Jóvenes escritores de ficción
“La elección” por Mayra Acuña
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Una manzana llama la atención cuando tiene un color bien rojo, cuando su cáscara brilla sobre las demás. Ni bien la veo se me hace agua la boca, porque sé que me voy a comer esa deliciosa y brillante fruta. La tomo y le doy un mordisco, por dentro está toda podrida. Tomo otra y también está en mal estado, queda una y no parece igual que las otras, no tiene ese brillo perfecto. Igual la elijo. Por dentro está perfecta, tiene un sabor especial, así que me doy cuenta que no debo elegir por el aspecto, porque nunca se sabe cómo pueden ser las cosas en el interior.
“Destino” por Pamela Fantoni
Esta manzana era la más hermosa de todas, tenía un brillo que irradiaba como el sol; un color rojizo que llamaba la atención. Vivía día a día en la fuente de platino que estaba en la mesa y, poco a poco, otras iban desapareciendo.
No era la primera vez que ocurría, todas habían pasado por lo mismo, perdido familiares, unos más viejos, otros más jóvenes. La muerte era la misma, pedazo a pedazo se iba sintiendo la ausencia de los seres queridos.
Pero ella no quería sufrir más, estaba preparada para morir y acompañar a su familia; tenía tantas fuerzas que estaba dispuesta a dar su vida por salvar a los suyos. Y por eso había comenzado a brillar, su fe interior hacía que sobresaliera de entre las demás.
Ella estaba segura y así fue como la mano se aproximó a buscarla entre tantas otras que había. La sacó lentamente, la miró, y se dio cuenta de que esta manzana tendría otro destino. La dejó nuevamente en la fuente y marchó hacia rumbo desconocido.
“La venta” por Rocío Urban
En Tandil vivía Pedro, un hombre de estatura alta, robusto, de pelo castaño y con bigotes. Residía en el campo, que era un lugar muy grande, con árboles y un pequeño lago.
Por razones económicas había decidido vender dos petisos tobianos, uno manso y otro redomón, de cuatro y cinco años. Para ello publicó un aviso en el diario más importante de la ciudad. Desde entonces comenzó a recibir muchas llamadas con diferentes interesados. Algunas personas le ofrecían autos en mal estado a cambio de los caballos y otros, dinero, pero la cantidad no le alcanzaba para salir de las deudas que tenía.
Luego de muchas semanas, y de perder las esperanzas de venderlos, alguien llamó a su puerta. Era un señor muy bien vestido, flaco y alto. Tenía el pelo canoso y su piel arrugada. Parecía adinerado. Pedro le preguntó qué se le ofrecía y el señor le respondió que había viajado desde muy lejos para poder comprar sus caballos. Pedro le anunció que todavía estaban a disposición, pero que él pedía mucho a cambio. El comprador le dijo que estaba dispuesto a pagar cualquier suma de dinero, con tal de tener a esos caballos.
Luego de acordar los precios, Pedro y el señor fueron a un banco a retirar los fondos. En el trayecto hacia el centro, Pedro se dio cuenta que este hombre no había tomado el camino correcto para llegar hacia el banco, sino que había ingresado por un camino oscuro y apartado. Pedro comenzó a asustarse, el hombre había trabado las puertas y lentamente había sacado un revolver. Desde ese día nunca más vieron a Pedro ni se volvió a saber de él.
Por razones económicas había decidido vender dos petisos tobianos, uno manso y otro redomón, de cuatro y cinco años. Para ello publicó un aviso en el diario más importante de la ciudad. Desde entonces comenzó a recibir muchas llamadas con diferentes interesados. Algunas personas le ofrecían autos en mal estado a cambio de los caballos y otros, dinero, pero la cantidad no le alcanzaba para salir de las deudas que tenía.
Luego de muchas semanas, y de perder las esperanzas de venderlos, alguien llamó a su puerta. Era un señor muy bien vestido, flaco y alto. Tenía el pelo canoso y su piel arrugada. Parecía adinerado. Pedro le preguntó qué se le ofrecía y el señor le respondió que había viajado desde muy lejos para poder comprar sus caballos. Pedro le anunció que todavía estaban a disposición, pero que él pedía mucho a cambio. El comprador le dijo que estaba dispuesto a pagar cualquier suma de dinero, con tal de tener a esos caballos.
Luego de acordar los precios, Pedro y el señor fueron a un banco a retirar los fondos. En el trayecto hacia el centro, Pedro se dio cuenta que este hombre no había tomado el camino correcto para llegar hacia el banco, sino que había ingresado por un camino oscuro y apartado. Pedro comenzó a asustarse, el hombre había trabado las puertas y lentamente había sacado un revolver. Desde ese día nunca más vieron a Pedro ni se volvió a saber de él.
“Travesura” por Tomás Domínguez
Habíamos tomado la costumbre de saltar techos con mis amigos del barrio. En una de esas trepadas y corridas, una construcción muy gastada se desplomó y todos fuimos a parar al suelo de una fábrica. Afortunadamente a nadie le pasó nada, salvo algún raspón no muy grave.
