Juan Antonio Salceda y su ?Canto a Tandil? (8-6-08)
Yo te miro y miro, ciudad infantil y materna
en el valle tendida, como un fresco regazo
para los ojos y frente que nubla la fatiga;
mi pequeña y tierna ciudad casi sin historia
pero llena de vida.
Recibí las noticias en tu email
Accedé a las últimas noticias desde tu emailCiudad que me acaricias cuando miro tu cielo
con sus luces sucesivas; pequeña ciudad
plena de flores y pájaros; ciudad desconocida.
Las viejas piedras grises estrechan
tu cintura de amor y de alegría.
Y una túnica verde cubre tu desnuda
quietud y tus lejanías.
Ciudad sin primavera, pero primaveral
y de transparencias antiguas.
Ciudad de alegres abejas y niños que juegan
en tus calles infinitas; de noches estrelladas
en las que los grillos cantan y refrescan la brisa.
Desciendo hacia tu seno, ciudad fiel
como el agua que se bebe en la mano.
No ciudad triste, sino pura donde todo ríe
con un ritmo de canto.
No ciudad complicada, sino simple
y profunda como cielo estrellado.
Veo tus viejas lámparas encendidas
en la noche alumbrando los pasos.
Bajo a tu tierra virgen, renuevo tu granito,
desmenuzo tu cuarzo, y penetro
en tus enamoradas raíces hasta llegar
al pan blanco; o subo con tu savia
hasta las rojas rosas de estambres asombrados
que decoran los patios de las
sencillas casas de ladrillos dorados.
Me detengo a conversar
con los hombres santificados por el trabajo.
Desciendo hasta ti, ciudad ejemplar
poblada de senderos y andamios.
Puedo contar tus casas y contar tus oficios,
tu dolor escondido.
Me acompaña una orquesta
que el aire trae del cerro de sonoros martillos.
Me asomo a tus ventanas; en las horas
tranquilas escucho tus latidos.
Ciudad nueva y durable de frescas
realidades y de ensueños antiguos.
Te construyeron hombres mezclados
en un sueño de esperanza y prodigios.
Ciudad repetida como un poema
pero distinta de todo lo visto.
Ciudad clara de sangre adolescente
que creces con la esbeltez de un pino.
Vivaz como una estrella, pero inocente
como el sueño de un niño.
Ciudad de mis ensueños, me sumergí en tu falda,
descendí a tu espesura.
Supe de tu secreta ansiedad, de tu íntimo afán,
de tu abierta ternura.
Comprobé que tienes los colores del hombre
que maduran su angustia.
De libertar su espíritu y encontrarse
a sí mismo en otras aventuras.
Lejanos ecos propios, voces que vienen
y van hacia todas las rutas,
que hicieron más fácil la labor de ser hombre
y curaron amarguras.
Yo he vivido en tus calles, he crecido en mis hijos,
tengo las manos puras.
He aprendido en tu pueblo,
en tus sencillas gentes, a vivir la hermosura
de compartir la luz del mundo
y al mismo tiempo compartir su noche oscura,
y saber que la buena aurora siempre llega
para todas las criaturas.
Ciudad de la paz, de frágiles palomas
y del esfuerzo continuado.
Ciudad en la que el día juega
en las montañas y la noche
muere sobre los campos.
Ciudad que tienes la brillante
y real apariencia de un cofre entre mis manos.
No ciudad inmemorial, sino presente
y amplia como el fondo de un río claro.
Ciudad pequeña y tierna, ciudad de manantiales
en que se honra al trabajo.
Entre tu corazón y el hombre no hay
un desierto muro, sólo hay un paso.
Un sendero florido que nos lleva
hacia el cierto futuro de las manos.
Ciudad en que la vida pasa
como un besar profundo de días y de años.
Ciudad en que descansan mis padres
y sin darme cuenta estoy enamorado.
Tandil, ciudad en que vivimos
nuestra victoria de amor y de trabajo.
JUAN ANTONIO SALCEDA
Tandil, año 1960
Más de 143 años escribiendo la historia de Tandil
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