Juan Sebastián Briscioli compartió un mensaje sobre la necesidad de fe en tiempos de confusión
“Las respuestas de la razón no excluyen las de la fe y la fe tampoco excluye la razón. Pero se trata de fortalecer la esperanza frente a las cosas que están sucediendo”, comenzó diciendo el padre Juan Sebastián.
-¿Y de qué modo diría que se fortalece la esperanza?
-Yo pensaría en qué poner la esperanza, porque las cosas no van a cambiar porque sí. Dios puede intervenir y hacer milagros, pero sólo cuando el hombre ya no puede hacer nada.
La solución al desorden social no es tarea de Dios, sino de nosotros. Creo que la raíz de todo, exceptuando los desastres naturales, es moral. Hasta que no se ordene la situación moral de las personas, las cosas no van a cambiar mágicamente.
-¿Cómo definiría lo que es la problemática moral?
-Creo que bajo la bandera de la diversidad se permite cualquier cosa. Se promociona cualquier valor, sea en los medios de comunicación o en la vida cotidiana, como si todo estuviera bien y la prueba es la situación que estamos viviendo.
El discurso no es moralista, sino que estamos pensando en cómo se puede ser feliz. Yo creo que hay esperanza y eso depende de que las personas tomemos en serio la vida moral y eso no consiste en meros preceptos que tenemos que cumplir, sino que se trata de las normas que nos garantizan tener una sociedad ordenada.
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Accedé a las últimas noticias desde tu email-Hoy asistimos a nuevos tipos de familia…¿Cómo ve eso la Iglesia?
-Esto no es privativo de Argentina, es mundial. En la sociedad se colabora para que se disgregue la familia.
En principio, hay que pensar bien qué es un noviazgo serio, con valores compartidos. Y después, si un padre no se ocupa de sus hijos, no está presente, es difícil que el hijo sienta pertenencia a su familia.
Si vivimos promocionando espectáculos que fomentan la promiscuidad, la familia se ve afectada.
También se ve a padres que son gobernados por sus hijos, a quienes renuncian a ser padres. Y ser padre no es sinónimo de ser déspota o autoritario, sino cumplir un rol con el hijo.
-¿Y qué pasa con el mundo del trabajo?
-Esto influye mucho en la familia. Que madre y padre tengan que trabajar, se traduce en una desatención. Aunque no es una regla que deba ser así.
Lo que sí veo es una crisis moral respecto al trabajo, porque quizá muchos trabajan para ganar más plata, tener más cosas y ésa no es la única función del trabajo. Uno lo hace para ganarse el pan y ser feliz trabajando, salvo cuando las condiciones son agobiantes.
Creo que el camino de la felicidad no consiste en trabajar para tener un auto o un televisor más grande, que eso esclaviza a las personas.
-El magisterio pontificio siempre es muy claro. Yo creo que si viene alguien a preguntar nadie cerrará la puerta, pero no voy a renunciar a la doctrina de nuestra fe. Si por ‘aggiornarse’ se entiende renunciar a los principios morales de la fe que uno tiene, se está traicionando esa fe que uno tiene.
La Iglesia está abierta a escuchar y dialogar, pero no a renunciar a los propios principios.
-¿Cómo se permanece en la misma doctrina cuando la sociedad se ha modificado tanto? Por ejemplo, en el caso del divorcio.
-Es difícil entenderlo, pero en el caso del matrimonio hay que saber bien qué es ese sacramento. Después, tener claro que no es una cuestión de permiso de la Iglesia, sino una cuestión de gracia. Si un hombre y una mujer juran ante Dios amarse y respetarse durante toda la vida y fallan, Dios no falla. Si se selló eso en un momento, no puedo decirle a Dios que no hay más sacramento. Entiendo que es doloroso, que muchas personas se encuentran en esa situación, pero hay que ser amigo de la verdad. Entonces, si las personas con pleno conocimiento y consentimiento firmaron ante Dios, haciendo los pasos necesarios, sabiendo que el matrimonio cristiano es indisoluble, yo no tengo derecho a borrar eso, no es una cuestión de permiso legal.
Hay que tomar conciencia en el camino de la felicidad y ver los medios concretos, que deben ser bien escogidos, como lograr un noviazgo bien maduro donde se compartan las cosas que son fundamentales. En este sentido falta mayor seriedad, perseverancia, diálogo, paciencia y también la fuerza de lo espiritual.
-Las personas tienen necesidad de Dios, porque Dios puso ese deseo en el corazón y de un modo u otro, lo buscan. Hay modos más perfectos y maneras más imperfectas.
Pero quizá falta un poco de madurez, porque la religión es un camino de plenitud, de búsqueda de la felicidad, apartando lo que ofende a Dios que, en definitiva, es lo que nos hace mal a nosotros.
Igualmente, en mi parroquia los bautismos han aumentado notablemente, tanto como los casamientos y la presencia en las misas.
Lo que falta quizá es un poco de compromiso, pero no sólo en la Iglesia, sino en las escuelas, en la vida cívica. Siempre son los mismos los que participan y se comprometen.
-¿Entonces no falta presencia, sino compromiso?
-Creo que no hay falta de fe, sino falta de aprendizaje y de perspectivas nuevas, que la Iglesia debe dar para ayudar a transitar este momento. Si uno tiene una actividad concreta la gente se suma, pero hay que ser perseverantes.
-¿Cuál podría ser el camino a recorrer desde la fe?
-Creo que en el fondo, el problema es que el hombre no se ubica en su lugar de criatura frente a Dios. Mientras el hombre decida lo que está bien y está mal, ocupe el lugar de Dios y pretenda que Dios lo siga, hasta que eso no se reubique, todo lo demás es consecuencia.
Hoy la modernidad se está agotando. El hombre pensó que con la razón iba a ser feliz y la realidad es que eso no se logró de la manera que se esperaba. Así que esperemos que las épocas venideras sean más espirituales y eso se expresará en actos y leyes que ayudarán a transformar la realidad.
-¿De qué manera?
-La moral, los actos que nos encaminan a la felicidad no sólo pueden ser producto del consenso sino que se desprenden de Dios o, para el que no es cristiano, de la naturaleza, ya que las leyes morales son intrínsecas a la realidad. Se trata de ser fieles a la verdad.
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