Juicio por el homicidio de los italianos: Pidieron 25 años de prisión por el doble crimen y la defensa insistió en la emoción violenta
Con una profusa argumentación, a pesar del extenso tiempo demandado en cada una de las intervenciones, resultaron relatos atrapantes por los sólidos conceptos como por momentos de apasionantes razonamientos de lo que sin dudas, y más allá de la pena a imponer por el Tribunal, resultó un caso atípico.
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Accedé a las últimas noticias desde tu emailFuera de lo común por la brutalidad del doble crimen del matrimonio Bravata, por las historias, características y personalidades de las víctimas y victimario de semejante hecho, Martín De Agostini, quien, por primera vez a lo largo de los capítulos de lo que duró el debate, aceptó hablar y fiel a su personalidad que bien supieron resumir los peritos psicólogos, pidió perdón. No a los deudos del matrimonio de italianos, sino a su familia, amigos, por lo que están pasando por su culpa (ver aparte).
De la escala penal permitida por el código (de 8 a 50 años) el fiscal tomó en cuenta atenuantes varios y exigió una condena de 25 años de prisión. El defensor, en tanto, insistió en la figura de la emoción violenta, a sabiendas de que el mismo código habla de una escala de 6 a 12 años prisión.
A partir de ahora, mejor dicho desde ayer, toda la atención quedó centrada en el Tribunal, quien el próximo viernes ventilará su veredicto y sentencia.
La pena a imponer
A la hora de su intervención, el fiscal Luis Piotti se permitió una primera reflexión antes de adentrarse en su acusación. Preguntó y se preguntó sobre la naturaleza del caso que los convocó. Cuál ha sido la gravedad de la discusión del hecho, siendo que desde iniciada la pesquisa se contó con que la escena del crimen había sido filmada. “El propio muerto filmó su muerte”, por lo que tuvieron “el privilegio” de una prueba irrefutable sobre la autoría. Entonces, siguió reflexionando: “Nos desviamos de lo importante, el caso se disparó hacia otro lado”.
En ese tren reconoció la particularidad del caso en cuanto a un autor material que goza del mejor de los conceptos, y en el medio dos muertos a martillazos, víctimas extranjeras sobre las que se les pretendió imponer un corte mafioso. El problema, entonces -dijo Piotti-, finalmente es cuánta pena es la correcta.
Ya adentrándose de lleno en la hipótesis de la emoción violenta apelada por la defensa, el fiscal tuvo en cuenta todos los elementos previos y posteriores al hecho de sangre para preguntarse dónde estaba el elemento de inimputabilidad.
Para eso, Piotti construyó la historia anterior como posterior al momento que ingresó a la casa de 14 de Julio al 100 y así buscó desterrar la posibilidad de que De Agostini no estaba en sus cabales a la hora de protagonizar lo que protagonizó.
El fiscal se tomaría de los tópicos esgrimidos por el defensor y buscó anularlos uno por uno para así desechar, a su entender, la hipótesis del acusado.
Sobre el hecho violento, Piotti recordó que hubo otros hechos en Tandil como en otros lugares (caso Barreda) en los que vecinos normales un día dejan de ser quienes eran y se produce una ruptura en su historia biográfica.
Respecto al actuar burdo que incluso subrayó el perito de parte a la hora de cometer el hecho y dejar semejante caudal de evidencia, el fiscal respondió sobre la falta total de una crítica razonable. Allí, explicó que dejar el arma homicida (el martillo) no resultó indicio de nada, siendo que no se hallaron huellas. También arremetió con la salida de De Agostini, quien limpió el picaporte del portón antes de salir, que corrió el cuerpo de Santo Antonio Bravata para ocultarlo de la vista de un circunstancial testigo.
También aclaró que el acusado no dejó la puerta abierta, sino que estaba cerrada, sin llaves. Sobre la luz prendida, el suceso criminal ocurrió de día, por lo que la luz prendida no cobraba incidencia.
Arremetió así contra las consideraciones del perito de parte Maldonado, sobre quien tildó de contar con escasa información cabal de lo que había en la escena del doble homicidio. Siendo que de los elementos que tenían una entidad clara (correr el cadáver, cambiarse la ropa, retirar la documentación, irse en camioneta, etc.) nada dijo el experto.
El ministerio público insistió que a la hora de probar la dismnesia, la inconciencia aludida, no sólo se debía abordar la pérdida de memoria sino también el comportamiento previo que tuvo el protagonista.
Asimismo, enfatizó que la amnesia no estaba probada. No existió -al entender fiscal- ningún otro soporte que alimentase la idea de que perdió la memoria, y así concluiría en una amnesia simulada. “De Agostini no es creíble, incurrió en contradicciones varias, adecuó el relato a su conveniencia”, definió Piotti a la hora de analizar los dichos del acusado una vez detenido.
