Jóvenes escritores de ficción
“El viaje”, por Milagros Ballent
Reconozco que mi proyecto de vida no estaba relacionado con las ataduras, siempre hui de éstas. Nunca imaginé llegar a los 70 años y sólo tener como compañera a "Música", mi adorable felina. Hoy, todos los rincones de mi casa encierran recuerdos y soledad.
La mañana del 5 de julio el reloj dio las siete. Luego de un buen baño me dirigí a comprar algunos ingredientes para hacer un lemon pie, un clásico de mi repostería; lo prepararía para el cumpleaños de mi hermana Sofía que llegaba a los 73 junto a una hermosa familia. Los ingredientes estaban sobre la mesada, el horno precalentado. En ese mismo instante me sumergí en una profunda tristeza. No recordaba cómo hacerlo y nunca había utilizado la receta porque lo hacía desde los 13 años.
Me dispuse a buscarla y, entre tanto papeleo, encontré en una hoja deteriorada y manchada una estrofa del Martín Fierro que siempre tuve presente:
“Mi gloria es vivir tan libre
Como el pájaro del cielo:
No hago nido en este suelo
Ande hay tanto que sufrir,
Y naides me ha de seguir
Cuando yo remuento el vuelo”.
Al terminar de pronunciar estas palabras, mis ojos se llenaron de lágrimas, bienvenida nostalgia. Comencé a recordar los viajes en tren, los cerros que había vislumbrado con mis ojos llenos de alegría y placer, los valles de mariposas, las risas con amigas, la mochila que cargué en la ruta al sur, la cual ya no puedo siquiera levantar, los fogones, el vino patero. Si bien mi personalidad y mis gustos no habían cambiado, había cosas que la vejez no me permitía continuar haciendo. Ya mi cuerpo no resistía la tormenta de lluvia y rayos sin pescar algún resfrío, o los botellones de vino, sin que mis tripas se alborotaran.
En fin, ahora todo eso se ha transformado en cenizas de un recuerdo cada vez más lejano.
Mis días están perfumados por un jazmín en la entrada de casa, que me remonta a la niñez, porque en lo de mi mamá también había uno. Todas las mañanas es necesario saludar al sol, dar las gracias, alimentar a los pájaros. Me siento extraña si no lo hago. Es un hábito, como escarbar mis uñas o cortar mi flequillo.
Más allá de todo esto, hay algo latente, algo que ni los años me han podido arrebatar: el derecho de soñar.
Comprendo esta soledad, elegida, por cierto. Ya no me molesta. Fiel a esa bendita estrofa.
Pero hoy son otros mis anhelos, a pesar de los pómulos caídos y las marcas en mi rostro, que me recuerdan constantemente que debo adecuarme a los años que las forjaron. Todos los días me dispongo a disfrutarlos como el último, ya no tengo prisa, nada que perder, pues todo lo he ganado. Sé que, al subir al próximo tren, ya no llevaré mochila.
“Todo me salió mal”, por Micaela Durán
Una tarde, todas las manzanas estábamos en la frutería, limpitas y lustradas. De pronto, apareció una persona y eligió a una de nosotras, extendió su mano hacia donde estábamos y miró cuál seducía mejor. Una de nosotras, que no quería salir de dónde estábamos, le tendió una trampa a otra para que la persona se la llevara.
Al final, el señor eligió la manzana que había hecho trampa, porque era la más bonita y su color brillaba más que las demás. Así fue como le rompió el corazón: la cortó en dos partes, una se la comió él y la otra la tiró a la basura porque no se veía bien. En el tacho, un gusano terminó con su vida.
“La fiesta”, por Franco Minardo
Llegó a la casa a las 10. Preparaba la comida cuando, de repente, vio un sobre deslizarse debajo de su puerta. Decidió abrirlo. Apenas lo vio, se quedó sorprendida, era una invitación a una gran fiesta el sábado. Recibir eso era muy raro, ya que no conocía a la organizadora del evento.
Al día siguiente se puso en contacto con sus amigas para organizar la forma de ir, ya que era muy lejos.
Llegó la hora de la fiesta, en el salón había mucha gente. Cuando entraron se pusieron cómodas y empezaron a bailar y tomar, la fiesta estaba muy divertida, había dos disc jockeys, muchos chicos, pileta y una tirolesa que alegraba mucho a la gente.
En un momento de la noche, la organizadora de la fiesta se subió al escenario y por medio de un micrófono les agradeció a todos su presencia.
Después de sus palabras, la celebración continuó y todos se pusieron nuevamente a bailar.
Mientras transcurría la noche, Lucía sintió que un muchacho la observaba y luego todos vieron cómo la señalaba. El chico se acercó a charlar y, de un momento a otro, se encontraron sentados lejos de la multitud. Como las bebidas estaban calientes y el chico tenía permiso para entrar en la cocina, fue a buscar hielo para refrescar sus tragos.
Cuando estaban a punto de besarse, él le preguntó: “¿Vos no sos amiga de Luciana, no?, ella es mi ex novia y no quiero crear conflicto”. Ella respondió que no y al finalizar la fiesta, él la acompañó a su casa y ella se sorprendió porque jamás pensó que encontraría el amor de su vida en una fiesta así.
Más de 143 años escribiendo la historia de Tandil
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