Jóvenes escritores de ficción
“Kilómetros de melancolía”, por Agustín Achaga
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Accedé a las últimas noticias desde tu emailLo recuerdo como si hubiera sido ayer, estábamos con mis hermanos jugando en el patio cuando mamá nos llamó desde el living, una vez allí nos dijo que nos arregláramos lo mejor que pudiéramos porque en unas horas iba a pasar algo que cambiaría nuestras vidas. Estábamos muy ansiosos por saber qué era lo que sucedería, nuestra madre nos había hablado en un tono muy cariñoso, cosa que a mí me dio desconfianza, ella nunca había sido muy afectiva.
Las horas pasaban y nada sucedía, hasta que se escuchó sonar el timbre, mi madre abrió y entraron varias parejas, las cuales no paraban de observarnos, de hacer comentarios, -¿qué preferís uno blanco, colorado o negro? –dijo Felipe, que se llevó a mi hermana. Me acuerdo que los otros decían cosas como esas y peores, juzgando parte por parte nuestro aspecto. Me sentí un objeto, como si nuestra madre no nos valorara en lo más mínimo. Normalmente, cuando suceden estas cosas, interviene la Justicia, pero en nuestro caso no fue así, era como si la ley mirara para otro lado.
¡Pobre de mi hermana! Fue a parar a un barrio muy pobre y, como era muy bella, las chicas de la zona la golpearon. Recuerdo su bella y pálida piel, pero ahora eso es historia porque la llenaron de moretones, todo gracias a mi madre.
Pasaban los días y mis hermanos eran separados de mí. Yo no entendía porqué, eso había pasado hacía muchos años y lo que sabía era lo que me contaba mi hermano mayor, aunque una parte de mí me decía que nada volvería a ser como antes.
-¿Por qué hacés eso? -le preguntaba yo.
-Lo hago por ustedes, para que tengan un futuro mejor –decía mi madre cada vez que le preguntaba, como si se hiciera la desentendida.
Nunca pude entender cómo la codicia puede corromper tanto a una persona.
Mi hermano mayor fue trasladado a un reformatorio, se envolvió en grandes discusiones con mi madre por querer interferir en sus negocios y ella lo llevó hasta esa horrible institución. Puede que ella tuviera razón, pero no tenía porqué llevarlo a un lugar tan desagradable, con un simple castigo hubiera sido suficiente. Aunque él tampoco se sorprendió cuando ella lo dejó en ese lugar, como si en un principio hubiera planeado terminar allí con tal de no ser vendido.
Ya habían pasado cuatro años desde que mi madre me había separado de la mayoría de mis hermanos, sólo quedábamos Vicente y yo.
Tenía sólo seis años cuando me buscaron, recuerdo que vino una pareja con su hija, me querían como regalo para la fiesta de quince años de ella. Sus padres querían llevarse a mi hermano, pero ella me quería a mí. El padre, enojado con el capricho de su hija, se la llevó por la fuerza y la subió a la camioneta. Y la mujer se quedó hablando con mi madre sobre mi precio.
Finalmente, después de varias horas de discusión, la madre de la chica convenció al padre y optaron por llevarme. Fue un minuto horrible en el que me arrancaron del lado de mi hermano, sentí que se me paralizaba el corazón. Recuerdo el humillante momento como si fuera ayer, mi sufrimiento mientras me ponían el moño en la cabeza y mientras mis lágrimas caían me hacían subir al camión. Vicente huyó, yo no lo podía creer, parecía que hubiese estado esperando ese momento, por lo visto todas esas frases como “nunca nos van a separar, hermanito” eran una farsa.
Mi madre no lo frenó porque estaba por dar a luz a mellizos, él tuvo la suerte de escapar, pero su final no fue de los mejores. A la semana de estar con mi nueva familia, escuché en la radio el trágico final de mi hermano: un camión lo había atropellado en la ruta.
Puede que yo no haya fallecido en un accidente de tránsito, que no me hayan desfigurado, pero lo peor me tocó a mí: ver cómo las cosas pasaban sin poder hacer nada porque era menor.
Quizás mi familia actual me trate muy bien, pero me hubiera gustado tener con mi verdadera gente lo que tengo con ellos. Era de suponerse que un auto como yo estaba destinado a este final.
