Jóvenes escritores de ficción
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“Pesadilla” por Kevin Grierson
Estoy corriendo, desesperado y preocupado, detrás viene Samara queriéndome atrapar. Yo sigo corriendo siempre para adelante y desciendo por la pendiente. A la izquierda está el barrio y a la derecha, un terreno baldío. Levanto la vista y miro hacia atrás: cientos de personas corren en la misma dirección que yo, gritando y temerosos, también lo hace Samara, que va tomando a las personas que aterradas, corren más rápido que yo.
En estas condiciones, me doy cuenta que existe un lugar donde estar seguro, llegar y hacer desaparecer todo el temor, llegaré tarde.
Cada vez la tengo más cerca, quiero correr más rápido y no puedo, me falta el aire, lloro y corro desesperadamente. Ahogado me tropiezo y caigo al suelo. Me levanto de inmediato, seco las lágrimas y sigo corriendo, estoy herido.
No manejo mis piernas, es como si hubiera olvidado cómo correr. De repente me quedo inmóvil, las piernas ceden y Samara me alcanza.
“Su propio enemigo” por Florencia Basualdo
El imperio se ve rodeado por sus enemigos que intentan entrar, él y su tropa amarilla lo impiden, luchando durante 666 días.
Un guerrero se está volviendo loco por lo sucedido, le sopla un viento entre las piernas y hace erizar a todo el pueblo.
Quiere ver a su oveja preferida luchando por el imperio, porque es a la única que le va a dejar su legado sagrado: su árbol. De allí podrá sacar alimentos y leña para el invierno. En su sueño ve que la oveja se acerca a su lecho y lo quiere matar; lleva una espada llamada Lucecita. Entre sus patas y su boca sostiene el cajón para guardar su cabeza recién cortada.
Luego, prende fuego el resto de su cuerpo y de él sale mucho humo. Tiene ganas de despertar, pero no puede.
La oveja se empieza a sacar la lana. Debajo de ella hay un ser humano, es su enemigo que ha venido a matarlo, pero no lo logrará ya que él es inmortal, ya le ha entregado el corazón a su oveja amada.
“Deja vu” por Pamela Fantoni
Iba manejando mi auto, cuando un tornado de arena me llamó la atención.
Todo sucedió antes de despertarme y ver las paredes amarillas del hospital. No sé bien qué pasó porque me han quitado mi ropa, hasta las medias me han sacado. Ahora la enfermera se acerca, escucho su voz. Se ha dado cuenta que me desperté, viene a revisarme. También se acerca un muchacho, lo miro y me dice: -la nieve es hermosa, ¿no te parece? Sin entender el sentido de lo que me pregunta observo a la enfermera.
Tengo frío, entra viento por algún lado. Miro por la ventana y veo ovejas por todo el patio. De pronto entra otra enfermera, veo su boca y un cajón que la tapa. Sorpresivamente mi mente se pone en blanco. Hay humo por todos lados, me asfixio, las ganas de salir me entorpecen. Vuelvo en mí, veo un tornado pequeño de arena, un vehículo se me acerca y comienzo a respirar este hollín, mi auto esta dado vueltas, no puedo salir, no siento mis piernas, la cabeza me duele mucho y mis ojos se cierran lentamente.
“Sazón”, por Santiago Hermida
Querida amiga, si bien no me olvido que en un comienzo tuve muchos problemas para relacionarme con vos, quiero decirte que lo siento. Creía que tenía que ponerte aceite y no dejar de batir, pero nadie me lo había explicado bien.
Nadie me había indicado que el exceso de aceite repentino no te hacía bien, y que te podías morir cortada. En fin, miranos ahora, ¡grandes amigos somos! Con toda tu familia ya me entiendo, con tu hermano “Aioli” somos camaradas.
Tu nombre ha sido ultrajado, hasta te han puesto “Hellmans” de apellido, sin saber que algunos te han reemplazado por una burda y barata imitación.
De tu arte, recetas hay muchas, pero pocos te entienden como yo: una mujer. Hay que tratarte con suavidad, sin apresurarte, dándote aceite con calma, como una princesa, con esas lunas yemas tuyas, vos, mi gran amiga, mayonesa.
“Trabas en Espora” por Bernardo Favre
Me contó un pajarito que el otro día, casi a las siete de la tarde no se podía andar por la famosa avenida, porque había un embotellamiento que provocaba dos horas de demora. A lo lejos se veía un amontonamiento de gente.
Pasaba el rato y el pajarito seguía casi en el mismo lugar, ya se estaba poniendo inquieto, tenía ganas de bajarse, pero como la avenida estaba toda trabada daba lo mismo, no valía la pena.
Cuando avanzó un poco, le pareció ver un trozo de carne. Fue ahí cuando se dio cuenta que los del campo estaban haciendo paro. Que felicidad que le provocó, él que venía de viaje y sin comer, sabía que esa era una buena oportunidad para darse un gusto.
Finalmente le dieron un papel y lo invitaron a comer. Sin muchas vueltas se bajó y se fue con los muchachos, que aprovecharon a contarle los motivos del paro.
Luego, y muy contento, regresó a su auto y manejó hasta su casa, donde lo estaban esperando para cenar, pero él ya estaba satisfecho así que se fue a dormir.
Moraleja: como dice Woody Allen “Odio la realidad, pero es en el único sitio donde se puede comer un buen filete”.
“Un día como todos” por Rocío Urban
A pesar de las cosas que estaban pasando en el mundo, era un día soleado y todo estaba muy tranquilo.
Ese día tenía que ir a un banco a sacar una pequeña cantidad de dinero, pero algo me decía que no debía ir y entonces decidí salir a caminar por las afueras de la localidad. Caminé y caminé, no me di cuenta cuánto y cuando quise darme cuenta, sólo se divisaban los edificios. En mi reloj marcaban las 8.15, entonces di la vuelta para regresar.
De repente comencé a escuchar un pequeño silbido que se hacía cada vez más fuerte. Los ojos se me llenaron de lágrimas cuando, sobre el cielo, el resplandor de una luz blanquecina me aturdió. Le siguió un viento abrasador que se llevó todo lo que se puso a su paso. En el centro de la ciudad una enorme nube de humo tomó forma de hongo.
Por unos minutos me quedé paralizada, hasta que me di cuenta que no podía permanecer ahí. Salí corriendo hacia la ciudad. En el centro, todo era un desastre: el aire estaba muy pesado, no se respiraba. Después de unos días empezamos a saber más.
“Extraña familia” por Tomás Domínguez
Me pregunto cómo saber si esta familia está bien o mal. Sus modos y actos me resultan bastante raros.
Mientras busco la caja de fósforos que estoy necesitando, encuentro a Nahuel, el hijo mayor, que me dice que no queda ninguno, que ya los han usado en la cocina grande.
Enseguida me acuerdo de la madre y sus largas uñas esculpidas, donde parece no haber ni una pelusa de mugre. Esa señora sirve un café era muy rico, en el punto justo. También guarda una colección de almanaques de distintos países desde el año 1950. Recuerdo uno en especial, ese que tiene doce pares de zapatos, uno por cada mes y para distintos tipos de mes.
Después está el padre, que tiene diez camisas: siete para los días de semana y tres para eventos especiales.
Algo que me llama la atención es que en esa casa hay un dentífrico diferente para cada miembro de la familia y un par de toallas para cada uno.
Tienen una costumbre única: a la hora de lavar la ropa la tiran en una fuente donde las diez niñeras que los ayudan, se encargan de lavarla. ¿Es esta una familia extraña o me parece a mí?
Más de 143 años escribiendo la historia de Tandil
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