Insistió en que entrar en crisis por emoción violenta implicaba otras actitudes totalmente distintas a las optadas por el imputado y allí reiteró sobre la muda de ropa y el viaje a Necochea. A la vez planteó que si bien llevaba el martillo encima, cómo lo llevaba cuando manejaba en la camioneta, dejando en claro que a su entender hubo una predeterminación de ir a la casa con el designio de matar con el martillo.
Ya sobre las presuntas amenazas recibidas por la víctima, Piotti dejó sentado que no hubo prueba alguna de que Bravata era un hombre violento, poniendo en tela de juicio la seriedad de los informes de Interpol sobre sus antecedentes con la Cosa Nostra.
Reseñó en este aspecto que Bravata consultó a un escribano para tener los papeles de reconocimientos de deuda legalmente, lo que estaba lejos de lo que se pretendió instalar sobre un pasado mafioso.
También subrayó las contundentes conclusiones de las peritos oficiales sobre el estado de emoción que decodificaron del acusado, haciendo referencias a que un estado de emoción violenta implica que se zafan los frenos inhibitorios, con lo que no resultó compatible con los gestos corporales y la intensidad de las acciones de De Agostini, durante y después del hecho.
Además, preguntó si existió un elemento exógeno que le provocó la reacción violenta contra Bravata, porqué luego mató a la mujer.
Piotti reconoció que el caso reviste un traspié enorme frente a quién resulta De Agostini, que llevaba una vida familiar, lazos fuertes de amistad y sociabilidad, pero que de un tiempo al día del crimen, comenzó a tener otras actitudes contempladas en lo que podría sintetizarse como propio del mundo de la codicia.
Dejó de ser un empleado a empleador con responsabilidades que no supo resolver. Emprendió un manejo de dinero, viajes, juego, una camioneta importante que lo llevaron a otro nivel de exigencia social y quedó bajo dicha presión, pero que nada tenía que ver con un grado de inconciencia que lo llevase a la emoción violenta.
Un mensaje a la sociedad
Cerrando, tras una hora y media de alegato, volvió con el tono reflexivo a la hora de plantear sobre qué se busca con una pena. Si sólo se alude a una necesidad de resocializar al sujeto o hay que dar otro mensaje también.
Consideró al respecto que si fuera por lo primero, De Agostini no necesitaría reproche penal, pero subrayó que la pena también reviste el sentido de un castigo para dejar sentado a la sociedad que si se hace algo como lo que hizo el acusado, está obligado a pagarlo. “Ese es el mensaje de la ley”, sentenció el fiscal, para luego añadir en que la pena tiene que ver con la gravedad del caso.
Finalmente y tras enumerar una buena cantidad de atenuantes (especialmente el excelente concepto que se tenía sobre el acusado y la falta de antecedentes) y citar agravantes (extrema violencia empleada, la premeditación, conductas por la codicia, entre otras), pidió una condena de 25 años de prisión.
Hubo un desequilibrio mental
Tras un cuarto intermedio llegaría el turno del defensor Diego Araujo, quien utilizó un power point para hacer más didáctica las más de dos horas y media consumidas para intentar cambiar la historia escrita por el fiscal e insistir en el estado de inconciencia de su pupilo que lo llevaría actuar bajo la emoción violenta.
Sin mayores preámbulos Araujo arremetió con que De Agostini actuó con su conducta disminuida, acreditada por los diversos testimonios y peritajes.
El letrado insistió con que se estaba frente a un caso distinto, ya que si no, frente a la escena del crimen la investigación hubiera demandado apenas diez días y tampoco el fiscal se hubiera tomado tanto tiempo a la hora de alegar.
Consideró Araujo que había que establecer los grados de estados emocionales y así comprender que De Agostini actuó bajo una amnesia atípica, contenida bajo las amenazas, miedo, angustia profunda, lo que lo llevó al trastorno mental transitorio, para así citar bibliografía que respaldaba su hipótesis, con autores como Zaffaroni y Cabello.
Enfatizó que dicho trastorno emocional había que analizarlo “al tiempo de realizar la conducta”, léase una vez dentro de la casa, sin dejar de contemplar determinadas circunstancias que potenciaron aquella emoción violenta, como el estrés y la tensión sostenida por las amenazas recibidas.
Araujo insistió en desalentar la hipótesis de que De Agostini fue a matar, como si se tratara de un sicario que actuó a sangre fría. Allí enumeró el horario, la ubicación geográfica de la vivienda, el conocimiento que tenía de los elementos de seguridad de la casa (las cámaras), elementos que lo alejarían de una intención homicida.
