Jóvenes escritores de ficción
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“Mudanza”, por Mayra Acuña
Hoy me levanté divertida, con muchas ganas de hacer un rico café. Veo que se despierta la gente y me preparo para empezar el día haciendo unas de mis especialidades, pero veo que no se acercan a mí.
Habitualmente el hombre de la casa no se va a su trabajo sin primero hacerse un café. Veo que está abriendo una caja muy grande y que, de repente, saca una cafetera más nueva que yo. ¡No puede ser!
No importa cuánto proteste. Quién me puede escuchar si soy una simple cafetera. Veo que se están acercando, me pongo muy contenta y me vuelvo a preparar para hacer lo mío. Sin embargo me desenchufan y me guardan dentro de una caja, oigo que me están por llevar a otro lado. Por un agujerito espío. Me están subiendo a un auto, ¿dónde me llevarán? No me gusta esto, y me inclino para adelante y para atrás y eso me hace descomponer. Por lo que veo ya llegamos, me están llevando a un lugar grande, donde hay mucha gente y me están por enchufar: no lo puedo creer, me trajeron a su bar; ¡qué lindo!, ¡soy feliz de nuevo!
FOTO. HOY. MAURO
“Receta para el entrenador de un equipo”, por Mauro Castronovo
Para la discusión se necesitan 200 gramos de tribuna, 40 gramos de partido, 100 centímetros cúbicos de goles, 1 litro de lucha, 5 gramos de gritos y un vestuario. Cuando se consigan todos los ingredientes, se comienza tomando una tarde oscura con la tribuna y el partido. Se añaden los goles y la lucha, y se cocina hasta que la tarde esté bien disuelta. Se hierve e incorporan los gritos. Se mezcla todo y se deja reposar en la sien durante doce horas. Se cortan fotos de los vestuarios y se suman al trofeo de los jugadores serviles.
“Un día extraño”, por Camila Osinaga
Un día nublado, de lluvia y neblina decidí ir a la iglesia, sentía la necesidad de confesar mis pecados. Tomé el paraguas y partí.
Con un poco de angustia por recordar las acciones que no son correctas para uno, fui al confesionario y dije cada uno de mis pecados. Cuando terminé de hablar esperé una respuesta o un consejo del padre. Pasaron unos minutos y fui a observar si realmente había alguien que me estuviera escuchando. En mi cabeza me preguntaba, ¿estarán todos vivos afuera o se vino el Apocalipsis y soy la única persona que quedó en este mundo? Quería saber la respuesta a esa pregunta. En la iglesia me encontraba totalmente sola y me dieron escalofríos por saber que había confesado mis pecados sin que nadie me estuviera escuchando. No sabía qué hacer ahí adentro. Entonces comencé a rezar, me acerqué a Cristo para orar y pedirle el bienestar de mi familia. Levanté la cabeza y lo miré fijamente a los ojos, estaba llorando. Me impacté de tal manera que sólo me pude imaginar que estaba muerta. Me pellizqué mi brazo izquierdo y, al sentir que me dolía, supe que no estaba muerta, ni soñando.
Tomé la decisión de salir de la iglesia, pero algo dentro mío me decía que no lo hiciera, que estaba más segura dentro de ella. De pronto empecé a escuchar el sonido de una mosca a las que les tengo mucho asco y desprecio. Si eso y yo éramos lo único que quedaba con vida en el mundo, no iba a sobrevivir ni un segundo más.
Estar encerrada en la iglesia me estaba provocando un poco de confusión, sabía que podía tomar la decisión de salir y saber realmente qué era lo que sucedía pero, sin embargo, seguía adentro sin hacer nada por averiguarlo. Curiosidad no me faltaba, pero tenía pánico de salir y que en ese momento se terminara mi vida.
Me di cuenta que lo que estaba sintiendo era un peligro ridículo porque el lugar donde me encontraba era seguro, sin embargo no sabía qué hacer, empecé a arrancarme el pelo desde la raíz.
