Jóvenes escritores de ficción
Cena mágica” por Sol Delgado
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Accedé a las últimas noticias desde tu emailEn el quinto árbol de la cuadra reinaba la paz. En el gran hormiguero que se encontraba entre las raíces, las trabajadoras hormigas iban y venían por su camino. La hija de la reina, Anastasia, siempre observaba a las orugas y se sentía mucho más bella que ellas. Un día las invitó a cenar para burlarse, les preparó un delicioso banquete. Sobre la gran mesa del comedor había fuentes con los insectos más pequeños que pudieran imaginarse, de todo tipo y colores, con alas, con bigotes, fritos, hervidos y en salsa. Cuando llegaron, se sentaron a cenar y conversaron un largo rato pero, en un momento, las orugas comenzaron a hacer movimientos bruscos y raros, como si estuvieran locas o como si bailaran una danza extraña. Anastasia creyó que la comida les había caído mal y pensó que todos la culparían a ella por envenenarlas. Salió gritando hacia la superficie para pedir ayuda pero, cuando volvió, las orugas habían desaparecido, el comedor estaba lleno de hermosas mariposas.
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“Nuestros mundos” por Florencia Tangorra
Cuando iba el otro día en el colectivo, imaginé un hermoso paisaje creado por basura, escombros y restos de cosas inservibles y abandonadas por la sociedad. Imaginé todo tipo de creaciones, miniciudades y numerosas esculturas.
Invité a todos a ver el paisaje y, en ese momento, detuvieron su conversación y me miraron sorprendidos. Ellos no entendían mi mundo y yo tampoco el suyo. Todos los pasajeros se reían de mí. Acepté que ya nada podía salvar a aquella sociedad, ignorante y estructurada.
Recordé que, ese día, a la mañana, esperaba otro tipo de actitud hacia mí.
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“Mariscos poderosos” por Melina Gennari
En 1915 un hombre escaló una montaña francesa junto a dos personas conocidas. Eran enemigos, pero comprensivos. En el recorrido del camino se encontraron con una especie de jabalí colorado. Se detuvieron y comenzaron a sacarle fotos, les resultaba muy sorprendente.
Como se acercaba la noche, decidieron seguir viaje y apurarse, pero como no tenían demasiada fuerza para escalar la montaña, empezaron a comer unos mariscos que habían comprado en el camino. De improviso, este alimento les dio poderes que utilizaron para crear una goma de auto voladora que los ayudó a pasar por un lago muy profundo que separaba el camino.
Sin embargo, como uno de los dos hombres era muy narigón, no dejaba volar la goma y por eso tuvo que viajar separado del resto de sus compañeros en una bicicleta teletransportadora que él mismo pudo crear gracias a los mariscos. Luego de los obstáculos que se les cruzaron en el camino, pudieron llegar a su meta: subir hasta la cima de la montaña.
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“El hombre del paraguas” por Julia Dimasi
La mañana está nublada y lluviosa. Estoy desayunando en un bar y por la ventana observo a este hombre. No me explico por qué no usa el paraguas, parece un hombre inteligente, es muy elegante. Pero no me animo a salir y ayudarlo, parece antipático. El sobretodo blanco que lleva puesto está todo sucio a causa del barro que produce la lluvia. Se lo ve complicado, pero convencido de no usar el paraguas, quizá está roto, ¿o simplemente le gustará sentir la lluvia?
En un momento el maletín que lleva se le cae y se abre, todos los papeles vuelan, pero los puede agarrar y, de manera desordenada, los vuelve a meter en su maletín.
En las miradas de las personas se nota que piensan "pobre hombre". Me parece raro que nadie lo quiera ayudar.
Una camarera se me acerca, se nota que este hombre llama mucho mi atención.
-No es un hombre muy honrado, siempre toma el colectivo de la línea verde, pero no sabe que ya no circula por esta zona –Me comenta la camarera.
-¿Por qué no les agrada? -Le pregunto.
-Es muy seco y amargo con todos, todo el vecindario dice que es una persona alegre, pero el hombre nunca responde de buena forma.
Le pregunto sobre el paraguas y me dice que nadie sabe porqué nunca lo usa los días de lluvia.
De pronto, tomo el celular y llamo a un taxi pidiéndole que pare en la esquina donde él está. No resisto verlo mojarse así. Corto y espero. Al llegar a la esquina, el taxi para y el hombre se sube.
En los días de lluvia lo recuerdo y siempre me pregunto porque no usó el paraguas.
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“Extrañas hermanas” por Micaela Istillarte
Son gemelas. Una se llama Alina y la otra India, van juntas al colegio y todos las confunden, pero las dos son distintas: una es rubia y la otra morocha, aunque de cara son iguales. Cuando una tiene hambre, la otra no. Todos piensan que son idénticas, incluso los padres no notan la diferencia. Ambas se ponen a pensar que no son siquiera parecidas, a las dos les gustan cosas diferentes.
Una de ellas toma la tijera de costura y empieza a cortar toda su ropa para que se vea bonita, pero a India no le gusta hacerlo. Alina encuentra dentro de sus ropas una foto de cuando eran niñas y piensa.
Desde entonces, han pasado algunos inviernos usando la misma ropa, aunque no compartan los mismos gustos, no tienen qué ponerse. Lo extraño es, sin embargo, que les gustan los mismos colores, olores y las mismas comidas, por eso, frente a su espejo, se ven reflejadas como dos chicas iguales con distintas características.
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“La fiesta” por Darío Giacchino
Eran las ocho de la mañana cuando Darío despertó entusiasmado por su fiesta de cumpleaños. Bajó las escaleras y vio que estaba decorada especialmente. Él era muy inquieto y siempre estropeaba alguna cosa. Esta vez no rompería nada. Entró en la cocina y la vio, era hermosa la torta que le había preparado su mamá. Fue en ese momento que se entristeció al pensar que ella le decía que no se juntara con sus amigos porque lo iban a llevar por mal camino. A él le parecía mal que acusara a las personas, más tratándose de sus mejores amigos. Se olvidó del tema cuando se acordó de la fiesta y descubrió que todo estaba en silencio, como si no hubiera nadie. Llegó la hora y comenzaron a entrar sus abuelos, tíos, y parientes, sus padres ya estaban, pero nadie lo saludaba.
-¡Hola Abu! -decía Darío. Pero nada.
Sus amigos todavía no llegaban y estaba muy preocupado. ¿Su mamá se los habría prohibido?
-¿Alguien me escucha? -gritó, pero nadie lo escuchó. Todos parecían muy tristes. Cuando llegó la hora de repartir la torta, él quiso comer, pero nadie le alcanzó. Trató de tomar un pedazo, pero cada vez que se acercaba a la torta, su mano pasaba de lado a lado.
Se puso a llorar, nadie lo escuchaba ni lo saludaba. Era el peor cumpleaños de su vida, se levantó de la mesa y de pronto, al acercarse al espejo, ya no tenía reflejo.
En un mueble descubrió que estaba su foto y, al lado, una flor.
Más de 143 años escribiendo la historia de Tandil
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