Jóvenes escritores de ficción
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“Tormenta” por Malen Giúdice
Iba hacia la facultad en colectivo cuando, de pronto, en una de las paradas subió una señora mayor. Su cara me resultaba familiar y no dejábamos de mirarnos. La situación comenzó a ponerse incómoda y, en ese momento, me fui hacia atrás y cambié de butaca. Luego de unos minutos llegué a mi parada y bajé.
Entré a la facultad, tal como siempre lo hacía, cursé las horas correspondientes y pronto llegó la hora de almorzar. En el comedor me pedí un plato de ravioles, pero no estaban exquisitos como de costumbre, así que salí afuera a fumar un cigarrillo. Me senté en un banco y comencé a mirar con placidez el hermoso mediodía que transcurría. Quería hacer tiempo ahí hasta la hora de cursar. Interrumpí a un grupo de chicos que estaba cerca y los invité a ver el paisaje que, para mis ojos, era una belleza poco común en esos días. Detuvieron su conversación y me miraron sorprendidos, no entendían porqué les había hablado y, luego de unos segundos, se empezaron a reír de mí. Mi reacción no fue de las mejores, ¿por qué la gente no podía ser sociable y conversar con una persona más allá de que no la conociera? Le dije a uno de los muchachos que no había motivo para hacerlo. Me pidió perdón y me comentó que no estaba pasando por uno de sus mejores momentos personales, que ese día había aceptado que nada podría salvarlo. Me desorienté por su conversación, no encontraba una hipótesis certera para esa charla que yo había comenzado, hasta que entendí que él iba a morir. Él recordó que para ese día se esperaba una tormenta, y que nada podría salvarlo.
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“La sombra” por Leandro Pérez
Estoy en un lugar oscuro sin nadie ni nada a mí alrededor. Comienzo a temer porque me siento solo. Veo un hueco de colores y luces. Me dejo caer y este me lleva a un terreno baldío cruzando por una larga cuadra encerrada entre enormes paredones por donde no puedo escapar. Detrás de mí se encuentra una sombra negra con una cara roja y unas uñas enormes. Comienza a perseguirme y yo, a escapar. Delante de mí hay una luz blanca y quiero ir hacia ella pero siento que llego tarde, que al conseguir mi meta no voy a encontrar nada. Soy incapaz de estar ahí, no avanzo y la sombra sigue detrás acercándose cada vez más, queriendo agarrarme con sus enormes uñas. De pronto, comienzo a correr hacia la luz y grito ya que la sombra aparece y quiere tomarme de los brazos. Preocupado y sin poder avanzar, veo a la sombra viniendo hacia mí. Intento tener el control de mi cuerpo pero no puedo. Sin poder moverme escucho un ruido que proviene de la sombra y un calor dentro de mi cuerpo. Miro mi pecho y comienzo a notar una mancha creciente de sangre y un enorme fuego. Estoy herido y no puedo moverme, pronto olvido hasta cómo caminar. Atrapado y sin saber que hacer me siento ahogado por esto que me ocurre. Empiezan a caer lágrimas de mis ojos. La sombra se acerca, siento sus uñas que comienzan a apretarme las piernas, mientras lloro. Estoy perdido, siento la muerte en mí.
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“Un misterio eclesial” por Lucas Muñoz
Hacía más de un año que estaba viviendo en la calle y, a pesar de que no me costaba mucho sobrevivir a las noches frías y oscuras, la impaciencia empezaba a inundarme por dentro porque, de vez en cuando, necesitaba alguien con quien charlar o contarle algún secreto.
Ese día estaba sintiendo una gran angustia y decidí ir a la iglesia que quedaba cerca de la plaza donde yo solía pasar mis noches. Me recibió un cura, y dijo: -Bienvenido hijo mío, aquí encontarás el amor de Dios”, y ahí mismo pensé que si yo y otros compañeros que vivimos en la calle seguimos vivos, es porque hay alguien allá arriba cuidándonos y, aunque no soy de creer mucho, me puse a escuchar al viejito que, con mucha ansiedad, me contaba todo lo que podía llegar a hacer un tal Cristo en mi vida.
