Jóvenes escritores de ficción
“La cena” por Mauro Orellano
No nos queríamos ni un poquito, siempre discutíamos en vivo o fuera de cámara, cualquier opinión era motivo de pelea, solo compartir el lugar de jurado del programa nos convertía en enemigas. Por eso, su invitación después de grabar a cenar el sábado en su casa me sorprendió e inevitablemente me llevó a pensar que esta 'vedettucha' algo estaba tramando.
Habíamos compartido varias cenas anteriormente, organizadas por amigos en común o de trabajo, y sorprendentemente no había discordias, incluso estando sentadas una al lado de la otra.
En una de esas reuniones nos habíamos puesto a hablar y compartimos nuestro desagrado por la comida que habían servido, me contó que nunca había podido soportar el gusto del hígado, y que era alérgica al morrón. Yo también le conté que el olor del pescado me revolvía el estómago, y ni hablar del gusto y, peor aún, ver al pobre animal cocinado y emplatado; también le dije que la carne porcina me descomponía instantáneamente. Nuestro diálogo fue meramente culinario esa noche.
Sonó el timbre. Era mi esteticista, me venía a arreglar el pelo, me estaba muriendo sin haber pisado una peluquería en dos días y mi cara estaba hecha un horror, si iba así a la casa de ese mamarracho le haría honor a su imagen.
Realmente me encontraba hermosa, envuelta en la suave gasa del vestido negro que me había comprado unos días antes, y unos zapatos que eran la envidia de toda mujer. Elegí un vino de mi reserva y, en compañía de mi chofer, fuimos a la casa de Moria.
El lugar era hermoso, un gran parque decoraba el exterior de la casa, las estatuas y fuentes le daban un toque 'París chic' y la residencia parecía enorme y me recordaba a mis noches en Kensington.
Bajé del auto, mi chofer se marchó y una empleada me acompañó hasta la entrada de la mansión. Sus palabras de bienvenida fueron “Mi querida Grace, mi amor, que suerte que hayas venido corazón, pensé que no te iba a dar el cuero mami, un placer tenerte acá”.
Una empleada tomó mi abrigo, lo guardó y Moria me acompañó hasta el living donde tomamos unas copas y hablamos. Todo iba bien hasta el momento de la cena.
Nos sentamos en la mesa, no era de gran tamaño ya que sólo éramos dos, estaba bien decorada, el centro de mesa estaba hecho con flores. Cuando entré a esa habitación sentí un aroma particular, me di cuenta que el perfume era de lavandas.
El perfume de esas flores me hizo estornudar sin poder parar, me cerró la garganta, y me hizo doler la cabeza, pero no quería quedar como una desagradecida frente a ella, así que tuve que soportarlo durante todo el banquete.
Llegaron los mozos con dos platos cada uno, los destaparon frente a nosotros, y anunciaron la cena. El primer plato fue risotto con salmón.
El olor a pescado llegó a mi nariz y me hizo estremecer, estaba inundando todo el cuarto, sentía náuseas, ganas de salir corriendo, se me revolvía el estómago de solo pensar en eso. Me puse nerviosa, pero tuve que comer igual.
El vino lo sirvió un elegante mozo en cada una de las copas, pero cuando acerqué la copa hacia mi boca y di el primer trago sentí algo atorado en mi garganta, comencé a toser y pude darme cuenta que Moria se reía por lo bajo y miraba de reojo en forma burlona. Disimuladamente retiré ese objeto desagradable de mi boca y pude observar que se trataba de una bola de pelos blanca y corrí mi mirada hacia su perro. Moria llamó a su mascota y se la subió a la falda. No fue difícil darme cuenta que estaba haciendo todo esto con dobles intenciones.
La charla avanzaba normalmente, como si nada malo estuviera sucediendo.
Luego llegó el mozo con el segundo plato. Se trataba de bifes de cerdo acompañados con una guarnición de vegetales.
Ni bien destaparon el plato se me llenaron los ojos de lágrimas, se estaba haciendo un infierno de esta cena, lo peor es que ella sabía que no podía soportar ver esa comida, ni esas flores, ni perros en la mesa, supe que estaba ensañada conmigo.
Moria tocó el tema de mi ex pareja, Matías, y su nueva relación son Sabrina. “¿algo más que quieras hacer o decir para hacer de esta la peor noche de mi vida?” dije, y ella me preguntó qué es lo que había dicho, haciéndose la desentendida. Ella sabía muy bien que quería hacerme pasar un mal momento. Pero yo me iba a mantener firme e iba a tratar de sobrellevar la situación lo mejor posible. No paraba de hacerme preguntas ofensivas, y yo ya no sabía qué responderle.