Recordó que se trató de un hombre de familia, de trabajo, apartado de todo acto violento y que en el último tiempo vivió angustia, tensión, acotando que no contaba con antecedentes de irritabilidad antes del período de angustia.
Entonces, planteó que si no hubo un designio homicida algo ocurrió como detonante en la casa para que reaccionara como lo hizo.
Así, continuó, reforzó la idea del automatismo con que cometió el crimen. “Un hecho inusual. No hay habitualidad en las muertes. Once golpes a Bravata y cuatro a la mujer. La cantidad, la repetición, localización de los golpes hablan de algo muy particular, adujo.
En otro orden, descartó que la motivación del crimen fuera la deuda económica, ya que tenía más deudas con otras personas, incluso más importantes, sin embargo algo pasó en la casa de Bravata y allí ratificó el nivel de las amenazas.
No escatimó en críticas para con el informe y las declaraciones de las peritos oficiales, a las que en resumidas cuentas consideró que las opiniones estuvieron sesgadas por la visualización del video.
En el mismo tono crítico consideró que los peritajes no tuvieran en cuenta las variables de los trastornos emocionales, para luego subrayar que la cuestión del estímulo no tenía que ver con la intensidad de las amenazas, sino con la vivencia que tiene el propio receptor de dichas amenazas.
Según el defensor, ninguno está exento de una situación semejante, sobre todo si se siente que la vida de los hijos corre riesgo.
Para Araujo, y citando autores que respaldarían su hipótesis, quedó probada la emoción violenta, que hubo un trastorno de la conciencia y que su defendido sufrió una inimputabilidad disminuida. A la vez, aclaró que De Agostini estaba incapacitado de simular semejante estado emocional, de lo contrario se estaría frente a un hombre con cabales conocimientos psiquiátricos y de derecho penal.
Respondiendo a las últimas reflexiones del fiscal en cuanto al espíritu de ejecutar una pena, refutó ideológicamente aquellos dichos, considerando que la figura de la pena no debe tomarse como un mal, un castigo, puesto que si bien es cierto que a determinados sectores así les pesa, no es pretendido ese espíritu en el país ni en los tratados internaciones de derechos humanos.
Así, entonces, Araujo pidió a los jueces que comprendieran la figura de la emoción violenta (una pena de seis a doce años) o la inimputabilidad disminuida, figura ésta que queda a criterio del Tribunal la pena a imponer.
“Pido perdón a mi familia”
Como es rutina al finalizar el debate a la espera del veredicto, el Tribunal le preguntó a De Agostini si tenía intenciones de decir algo sobre lo visto y escuchado en el juicio.
El acusado, que durante las audiencias permaneció inmutable, sin mirar casi nunca al público, íntegramente copado por sus familiares y allegados, aceptó el convite, pero sólo para hablar sobre sus sentires, no sobre el caso que lo llevó al banquillo de los acusados.
De Agostini, entonces, se despachó con un agradecimiento a su familia por estar siempre a su lado. Apoyo y sostén para no caer. “Perdón por lo que les hice y les estoy haciendo pasar. Sé que sufren igual o más que yo”, dijo el hombre que volvió a quebrarse emocionalmente al igual que quienes eran receptores de su sentido mensaje.
“Es por culpa mía, fui yo que los llevé a esto, por orgullo, desesperación, terminamos en esto. Los involucré en algo que no se merecen”, dijo ante un auditórium que sólo el silencio se vio interrumpido por el llanto.
“Gracias a mi amigos que no me dejaron y pido disculpas a todos los que les hice pasar un momento como éste”, siguió, para luego aclarar que lo que hizo “no fue voluntario”.
Otro de sus párrafos lo dedicó a sus días en la unidad penitenciaria, desmitificando aquello de que en la cárcel se trabaja en la resocialización. “Allí sólo se sobrevive”, para luego contar que no ha recibido ayuda terapéutica alguna desde su encierro y que sólo sigue en pie por el apoyo incondicional de sus seres queridos.
Así De Agostini cerraría su corta pero sentida alocución dirigida exclusivamente a sus seres queridos, aquellos a los que quiso proteger ocultando lo que le estaba pasado hasta llegar a semejante desenlace, con la culpa ya no sólo de llevar sobre sus espaldas la pesada mochila con dos cadáveres, sino con la exposición y el dolor interminable de su familia que ahora, resignada y respetuosamente, aguardará por un veredicto conocido de antemano. Sólo resta saber qué pena , cuántos años de cárcel, merece semejante accionar.
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