Jóvenes escritores de ficción
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“Incendio” por Jesica Puggioni
Como todos los días, llego tarde a mi casa y de noche. Adentro hay soledad, oscuridad, olvido. Mi novio trabaja hasta más tarde que yo pero, ya dentro, algo que me causa una sensación rara. La luz está prendida y una sombra camina desde el pasillo hasta la habitación. ¿Habrá llegado más temprano?
Me asomo sigilosamente y observo a mi novio tirado en la cama, 'entredormido'. Avanzo unos pasos hacia él y me siento a su lado con intención de despertarlo y ofrecerle algo para comer. Acepta. Una vez lista, le alcanzo la comida y parto rumbo al baño a tomar una ducha. Al volver, ya descansada y relajada, lo encuentro en la cama con el plato vacío y profundamente dormido.
Lo ato de manos a la cama. Tomo una cuchilla, apoyo la punta sobre su estómago y comienzo a presionar cada vez con mayor fuerza. Mi plan no termina ahí, tomo una botella de whisky y la vierto por su cuerpo, excepto su cara, y enciendo un fósforo. Me alejo de apoco de ese cuerpo destrozado y entro en razón, es mi novio a quien acabo de matar. No logro salir de esta horrible pesadilla. Yo sería incapaz de hacer algo así y grito, lloro, caigo de rodillas al piso. Quedo inmóvil y temo por mí, por mi vida y la salud de mi cabeza. Sigo sin entender qué es lo que acaba de ocurrir y sin poder salir de esta horrible situación en la que ahora me encuentro, las lágrimas corren por mi cara y despierto.
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“Instrucciones para ser hincha” por Emiliana Rossi
Si tu idea es ir a un partido de fútbol, y nunca antes lo has hecho, te recomiendo las siguientes cosas: primero averiguá el horario exacto y los equipos que jugarán. Decidí a qué tipo de tribuna vas a ir. Si tu idea es estar sentado, debés ir a la platea. En cambio, si no tenés inconvenientes en estar parado, tu lugar es la popular.
También tenés que decidir por qué equipo hincharás, para saber qué platea o popular te toca y para elegir el color de tu vestimenta. Tené especial cuidado con los colores que utilizás, porque podés ser fácilmente confundido con un hincha enemigo, y las consecuencias serían fatales.
Llevá un abrigo, y más si el partido es de noche, siempre refresca y corre aire frío. Calzate con algo cómodo, sobre todo, si tenés la idea de saltar, o estar de pie.
Una vez resuelto eso, debés esperar el día del encuentro y dirigirte hacia la cancha. Procurá ir al menos media hora antes de que comience el partido para poder elegir una buena ubicación. Si sos de una estatura baja, el peor lugar para estar es el medio de la tribuna. Aunque creas que vas a ver bien, cuando llegue la barra las banderas te taparán la visión y te pondrás realmente molesto.
Ya que mencioné la barra, te comento lo que es: un grupo de gente que llega tarde a la cancha a propósito y pasa gratis. Van con bombos, muchas banderas y cantan canciones todo el tiempo.
Suele haber muchos y diversos humos, por lo que te recomiendo que, si querés ir con un niño, te quedes en la platea para estar más tranquilo.
A la hora de ingresar, tené en cuenta que te revisan las pertenencias, y que no podés llevar ningún elemento cortante, ni encendedores. Si te preguntás porqué, es porque la gente, cuando se enoja, arroja objetos a la cancha con la intención de lastimar a los árbitros -que son los de negro o azul- o los jueces de línea -los que tienen la banderita en la mano-. Te recomiendo que no lo hagas si no querés ganarte el odio de los simpatizantes que te rodean.
Podés insultar y gritar todo lo que quieras, utilizalo como un método de catarsis.
Seguramente, mientras transcurra el primer tiempo, sentirás olor a comida. Es del puesto de choripanes que se venden en la cancha. Probalos, son muy ricos. Te recomiendo ir cinco minutos antes de que termine la primera parte, como para no estar mucho tiempo haciendo la fila.