Llamó al mozo para que nos alcanzara más vino. Sirvió su copa y cuando estaba llenando la mía, la dejó caer sobre mi vestido, mojando y manchándome. Di un empujón contra la mesa arrastrando la silla por el piso, como un reflejo al brutal acto de torpeza del señor. Ya estaba cansada, me quería ir. Moria, con una sonrisa y palabras fingidas, se acercó y me pidió disculpas por la torpeza del mozo, tuve que responderle que no había problema, que le podía pasar a cualquiera, y me dijo “bueno mamita, que cena tan ecléctica, sigamos. Comé el chanchito que a vos tanto te gusta”.
Habían pasado sólo dos horas desde que había llegado a su casa pero, en mi mente, la noche se estaba haciendo eterna, no veía la hora de llegar a mi hogar, sacarme los zapatos y acostarme, no soportaba estar en compañía de esa harpía.
Me había puesto nerviosa, se me estaba cerrando la garganta, me faltaba el aire, me caían gotas de sudor de la frente, me picaban los brazos de los nervios y, de tanto rascarme, ya me estaba lastimando, movía mis piernas involuntariamente, sentía que me iba a desmayar y, peor aún, Moria estaba frente a mí riéndose a carcajadas de mi situación, estaba a punto de caer desvanecida y las lágrimas me brotaban solas cuando con el tono burlón que la caracteriza me dijo “no lo dudes, estás a un paso de la muerte, si querés llorar, llorá”.
“Mi abuelo” por Florencia Palavecino
Hoy una nostalgia estremece mi cuerpo. Ayer falleció mi abuelo. No puedo dejar de recordar que, cada tarde que regresaba de la escuela, me sentaba al lado de su cama y escuchaba las anécdotas sobre su vida. Siempre me sorprendía con una nueva historia.
Intento recordar ese relato que me contó para poder escribirlo. Lo memorizo y comienzo a tomar notas, sé que hace unos 68 años él y su amigo Ricardo se prepararon para una guerra.
Una noche, luego de acampar en el sitio, su compañero Lorenzo les convidó un cigarro. Mi abuelo y Ricardo lo aceptaron, se recostaron y tornaron sus cabezas hacia el cielo, para disfrutar de la noche estrellada. Lorenzo fue el primero en encender su cigarro, le pasó el fósforo a mi abuelo tratando que no se apagara ya que era el único que le quedaba, y él se lo alcanzó a Ricardo. Los tres inhalaron el humo y, en ese instante, se oyó una explosión, un disparo. Los tres se tiraron al suelo.
Los demás soldados salieron de sus carpas y mi abuelo se levantó, corrió en busca de su arma y, al girar, vio que el cuerpo de Ricardo seguía en el suelo; volvió hacia él, pensó que se había desmayado pero, al tomarlo de los hombros, vio que una gota de sangre caía desde su frente hasta su mentón, perdiéndose en la ropa. Mi abuelo le tocó la cara. El disparo que se había escuchado, lo había recibido Ricardo en su sien. Una lágrima se derramó del rostro de mi abuelo y, sin que nadie se diera cuenta, tomó el puño de su campera y se limpió. Su respiración estaba agitada.
Entre disparos y disparos se escabulló hacia un árbol donde llevó el cuerpo del amigo, lo dejó allí y salió a vengar su muerte, juró matar a quien se cruzara por su camino. Su mente estaba en blanco, no le interesaba perder la vida.
Al terminar esa noche, el comandante habló con Lorenzo y con mi abuelo y preguntó cómo había comenzado todo.
Ellos explicaron que estaban los tres muy tranquilos, disfrutando de la noche, fumando un cigarro. El comandante los interrumpió diciéndoles que cómo no sabían que en guerra estaba prohibido fumar. La llama del fósforo delataba la posición del soldado que la tenía consigo. Más ingenuo aún era encender con el mismo fósforo el segundo y tercer cigarrillo. Lorenzo y mi abuelo entendieron apenados que, al haber encendido en tercer lugar el cigarro, Ricardo había sido el objetivo.
Mi abuelo nunca pudo barrer de su memoria lo que había pasado, tampoco olvidó a este hombre, a su mejor amigo y compañero de aventuras. Siempre se sintió culpable por no haber sido él el último en prender el cigarro.
En cada anécdota que me relataba aparecía el nombre Ricardo. Creo que ahora estarán los dos nuevamente juntos, reencontrándose después de tantos años.
Más de 143 años escribiendo la historia de Tandil
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