Jóvenes escritores de ficción
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“Distancia” por Rocío Urban
Juana era una chica solitaria, no le gustaba estar sola, pero en su vida le había ido muy mal, se había peleado con su madre, su padre había muerto y los amigos que tenía eran malos con ella y sólo la buscaban cuando necesitaban algo o tenían un problema. Sólo contaba con una amiga que no vivía en su ciudad, sino a muchos kilómetros de distancia y la iba a visitar para su cumpleaños o cuando tenía vacaciones.
Una vez, su amiga Julieta vio un anuncio que decía que se regalaban perritos Golden Retriver cruza con Border Collie. Pensando en que se acercaba el cumpleaños de su amiga Juana, decidió ir a buscar un cachorrito para que ella no se sintiera tan sola. Así que, a pocos días del cumpleaños, Julieta preparó una caja con una cobija que la acompañaría en el asiento de su auto durante el largo viaje que les esperaba. Quería que ese cachorro fuese una sorpresa, así que antes de llegar compró una cucha muy pequeña y la envolvió con el cachorrito adentro sin olvidarse de los agujeros para que respirara.
Muy emocionada de poder ver a su amiga después de tanto tiempo, llegó a la casa y se saludaron con un fuerte abrazo. Enseguida Julieta le dijo que tenía una sorpresa para ella. Cuando Juana recibió el regalo no se imaginó lo que podía ser hasta que sintió un pequeño llanto. Cuando abrió el paquete se emocionó, era muy hermosa esa cachorrita.
A los pocos días Julieta se tuvo que ir de nuevo a su ciudad. Muy agradecida del regalo que había recibido, acordaron que en el próximo viaje que Juana hiciera iba a llevar a Lupi, como la había llamado.
Pasaban las semanas y Lupi seguía creciendo, rompiendo cosas, jugando con las zapatillas de Juana, mordiendo los cables de los electrodomésticos. Un día, sin darse cuenta, Juana dejó un pote de dulce de leche arriba de la mesada y cuando, a la mañana siguiente, fue a desayunar encontró a Lupi acostada con la panza hacia arriba. Pronto la llevó al veterinario porque no se encontraba muy bien y él le dijo que sólo estaba así por tanto dulce que se había comido, que se quedara tranquila, que nada le iba a pasar.
Y así continuó el tiempo, entre travesuras y alegrías, hasta que llegó el momento de viajar e ir a visitar a Julieta. Muy preocupada por cómo iba a llegar hasta ahí con Lupi, que ya era una perra muy grande, decidió alquilar un auto para poder transportarla. Durante el viaje Juana se puso a pensar en cómo era ella antes de que llegara Lupi a su vida, y fue en ese momento que se dio cuenta de que un simple cachorrito le había cambiado la vida, que ya no se sentía sola, tenía con quien pasar el día, quien la acompañara cuando tomara mates en la mañana y la recibiera con mucha alegría cuando ella llegaba de trabajar. Y aunque no hablara, ella sabía que Lupi la entendía.
“Presencia” por Pamela Fantoni
Las hojas marchitas y secas caían del enorme nogal que estaba en el centro de la plaza. Es raro ver un nogal en un lugar así, pero ahí estaba y, por cierto, muy bien cuidado. Era enorme y sus ramas llegaban muy alto.
Si se lo miraba bien, una entendía que era fácil subir: había que treparse y escalar un poco. Me animé. Arriba la vista era maravillosa, no se comparaba con nada que recordara. Se podía ver toda la ciudad, los edificios y las casas, desde allí todo parecía muy chiquito y hermoso. En ese momento quise saber volar o, por lo menos, tener binoculares para disfrutar un poco más.
El problema surgió cuando quise bajarme del árbol y me di cuenta que era bastante complicado. Tuve que hacer una maniobra tras otra para lograrlo y finalmente, toqué el pasto.
En ese momento me di cuenta que había una chica mirándome fijo desde un banco muy cercano. Tenía varios libros y uno de ellos estaba abierto. Sin embargo no pasaba las páginas, estaba paralizada observándome. Me puse a pensar: ¿cuánto hace que estará así?, ¿querrá subir al árbol y no se animará a decirme?, ¿tendrá algún problema? Volví a mirarla pero esta vez recogió sus cosas, me observó por última vez y salió caminando muy lento y se esfumó del lugar. Me quedó la intriga pero, al igual que ella, partí lentamente para dejar la plaza.