Disfrutá el partido, y festejá los goles con euforia (en caso de que los haya). Y si en ese partido el equipo que alentás gana, prepárate para ir todos los partidos. Sos cábala.
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“Pesadilla” por Mauro Valerioti.
Temo por mi vida, no sé qué hacer para escapar. Estoy muy asustado. Corro, lloro, una terrible angustia que me ahoga. De alguna extraña e inexplicable forma sé donde estoy, se que ya he estado aquí.
Estoy preso de la oscuridad en la que no logro ver nada, tampoco puedo moverme, soy incapaz de hacerlo, estoy atrapado y me preocupo por lo que puede llegar a pasarme.
Veo sombras. Estoy inmóvil, vulnerable, asustado, herido. Grito desaforado, siento que las lágrimas corren por mis mejillas. Oigo voces, cuchicheos, chillidos, garras, alas, gritos. Cierro fuerte los ojos.
Estoy libre pero algo me persigue, algo grande y monstruoso. No sé qué hacer. Veo una luz brillante y enceguecedora, voy hacia ella pero parece que no llego nunca, y comienzo a cansarme. De repente, todo desaparece, estoy llegando tarde a algún lado, pero no recuerdo. No sé dónde voy, estoy perdido. Una luz demasiado fuerte lo impregna todo y no veo nada. Una bicicleta aparece frente a mí, me subo y manejo hacia no sé dónde. En el camino veo gente, rostros que me resultan familiares y, en un abrir y cerrar de ojos ya no los reconozco. La luz se va apagando y me encuentro todo transpirado, me falta el aire y el corazón me late muy fuerte. Veo que algo de la luz de la calle se filtra a través de mi ventana, pero de todos modos está oscuro, así que prendo la lámpara para poder ver mejor. Al hacerlo, me doy cuenta de que fue el peor error que pude haber cometido. La pesadilla apenas acababa de comenzar.
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“Un viaje no deseado” por Martina Tozzetto
Era uno de esos viajes importantes para mi familia, pero me resultaba aburrido, no estaba entusiasmado como los demás. Íbamos a conocer el lugar donde habían nacido mis abuelos, y aunque yo prefería ir a otro lugar más divertido, fui amable y los acompañé.
Estaba confiado de que no iba a vivir nada interesante, porque sabía que no había algo que me fuera a gustar, ni mucha gente por conocer.
Mientras tomaba la merienda pensé que hacer para que ese viaje quizá no fuera como yo pensaba: podría llevar un álbum para entretenerme, de esos que tienen fotos de hace muchos años y te traen muchos recuerdos, pero no los encontré.
Lo único que me entusiasmaba era viajar con mi abuela, ella siempre tiene historias que contarnos para pasar el rato.
Mientras todos terminaban de acomodar sus cosas me senté bajo el árbol, en la vereda, y me imaginé corriendo por un bosque. Se me ocurrió qué divertido sería, antes de volver, hacer un campamento en ese lugar, jugar en el césped, a la pelota con mi hermano, mi papá, pero sabía que nadie iba a aceptar mi idea así que me resigné, porque siendo el hijo mayor nunca nadie tiene en cuenta mis propuestas de hacer algo diferente.
Bastante más tarde empezamos a viajar bajo la luz de la luna. Antes de no tener señal de teléfono en el viaje me anticipé y mandé un mensaje a mis amigos, que seguramente se preparaban para ir a bailar, mientras yo viajaba hacia un lugar al que no quería ir.
De pronto, les propuse a mis padres tomar un colectivo de regreso a mi ciudad, pero su respuesta fue un no rotundo.
Luego llegamos a una estación de servicio, todos se reían y yo no sabía por qué, era un viernes en el que tendría que haber estado preparándome para hacer algo que me gustara.
Me di cuenta que si no ponía lo mejor de mí y compartía este viaje que era importante para la familia, se iba a hacer más largo y aburrido y decidí disfrutar de este fin de semana diferente, en un lugar donde un adolescente nunca querría estar.
Más de 143 años escribiendo la historia de Tandil
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