Jóvenes escritores de ficción
“Sus pálidas caras” por Florencia Tangorra
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Accedé a las últimas noticias desde tu emailCuando llueve me dan no sé qué las estatuas. Desde mi ventana se ven paradas, quietas e inmóviles. Cada mañana las veo en la plaza, con la luz del sol que les pega en sus caras frías y, por momentos, calienta su fría materia. A pesar de que llueve, igual me gusta salir a mirarlas. Tomo mi paraguas y las observo detenidamente. A veces siento lástima por ellas, a veces no. Nadie se detiene a mirarlas y a sus palabras se las lleva el viento. Algunas tienen expresiones de dolor y otras andan en pareja. Ciertas son más pálidas que otras y tienen distintas poses. Casi todas aparentan estar cansadas y también parecieran pedir limosnas. Me llama la atención que ninguna de ellas se preocupe por la otra. Realmente odio eso. Yo soy muy distinta a ellas. Puedo dar más de una mano para ayudar al otro, sin importar el precio de la soledad. A veces, me siento muy distinta a ellas pero, en otras ocasiones, me veo parecida. Percibo su soledad como si fuera mía. Y, en muchas ocasiones, pesa su pena en mis hombros. Al fin y al cabo, no somos tan distintas. Ellas creen ser únicas, pero no es así. Al final de cuentas, todos somos estatuas en este mundo.
“El elefante miedoso” por Darío Giacchino.
(Inspirado en “Miedo” de Graciela Cabal)
Había una vez un elefante que tenía miedo. Miedo a los ratones, porque corren sin parar. Miedo a las jirafas, porque son muy altas. Miedo a los monos, porque cuando saltan gritan mucho. Miedo a los patos, porque hablan demasiado. Mucho miedo tenía ese elefante. Entonces su amigo lo llevó al mar a ver los peces y ellos le propusieron quedarse ahí para calmar su miedo.
Pero su esposa le habló.
-Mejor andá al zoológico, ahí se te va a pasar tu miedo.
-Tenés que ir al bosque, va a ser mejor –le dijo su hijo preocupado.
El elefante seguía teniendo miedo. Miedo a los ratones, a las jirafas, a los monos, a los patos. Y también al mar y al zoológico y al bosque. Mucho miedo seguía teniendo el elefante.
Un día el elefante fue al bosque. Con miedo fue, para conformar a su amigo.
Llena de monos estaba el bosque. Y de patos. Se apresuró y corrió al lado de su amigo. Y fue ahí que vio algo chico, pero no tanto, era un sapo. Verde era el sapo. Tenía manchas amarrillas y era gordo. Con mucho miedo se acercó al sapo y luego volvió a su lugar.
El sapo lo siguió. Pero el elefante no quería que estuviese con él.
-Pobre sapo, lo llevaremos -dijo su amigo.
-No -contestó el elefante.
-Sí -contestó. Y lo llevaron.
En la casa le dieron de comer. Pero el sapo estaba lleno. Sólo quería saltar y saltar. Entonces el sapo siguió saltando y asustando a los ratones, a las jirafas, a los monos y los patos.
Con un poco de hambre, ya cansado de tanto saltar, se fue y no volvió más.
Debajo de su pata, el elefante encontró una carta. Era el sapo que se despedía. Ahora y, con más temor, el elefante sigue con miedo. Tiene mucho miedo.
“Un extraño suceso” por Camila Patti
Estoy ingresando a casa, algo sucede, escucho un grito y veo una sombra junto a la habitación de mi hermana, me quedo inmóvil, sin saber qué hacer y veo allí un hombre vestido de payaso, golpeándola. El me ve y yo salgo corriendo con lágrimas en los ojos.
En cuanto puedo alejarme de casa, grito desesperada pidiendo ayuda, temo que algo malo le esté pasando a mi hermana. Cuando reacciono voy directamente a hacer la denuncia, llego a la comisaría, veo que no había nadie, parece que todo es un plan en mi contra, me preocupo más por lo que puede llegar a estar pasando.
Lloro desesperada, y sigo sin recibir ayuda, sólo me doy cuenta de que necesito volver a mi casa a ver a mi hermana, saber cómo está. Soy incapaz de dejarla sola, tomo coraje y voy a buscarla.
***
Mientras iba en camino caí en un profundo pozo, el agua me llegaba hasta las rodillas y caminé buscando alguna manera de salir de ese lugar.
En un momento vi una sombra en el agua, tenía mucho miedo, me acerqué al sitio y vi a un hombre ahogado y, a su lado, un viejo disfraz de payaso.
Por un momento pensé que podía ser quien estaba en mi casa, pero me di cuenta que hacía mucho tiempo que estaba ahí. Seguí recorriendo, pero no encontré una salida, volví al lugar por donde había caído: el cuerpo del hombre ahogado había desaparecido como por arte de magia. De la desesperación comencé a escalar las paredes del pozo con una mínima esperanza de salir de ahí. Finalmente logré mi objetivo y pronto subí a un auto abandonado en la calle y manejé hasta mi casa. Silenciosamente entré y busqué un arma, recorrí todas las habitaciones pero no había nadie, estaba sola y sin saber dónde encontrar a mi hermana.
Decidí volver a salir en busca de ella. Afuera vi a un hombre sospechoso alejándose, subí al auto y comencé a perseguirlo, él ingresó a un lugar cerrado, yo me bajé y entré para ver qué era lo que había, me sorprendí cuando vi un hombre, el mismo que había visto ahogado en el túnel. Cada segundo que pasaba, más terror me daba, no tenía explicación lo que había visto en esa sala.
Salí del lugar y comenzó a llover con fuerza, vi sombras por todos lados, el auto en el que yo andaba había desaparecido, todo se había convertido en un infierno, el hombre se acercaba con rapidez.
Comencé a encontrarlo por todas partes, no entendía qué me estaba sucediendo. En la esquina hallé a mi hermana, estaba desvanecida en el suelo. Corrí hacia ella y, cuando llegué, el hombre me atrapó, todo era una trampa. Me apuntó con un arma, ya no tenía más esperanzas, y en ese momento abrí los ojos.
Más de 143 años escribiendo la historia de Tandil
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