Jóvenes escritores de ficción
“Las gemelas” por Camila Cabrera
“Una es diestra, la otra no. A una le gusta el chocolate negro, y a la otra el blanco. Cuando una tiene frío, la otra siente calor. A pocas horas de conocerlas, la gente deja de creer que son iguales”. El objetivo de sus vidas es completamente distinto. A una le gusta el arte, a la otra la música. Andrea es delicada y sensible, pero Anastasia es ruda y fuerte. Cuando una tiene hambre, la otra no. El asunto es sencillo: a simple vista son gemelas comunes, cuando las conocés, descubrís que son completamente distintas, de pies a cabeza y que no son como cualquier persona. Ambas se ponen a pensar, buscando alguna similitud. Toman las tijeras de costura y caminan hacia el gran espejo. Se miran, ven las tijeras, y se vuelven a mirar.
Encontrar dentro de ellas algo que las acerque en parecido no es tan sencillo. Sólo son iguales físicamente. El caso está en ahondar su interior, y así lo hacen. Desde entonces han pasado algunos inviernos. Las marcas quedaron selladas en su piel. Su acto se convirtió en hábito, sus ansias de saciar el dolor, en la motivación. Lo extraño es, sin embargo, la conexión encontrada. Por eso, frente a su espejo, esperan encontrar, con aquellas tijeras, aquella similitud anhelada.
“Una extraña solución” por Natacha Casanovas
La semana pasada estaba muy angustiada, me enteré que había quedado embarazada y, lamentablemente, el padre no se hacía cargo. Mis padres no sabían nada y empecé a ocultar aquel embarazo con ropa ancha y fajas, hasta que un día mi madre entró y se dio cuenta.
Me pidió que, por nada en el mundo, mi padre se enterara, ya que él no lo aceptaría. Pero no tardó mucho en enterarse y me echó de la casa.
Apenas había cumplido 18 años, no tenía nada ni nadie, sólo un niño en mi interior.
Aquella tarde fui a la casa de mi amiga a contarle lo sucedido y lo único que le pregunté fue si podría ayudarme a encontrar un alojamiento y un trabajo. Entonces nos pusimos a buscar en el diario y, entre muchos avisos, nos llamó la atención uno que decía “soluciones en el acto”. Llamé al número.
Me atendió una mujer y me preguntó cuál era mi problema. Desconfiada, le conté mi caso y le supliqué una solución. Entones ella me citó en un bar lejos de mi zona para poder charlar bien y más tranquilas.
Fui sola y asustada, habíamos quedado en un bar muy íntimo y familiar. Entré. En el fondo había una mujer con anteojos de sol que estaba muy tranquila, sentada mirando hacia fuera. Me senté frente a ella, me miró y sonrió.
La miré, me estrechó la mano y se presentó. Siguió hablándome de ella y me pregunto sobre mí. Luego me comentó cuál podía ser su ayuda. Me dijo que me darían alojo en un departamento compartido y que mi labor sería el de transportar drogas en mi cuerpo. Debía ingerir en pequeñas cápsulas que después debería expulsar, me aseguró que al bebé no lo lastimaría y que me pagarían muy bien y que conocería muchos lugares del mundo.
Luego de la charla me subí al auto con ella e hicimos un lago viaje hasta llegar a un edificio donde me presentó a otras chicas embarazadas y a unos señores muy mayores.
Me dejaron en una habitación compartida con otra chica que ya estaba de seis meses, se veía muy asustada, le pregunté qué pasaba.
Ella me contó su vida, que por meterse en eso hacía meses que no sabía nada de su familia, que era de otro país y que los hombres abusaban de ella y de las otras chicas.
Después me dijo muy bajito que me fuera lo antes posible si quería proteger a mi hijo. Esa misma noche le pedí a la mujer que me acompañara a buscar mis cosas, era el único modo de contactarme con mi mamá.
Llegamos hasta mi casa y la mujer se bajó conmigo y me acompañó hasta la puerta. Toque timbre y me atendió mi madre, me abrazó y me preguntó dónde había estado. Nos hizo pasar, ya que mi padre todavía estaba trabajando.
Yo no sabía cómo hacer para contarle todo a mi madre sin que la señora se percatara, ella no perdía vista de lo que yo hacía. Entonces entré a la cocina y vi el celular de mi madre, lo tomé y me dirigí al baño de invitados.
Le dejé un mensaje de texto donde le contaba todo lo que me estaba pasando, le dejaba la dirección del lugar y le pedía que llevara alguien que la pudiese ayudar porque era muy peligroso. Antes de salir dejé el celular en sonido y dentro de uno de los cajones.
Salimos de mi casa, me despedí con un abrazo y susurre “el baño”. Al llegar al departamento me senté en la cama, esperando la ayuda de mi madre, se hacía eterna, nunca llegaba hasta que, de pronto, escuché un fuerte golpe con un seguido “alto, ¡policía!”.
Más de 143 años escribiendo la historia de Tandil
Este contenido no está abierto a comentarios