Recordé lo que decía mi padre: “todo es psicológico”, pero ¿cómo podía frenar el miedo?, ¿sería mi crisis era producto de haber tantos noticieros y películas de terror?
Seguí en el mismo sitio y, para distráeme, decidí recorrer la iglesia. Empecé a observar detalladamente las cortinas, tenían una tela muy particular, gruesa, de color rojo oscuro y unos pequeños detalles con hilo dorado, eran bastante largas, no de mi gusto pero, en fin, quedaban lindas en la iglesia. Pronto el miedo me ganó y tomé una decisión. Cada vez estaba más cerca de la salida de la iglesia, apoyé mi mano sobre el picaporte, cerré los ojos con fuerza diciendo “que sea lo que Dios quiera”.
“Tarde resbalosa”, por Lucía Ferreiro
Lucía estaba paseando por la plaza muy concentrada, enviando un mensaje a su amiga cuando, de repente, chocó con un hombre de muy buena forma y sonrisa brillante. Vio que tenía una bolsita con unos caramelos muy ricos, y le preguntó si le convidaba uno, él amablemente le ofreció y le pidió disculpas por chocarla. Mientras pelaba el caramelo ruidosamente, le agradeció.
Siguieron hablando un rato largo y como se hizo muy tarde él la invitó a tomar un café al día siguiente. Ella aceptó y quedaron en encontrarse. Luego se despidieron y Lucía corrió para el gimnasio.
Estaba haciendo pesas cuando una máquina empezó a largar crema para el cuerpo, así que Lucía aprovechó, se encremó y quedó bellísima. Luego se lavó el pelo, se puso perfume y salió caminando para encontrarse con Tomás.
Cuando llegó se sentó en la silla y pronto empezó a transpirar. Con toda la crema que tenía puesta se empapó en pocos segundos. Tenía toda la cara llena de gotas, algo que le daba muchísima vergüenza. Pidió una servilleta y tuvo tanta mala suerte que se llenó del azúcar que se había volcado y quedó toda pegoteada. Le pidió al mozo que prendiera el aire acondicionado porque hasta las cejas tenía pegadas. En ese momento, Tomás se acercó y le quiso dar un beso. Ella sabía que estaba hecha un desastre y le corrió la cara. El se enojó y la dejó sola en el bar.
“El joven cantautor”, por Macarena Otero
Hace mucho tiempo, en París vivía un joven llamado Roger que se dedicaba a la música, pero a la gente le parecía aburrido, ya que el siempre tocaba las mismas canciones.
Pero un día, un amable señor le dijo que debía crear nuevas canciones para atraer al público y tener éxito. El joven agradeció mucho el consejo y prometió hacerle caso. Se le ocurrió tomar temas viejos y hacer nuevas versiones de ellos. Cuando presentó ese álbum de música nueva, la gente se entusiasmó, comenzó a seguirlo y a disfrutar esa música que les estaba ofreciendo.
Una abuela que pasaba por ahí se sorprendió al escuchar esa canción tan bella, se sentó debajo de un árbol a escucharla y se emocionó mucho, ya que hacía tiempo que no escuchaba esa melodía que su hermano le cantaba cuando iban a jugar juntos al bosque y rodaban en el césped.
El joven seguía tocando y cada vez más gente con sus hijos se acercaba a verlo. Pasó toda la tarde en la plaza hasta que salió la luna y dejando un mensaje con la canción, cerró un día muy emocionante para él.
El joven siguió así, creando versiones nuevas de canciones viejas y se hizo muy popular. Todas las noches tocaba en la plaza para esa gente que lo seguía tanto. Sin embargo, no encontraba respuesta para la gente que le preguntaba cómo lo hacía y cómo tocaba tan bien esas canciones que eran difíciles. Entre risas él respondía “debe ser un don”.
Más de 143 años escribiendo la historia de Tandil
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