Juzgan al imputado por violar a su hijastra en un contexto familiar marcado por la violencia
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Una tremenda historia familiar comenzó a ventilarse ayer en el debate por el juicio oral que se le sigue a un hombre acusado de “Abuso sexual con acceso carnal agravado en reiteradas oportunidades”.
El fiscal Gustavo Morey y la abogada Laura Vasconcelo de Paz -bajo la figura de particular damnificado- intentarán probar que la víctima, una menor de 7 años, padeció las violaciones sistemáticas de su padrastro hasta que tuvo alrededor de 12 años. Las escenas se habrían repetido entre junio de 2000 y fines de 2005.
Por el contrario, el abogado defensor Diego Araujo adelantó que pedirá la absolución porque entiende que el ministerio público fiscal no podrá acreditar el hecho ni la autoría material de su pupilo.
Durante el debate, el Tribunal Criminal Oral de Tandil, presidido por Guillermo Arecha junto a Pablo Galli y Agustín Echevarría, aceptó la moción del imputado de no presenciar los testimonios y rechazó la solicitud de la defensa de suspender la audiencia. Araujo argumentaba que la fallecida madre de la menor había expresado su voluntad de no seguir adelante con el proceso penal en la causa por abuso, delito que se inscribe en la órbita de lo privado.
El incesante desfile de testigos fue delineando una trama de violencia física y simbólica, en la que la palabra abuso apareció en diversas instancias de la historia familiar e involucrando a múltiples personas, más allá del caso que se pretende dilucidar.
Las sospechas
de la abuela
La primera en declarar fue la abuela de la víctima, quien aseguró que sospechaba desde 2006 que el padrastro abusaba de la pequeña. Incluso, afirmó que acompañó a su hija, la madre de la menor, a radicar una denuncia en el Juzgado de Menores.
La mujer relató que, luego de la muerte de su hija, la niña confesó que tenía algo para contar y la llevó a declarar ante el fiscal Luis Piotti. También aclaró que su nieta nunca le narró los hechos directamente, pero que ése fue el instante en que confirmó sus sospechas.
La abuela dijo que si bien iba poco a la casa de su hija, cuando su nieta tenía 10 u 11 años solía encontrarla sentada sobre las rodillas del acusado, quien le daba besos en la boca.
Por otro lado, hizo mención a un clima de violencia familiar, en el que la madre de la menor vivía bajo amenazas y también sospechaba que su pareja podía abusar de la niña. Describió un trato preferencial por parte del imputado a la víctima en comparación con el resto de los hermanos, a la que le hacía regalos y le compraba ropa.
Además, habló de otra menor, amiga de la víctima, con la cual el acusado habría mantenido una relación similar, la que habría disparado nuevos conflictos en la pareja y familiares.
“Se sentía la
violencia”
Estos relatos fueron ratificados por la trabajadora social que mantuvo entrevistas con la familia a partir de la denuncia radicada en 2006, quien aseveró que la madre daba indicios de la situación de abuso: “Lo enuncia pero no lo denuncia”, señaló. Y describió que al visitar la vivienda en una oportunidad en que se encontraba el padrastro “se sentía la violencia en la familia”.
Otro testimonio importante fue el de la psicóloga de la menor -la trató durante un año-, quien descartó que hubiese fabulaciones. La profesional también ratificó la declaración que la víctima efectuó en la Cámara Gesell.
Ante las insistentes preguntas del doctor Araujo, la profesional defendió sus conclusiones y aseguró que la niña sufrió “un trauma irreparable”. Al describir los indicios que la llevaron a determinar la certeza del relato, explicó que la víctima incurría en una disociación como mecanismo de defensa. En este sentido, ejemplificó que la menor no recordaba detalles de los momentos en que era obligada a bajarse la bombacha y era penetrada sexualmente, ni siquiera haber sentido dolor, sólo el ruido de la radio.
Por último, se refirió a una fuerte manipulación emocional del imputado hacia la menor, a la que mantenía constantemente amenazada.
La tercera profesional que declaró fue una médica, quien aseguró que revisó a la víctima y a sus hermanos para constatar si tenían signos de golpes a partir de la denuncia por violencia familiar. La doctora negó haberle practicado un examen ginecológico a la niña, por lo que sólo aportó algunas cuestiones generales de este tipo de casos.
Una casa, otro
eje del conflicto
Entre los testigos citados por la defensa declaró el abogado Claudio Castaño, quien mantuvo vínculos profesionales con el imputado y fue relevado por éste del secreto profesional.
Con libertad para hablar, el letrado contó los reclamos que encaró a pedido del acusado para recuperar la propiedad en la que quedó viviendo su suegra y los numerosos hijos del hombre. Esto ocurrió tras permanecer por un tiempo en la cárcel en el marco de otra causa por la que fue liberado, momento en que intentó regresar a su casa.
Por otro lado, Castaño dijo que, antes de morir, la madre de la menor lo consultó para “paralizar una instancia penal” y le confesó que “no le creía a la hija, que era un ardid porque (el imputado) era muy riguroso con la crianza de los hijos”.
Además, brindaron sus testimonio tres personas que contrataron al imputado para realizar distintas tareas de albañilería en sus casas, coincidiendo en que les merece un buen concepto. Todos afirmaron que lo dejaron solo en los domicilios con sus hijas mujeres y que nunca tuvieron problemas por insinuaciones sexuales.
El último en desfilar ante el Tribunal fue el hermano del padrastro, quien lo definió como “un tipo sencillo, trabajador, respetuoso”, que no pudo estudiar y estuvo como interno en el Hogar de Varones.
Consideró que la acusación de la familia de su ex cuñada “se basa en la permanencia de esta gente en la casa”.*
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