Adentro de la fábrica había una máquina muy rara de forma redonda y con letras y signos en un idioma que nadie conocía. Parecía de otro mundo. Empezamos a inspeccionar todo el lugar, era más grande por dentro de lo que aparentaba por afuera. Enseguida nos dimos cuenta que tenía un parque dentro de ella, donde había arboles flores y hasta una fuente con varios chorros de agua sincronizados.
Seguimos inspeccionando todo hasta que nos dimos cuenta que, en realidad, era una base militar donde experimentaban con la naturaleza, para atentar contra ella y destruirla sin dejar rastro. Con los chicos coincidimos que había que incendiarla. Cuando comenzamos a prender fuego se escucharon gritos y voces humanas, pero nadie estaba ahí, excepto nosotros. Pronto todo comenzó a temblar hasta que se derrumbó. Llegaron los bomberos y la policía, pero nosotros ya estábamos en otro techo, mirando la situación.
Nadie sospechaba de nosotros y nos reíamos de nuestra hazaña. En realidad, no era ninguna base militar, nosotros conformábamos un grupo de pirómanos que nos dedicábamos a sabotear empresas que hacían competencia a quienes nos habían contratado. Era una cuestión de negocios, así nos ganábamos la vida.
Adentro de la fábrica había una máquina muy rara de forma redonda y con letras y signos en un idioma que nadie conocía. Parecía de otro mundo. Empezamos a inspeccionar todo el lugar, era más grande por dentro de lo que aparentaba por afuera. Enseguida nos dimos cuenta que tenía un parque dentro de ella, donde había arboles flores y hasta una fuente con varios chorros de agua sincronizados.
Seguimos inspeccionando todo hasta que nos dimos cuenta que, en realidad, era una base militar donde experimentaban con la naturaleza, para atentar contra ella y destruirla sin dejar rastro. Con los chicos coincidimos que había que incendiarla. Cuando comenzamos a prender fuego se escucharon gritos y voces humanas, pero nadie estaba ahí, excepto nosotros. Pronto todo comenzó a temblar hasta que se derrumbó. Llegaron los bomberos y la policía, pero nosotros ya estábamos en otro techo, mirando la situación.
Nadie sospechaba de nosotros y nos reíamos de nuestra hazaña. En realidad, no era ninguna base militar, nosotros conformábamos un grupo de pirómanos que nos dedicábamos a sabotear empresas que hacían competencia a quienes nos habían contratado. Era una cuestión de negocios, así nos ganábamos la vida.
“Profecía” por Mauro Castronovo
“En el Perú, una maga me cubrió de rosas rojas y después me leyó la suerte. La maga me anunció”: dentro de un mes vas a curarte de esa enfermedad que te atormenta desde hace años. Salí eufórico, esperanzado y muy animado. Tan valiente como una leona que cuida a sus cachorros, y no acobardado como una gallina o un avestruz. Fue un domingo fuera de lo común, para ser un domingo, claro.
A la mañana siguiente fui a visitar a gente que no veía hacía tiempo para trasmitirles esa maravillosa noticia. Mis colegas del trabajo se veían muy animados. Algunos me miraban con compasión, otros con asombro y unos pocos, maravillados. Sentía que había remontado vuelo hacia lo lindo de la vida.
Desbordaba energía, pero una voz en mi interior me decía a gritos que no me relajara tanto, que esperara. Mi felicidad me hacía sentir como un recién nacido, como si hubiese roto el cascarón del huevo. Tenía que salir a vivir la nueva vida que me iba a llegar en un tiempo.
Mi madre y mi padre no estaban muy convencidos de mi noticia, ya que no les había contado cómo me había enterado. Ellos no aprobarían que una mujer que se hacía llamar “maga” pudiera sanarme.
Pasó el tiempo estimado. Esa mañana al despertar me sentí raro, sanado. Miré mi cara pero no me asombré por lo que vi: mi cuerpo yacía inerte en la cama.
A la mañana siguiente fui a visitar a gente que no veía hacía tiempo para trasmitirles esa maravillosa noticia. Mis colegas del trabajo se veían muy animados. Algunos me miraban con compasión, otros con asombro y unos pocos, maravillados. Sentía que había remontado vuelo hacia lo lindo de la vida.
Desbordaba energía, pero una voz en mi interior me decía a gritos que no me relajara tanto, que esperara. Mi felicidad me hacía sentir como un recién nacido, como si hubiese roto el cascarón del huevo. Tenía que salir a vivir la nueva vida que me iba a llegar en un tiempo.
Mi madre y mi padre no estaban muy convencidos de mi noticia, ya que no les había contado cómo me había enterado. Ellos no aprobarían que una mujer que se hacía llamar “maga” pudiera sanarme.
Pasó el tiempo estimado. Esa mañana al despertar me sentí raro, sanado. Miré mi cara pero no me asombré por lo que vi: mi cuerpo yacía inerte en la cama.
Más de 143 años escribiendo la historia de Tandil
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