: ¿qué fin tiene la risa en la vida?, ¿con qué misión decidimos levantarnos de la cama todas las mañanas?, ¿qué sentido tiene ver a las personas llevando sus rutinas si no disfrutan de los lindos momentos?
Creo que ningún viernes de caminata y lluvia como este va a poder contestar esos interrogantes.
Más de 143 años escribiendo la historia de Tandil
Este contenido no está abierto a comentarios