“Un campo completo de gorriones” por Lucía Ferreiro
Todo estaba muy tranquilo: los perros dormían, los caballos bebían agua y el sol estaba muy fuerte, como si en el campo no hubiera nadie. Ni siquiera las vacas mugían y las gallinas tampoco cacareaban. En el patio había plantas verdes y un limonero, donde los niños habitualmente jugaban a la pelota y se divertían. De vez en cuando se peleaban, porque Tomás siempre ganaba al fútbol y Dolores, que no sabía mucho de eso, perdía y se enojaba.
Esa tarde, como no dejaban de discutir y era la hora de la siesta, al abuelo se le ocurrió mandar a Dolores a perseguir gorriones. Ella aceptó gustosa y comenzó a correrlos distraída hasta que, de repente, se le apareció una sombra gigante.
-¿Qué es eso que me persigue? –se preguntó. ¿Por qué pasa tanto tiempo y nadie viene a buscarme? –agregó. Dolores comenzó a pensar que quizá se les había roto la bicicleta, que todo era muy raro y empezó a hablar sin parar en voz alta, para sacarse un poco el miedo:
-Bueno, voy a tratar de ser positiva y no pensar cualquier cosa. Quizá fueron al mercado y me dejaron acá, puede ser que haya llegado gente…pero qué raro me parece esto, además siempre que salgo a caminar por el campo sino regreso rápido salen a buscarme en seguida. ¿Se estarán escondiendo así a propósito?, ¿los salgo a buscar? Mejor voy a esperar, seguro están en camino. Pero, ¿qué hago aquí?, ¿dónde me metí? Quizá esta sombra me quiere hacer algo malo, ¿o sólo me quiere asustar?, ¿sigue ahí?, ¿me habrán abandonado por ser la nieta molesta?
De pronto, comienza a atardecer, y en el patio el pasto está muy verde, ya no hay gorriones, el limonero se marchita, y la sombra sigue ahí. El abuelo corre, levanta con un brazo a Dolores y rápidamente sale hacia la casa. La sombra detrás de ellos se hace más grande.
“Nueva vida” por Mauro Castronovo
Eran los años 30. Después de un aburrido viaje, William había desembarcado en Argentina. Al bajar se encontró con personajes desconocidos: una señora que sonrió y no mostró ningún diente, le pegó en la espalda porque había quedado en el medio del camino.
Al dar un paso al costado, confió en seguir la marcha hasta su nuevo hogar. Se sentía vivo, despierto, animado. Miró su viejo reloj y emprendió la marcha. Un niño descuidado chocó con las valijas de William y las fotos de su álbum quedaron esparcidas por todo el suelo. Una imagen de su abuela yacía sola en un charco y se quedó contemplándola por un tiempo que le pareció infinito.
Se dirigió a un árbol y desde allí observó todo el panorama. Un vendedor de barba tupida como un bosque gritaba ofreciendo sus productos. Se distrajo un momento para mirar dónde estaba sentado: era una plaza con el césped más verde que hubiese visto. Volvió a levantar la mirada y notó que el hijo del vendedor también ayudaba a su padre a alborotar el ambiente con agudos gritos. El pequeño tenía la cara redonda como la mesa del Rey Arturo.
Escuchó una conversación en el nuevo idioma, pero no pudo entender qué decía. La respuesta del otro hombre tenía un tono agresivo, aunque había risas en el medio. Era viernes y el primer día del resto de su nueva vida.
“Extravío” por Mayra Acuña
Estoy llegando tarde al cumpleaños de mi abuela. Avanzo caminando, es de noche y siento que alguien anda detrás de mí, como si me estuviera persiguiendo. Percibo una sombra, me doy vuelta pero no veo a nadie, aunque sigo escuchando ruido. Las ramas de los árboles se mueven, estoy preocupada, cada vez avanzo más rápido. Me caigo y me lastimo las rodillas. Me paro y sigo con el paso más rápido, se me caen las lágrimas, parece que estoy atrapada en esta calle sin salida, porque camino, camino, y no llego, parecen calles interminables. De pronto escucho un grito, me detengo, no hay nadie por ninguna parte, tengo miedo y sigo avanzando.
Veo que se acercan unas personas, les pido ayuda, le digo que me caí y que estoy paralizada, pero no se detienen, siguen su camino como si no me escucharan. Olvido dónde queda la casa de mi abuela, estoy perdida, ya no encuentro salida.
Más de 143 años escribiendo la historia de Tandil
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