Le comenté mi situación y él me dijo que estaba buscando a alguien que quisiera quedarse de noche a cuidar la capilla. A cambio, brindaba ese lugar para dormir y la comida diaria. Enseguida le aseguré que yo era la persona indicada.
Llegó la primera noche y no fue como yo pensaba, se cerraron las puertas de este gran mundo y solamente quedé yo, un poco inquieto por el silencio.
Tardé un largo rato en dormirme y cuando lo pude hacer, me desperté con un susurro. Pensé que el cura me quería despertar, pero no. Era como si los muertos me contaran sus anécdotas, como si un vivo me dijera algún secreto. Me sentí impaciente por ir a comentarle al cura lo que había pasado para que me dijera qué opinaba al respecto.
A la mañana temprano, a su llegada, lo noté distinto, como si supiera de ese ruido. Me preguntó cómo había pasado la noche. No lo quise alarmar, pero luego iba a salir a investigar el problema que rondaba la capilla.
Estaba llegando la noche y, una vez acostado, sintiendo las lauchas caminar, traté de concentrarme para percibir ese sonido que me estaba volviendo loco, pero no pude escuchar nada, y así permanecí una gran cantidad de noches en las que me quedé despierto, con miedo.
Cuando ya estaba prácticamente decidido a que realmente no era nada extraño lo que ocurría en ese lugar y empecé a dormir tranquilo, escuché nuevamente ese ruido. Creo que alguien me quería comunicar algo, y esto me generaba más confusión.
Al otro día, con gran curiosidad, le pregunté al cura cómo se podía comunicar una persona difunta con una de este mundo y él no tuvo una buena respuesta. Titubeó, miró al costado y me di cuenta que estaba ocultando algo.
Fue la siguiente noche cuando verdaderamente sentí pánico, no solo oí el susurro, sino también que la campana de la capilla comenzó a sonar.
Decidí taparme y tratar de no pensar más en eso, pero pronto comencé a oír que me gritaban y no me dejaban ni siquiera pensar. Me pareció distinguir una de las voces, era la del cura, de eso no tenía duda, pero cómo era posible si yo había cerrado la puerta esa misma noche.
A primera hora de la mañana y, con mucha rabia por no haber dormido, le dije al sacerdote lo que me sucedía y él me respondió que esas voces eran las causantes de mi desesperación. Dijo que yo sentía a Cristo en mi cuerpo, respuesta que no me convenció. Por primera vez, luego de mucho tiempo, sentí la tristeza de estar solo por la noche, y hasta comencé a preguntarme cómo había terminado así, sintiendo el dolor de las puñaladas que me dio la vida y también la soledad.
Cuando los pensamientos me agotaron comencé a sentir nuevamente los mismos gritos, me levanté y empecé a correr por todos lados y a prender las luces. Sorpresivamente descubrí que esos gritos provenían de una grabación, pero todo era muy raro y muy confuso, y el sonido cada vez era más alto.
Ya no sabía qué hacer, estaba desesperado, miré para todos lados y no encontré nada. De golpe se apagaron las luces y también la grabación.
El silencio me rondaba y ese peligro ridículo de no saber qué me podía hacer una cinta me asustó mucho y no pude parar de moverme.
Regresé caminando despacio, tratando de tocar las paredes para guiarme, y sentí que una mano comenzaba a tomarme del hombro. Me desesperé, grité, lloré, di patadas alrededor mío, y fue ahí cuando sentí una gran puñalada en la barriga.
Ahora me encuentro tirado en el suelo, recordando lo que viví desde el primer día. Una luz de fondo que me encandila, es el mismo cura que me ha dejado moribundo, y que me toma como un sacrificio. Me tira en un sótano y me tapa con una tela de sedas, envuelve mi cuerpo para que nadie lo recuerde.
Ahora ya no estoy solo, hay una gran cantidad de cadáveres en este sótano y empiezo a sospechar que el cura no lo hace sólo por sacrificio, sino por placer.
Más de 143 años escribiendo la historia de Tandil
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