Jóvenes escritores de ficción
Recibí las noticias en tu email
Accedé a las últimas noticias desde tu email
“Evolución”, por Santiago Hermida
Resulta que todas las manzanas de la cesta eran inmaduras y luchaban entre ellas para ganar experiencia y habilidad. Un día, una de ellas elevó demasiado su nivel y evolucionó, transformándose inesperadamente en una banana.
Ese mismo día, el dueño de casa llegó con hambre y decidió tomar esa banana y comérsela. Ese fue el final de la evolución.
“Extravío”, por Mayra Acuña
Estoy llegando tarde al cumpleaños de mi abuela. Avanzo caminando, es de noche y siento que alguien anda detrás de mí como si me estuviera persiguiendo. Percibo una sombra, me doy vuelta pero no veo a nadie, aunque sigo escuchando ruido. Las ramas de los árboles se mueven, estoy preocupada, cada vez avanzo más rápido. Me caigo y me lastimo las rodillas. Me paro y sigo caminando con el paso más rápido, se me caen las lágrimas, parece que estoy atrapada en esta calle sin salida, porque camino, camino y no llego, parecen calles interminables. De pronto escucho un grito, me detengo, no hay nadie por ninguna parte, tengo miedo y sigo caminando. Veo que se acercan unas personas, les pido ayuda, le digo que me caí y que estoy paralizada, pero no se detienen, siguen su camino como si no me escucharan. Olvido dónde queda la casa de mi abuela, estoy perdida, ya no encuentro salida.
“Un agudo espacio de certezas”, por Florencia Basualdo
Todo está mal en este espacio, no aguanto más, es una tortura. En mi casa todo es más tranquilo, más lindo, más claro que este oscuro zoológico que está lleno de animales salvajes. ¿Por qué tuve que venir aquí? Tal vez este era mi destino, sólo que fue un error quedarme encerrado aquí.
¿No hay nadie en este lugar de noche, un cuidador, un guardia? Quizá haya cámaras de seguridad o será que nadie me ve, ¿lo estarán haciendo a propósito?
Quizás las cámaras o las personas de seguridad no estén prestando atención; también me estoy preguntando si mi mujer imagina dónde estoy, si sabe porqué no le contesto el teléfono. ¿Qué hice para que me hicieran esto? Creo que fui muy bueno con mi familia y mis amigos. La primera vez que dije que “no” a sus caprichos se ofendieron mucho. Es posible que esto sea un error, o quizás realmente se hayan olvidado de mí.
Preso, en esta celda de barrotes negros, sé que lo que me sucede es injusto y que no me lo merezco. Tal vez no me quieran ver más o simplemente me dejaron aquí para que me coman los leones, ¿será así?, ¿me sacarán?
Alrededor todo está mal, me di cuenta que aquí estoy mejor. Desearía quedarme a vivir en esta jaula, junto a estos animales.
“Concurso”, por Tomás Domínguez
Entré a la cocina sintiendo esa pestilencia amarga, como un arma apoyada en mi boca. Miré al chef y le dije que asomara la cabeza en la cacerola y sintiera el olor al condimento. No estaba equivocado.
Pasé un dedo por la salsa, pensando que sería algo desabrido, pero no, era dulce y empalagoso, tenía una fragancia y un gusto intenso.
Mientras todo esto pasaba, el chef terminaba el postre: una exquisita torta de limón. Mi paladar la probó y comprobó su sabor, suave y sedoso.
Finalmente, al percibir el sonido que salía de la olla de vapor, supimos que todo estaba listo. A todos les encantó la cena y los jueces calificaron nuestro restó con cuatro estrellas y media.
“Espera”, por Bernardo Favre
Aquella noche estaba solo e impaciente en la sala de espera del hospital, angustiado por el accidente que había tenido mi madre.
De repente empecé a escuchar gritos que venían desde el pasillo, al fondo. En un momento pensé que sería una señora dando a luz, pero no lo sabía. Esto me puso más ansioso todavía y comencé a caminar por los pasillos. Vi que una mujer salía desesperada gritando y llorando, alguien había entrado en la habitación y matado a su esposo de una forma muy sorpresiva. De pronto, me sentí inseguro por mí y por mi madre que estaba en el quirófano, en medio de la operación.
Intrigado por ver cómo habían matado a este hombre me fui acercando despacio a su habitación. Al llegar vi que tenía un gran agujero en el pecho y me dio tanto asco que vomité. Volví a la sala de espera con muchísimo miedo, tanto que quería estar al lado de mi madre para cuidarla del monstruo que había hecho semejante cosa a ese pobre hombre.
Desesperado, me confundí de pasillo, y fui al piso de los recién nacidos y encontré todos los bebés llorando, eran doce y estaban descontrolados. Con mucha curiosidad entré para ver qué sucedía: estaban todos mirando hacia un mismo lugar, con cara de pánico. Lo único que se me ocurrió fue buscar a alguna enfermera, pero no encontré a ninguna y tomé uno a uno a los bebés y los llevé hasta donde estaba mi mamá. Cuando levanté al último me di cuenta que tenía mucha espuma en la boca, seguramente había contraído rabia, entonces lo dejé.
Cuando llegué al quirófano, totalmente alterado, los médicos me dijeron que habían desaparecido los bebés y, en seguida, mi mamá comenzó a murmurar que sentía mucho dolor. Les dije que nos iríamos de ese hospital endemoniado, que quería el traslado.
Cuando llegó la ambulancia había un silencio de tumba, sentimos en carne propia el peligro.
“Vuelo compartido”, por Macarena Otero
En una ciudad llamada Hernandorena vivían dos jóvenes llamados Angelo y Calu. Ellos eran muy unidos porque se habían criado juntos y todas las travesuras las hacían a la par.
Una tarde de primavera Ángelo y Calu estaban acostados bajo un árbol mirando hacia el cielo, pensando qué travesura podían inventar y Calu dijo: -qué lindo sería poder volar y observar la ciudad desde arriba. Eso le dio una gran idea a Ángelo y le dijo -ya sé lo que vamos hacer, creo que será el mejor momento de nuestras vidas.
Calu, sorprendida, pero a la vez muy contenta, corrió detrás de Ángelo. Llegaron a un galpón que estaba lleno de objetos viejos y chatarra. El, muy entusiasmado, comenzó a elegir objetos que les podían servir y Calu decía -Ángelo, ¿qué vamos hacer? Él estaba tan entusiasmado que había olvidado decirle. Se detuvo un segundo y le contó que quería armar un artefacto que pudiera volar y así observarían la ciudad desde arriba. Calu se quedó sin palabras y comenzó a ayudarlo con entusiasmo.
Les llevó varios días construir lo que imaginaban y aún faltaban algunos detalles, pero finalmente lo lograron, sólo les faltaba ver si funcionaba.
La base del avión estaba hecha con una carretilla, las alas eran de madera y chapa, las ruedas salidas de una máquina de cortar pasto y el motor provenía de una moto que estaba en el galpón.
Ya estaba todo listo, había llegado el momento. Se pusieron los cascos, tomaron coraje y ella tiró de la correa. El motor arrancó y Ángelo y Calu se abrazaron.
El tomó los manubrios de la carretilla voladora y comenzó a empujar hacia una rampa que habían preparado. Con mucha velocidad subieron y salieron volando sin rumbo. No lo podían creer, pero finalmente lo habían logrado, habían cumplido su deseo de volar y ver la ciudad de un nuevo modo.
Más de 143 años escribiendo la historia de Tandil
Este contenido no está abierto a comentarios