“Envejecimiento”, por Rocío Gamondi
Hoy, siete de febrero, me desperté y enseguida me puse a pensar en él, es la persona que todavía amo. Con los ojos llenos de lágrimas me levanté y me fui a bañar. Era imposible olvidarme de quien me había hecho tan feliz. Después de desayunar salí hacia ese lugar gris donde voy cada vez que los recuerdos vienen a mí. Iba en el remís y se me escapó una sonrisa cuando me acordé de la primera vez que lo había visto. Era un día como hoy, los pajaritos cantaban y el sol alumbraba nuestras miradas. Ni bien lo vi, me enamoré, por dentro sentí como un rayo caía en mí.
Al llegar al cementerio caminé hacia la tumba y, en ese momento, vino a mí nuestra noche tan especial, él esperándome y yo, del brazo de mi papá acercándome a él para juntos decir “sí” y comenzar una linda historia juntos. Después de unos años llegaron los mellizos… con sus travesuras nos hacían reír. A los cinco años, nació nuestro hijo, nada nos hacía más feliz que estar todos juntos. Siendo más grandes cada uno tomó su camino junto a sus esposas.
Un día, la vida dio una vuelta inesperada y mi marido comenzó a enfermarse, sus pupilas se dilataban, los pinchazos lo dañaban y lo molestaban, la falta de cabello lo hacía ver más grande, pero en su rostro siempre observaba una sonrisa, como si la tuviera pintada. Unos meses después, tuvimos que viajar a Buenos Aires por su salud, y aún así él seguía sonriendo, con dolor, pero siempre con sus chistes presentes.
Me sequé las lágrimas y saqué de mi bolso una hermosa rosa roja y dejándola caer, recordé aquella noche, cuando jugando a la canasta, un mazo de cartas quedó sobre la mesa esperando un jugador las cortara.
“Más allá de la luz”, por Camila Cabrera
Me encuentro solo, en medio de la nada. Miro una y otra vez hacia los costados, atrapado en un vacío que recorre la zona. Temo que le hayan hecho daño, no logro verlo en ningún sitio. Está tan oscuro como una noche sin luna. Cierro los ojos y escucho aullidos. Me preocupo y comienzo a correr a toda velocidad en busca del auto. No lo encuentro, soy incapaz de ver el camino, mis ojos están cegados en medio de tanta oscuridad. Comienzo a escuchar atentamente. Alguien se mueve. Las ramas del suelo quiebran el silencio, delatando la presencia de otro ser en el lugar. No logro distinguir donde estoy. Sólo percibo un aroma extraño, como a humedad. Continúo en busca de ese olor. Mis sentidos funcionan, pero estoy confundido. Comienzo a caminar en dirección opuesta, guiado el aroma. Logro acercarme a lo que aparenta ser una pared. Me dirijo hacia el final de aquel muro. Caigo en un torrente de aguas que inundan mis pies. Se escucha una fuerte catarata estremecedora. Lo que parece ser un insecto muerde mi tobillo. Las lágrimas comienzan a correr involuntariamente en mi rostro. Permanezco unos instantes en el suelo, inmóvil. Todo se llena de agua. No puedo respirar y no logro moverme para salir de allí. Lloro en la desesperación de morir ahogado. De pronto, mis manos comienzan a moverse. El efecto de la mordida está pasando. Tomo fuerzas y consigo pararme, un tanto inestable por estar herido. Continúo sin ver nada, con fuerza de voluntad comienzo a caminar hacia adelante, tratando de salir de aquel lugar. Aún no llego tarde, mantengo mis esperanzas. Nuevamente siento la presencia de alguien. Veo claridad, mis ojos están sensibles, no puedo mantener la mirada en la luz. A través de ella, distingo una sombra. Trato de controlar la ira que me invade y grito en busca de respuestas. Siento que tocan mis piernas e inmediatamente, salto hacia adelante. Es mi perro, que he buscado todo este tiempo. No creo que estemos solos. Ni siquiera sé dónde estamos exactamente, aunque tengo una vaga idea sobre qué lugar podría ser. Consigo ver la figura de mi auto y nos acercamos a él. Subimos, manejo con cuidado, observando atentamente, tratando de localizar quién es el ser que estuvo presente todo este tiempo. No lo encuentro, y tal vez nunca lo haga, porque tal vez, sólo tal vez, sea mi imaginación.
Más de 143 años escribiendo la historia de Tandil
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