La auténtica primera vez
A nadie puede escapar que el acontecimiento vivido en la víspera, con la recuperación del tren de pasajeros a la ciudad, posee una importancia significativa. Con tantas estaciones ferroviarias abandonadas a lo largo y ancho del país, la población de Tandil había descartado en los últimos años un eventual retorno del ferrocarril. Era una causa considerada perdida para la gran mayoría.
Pero ahora se ha recuperado el optimismo y nos permitimos anhelar una superación constante. Por ejemplo, que en lugar de dos días por semana podamos contar con el tren en forma más asidua. Y que las vías se continúen arreglando para que el recorrido demore el menor tiempo que fuese posible.
Por el momento, esta conquista le vendrá bien a mucha gente, pero en particular a los estudiantes que podrán regresar a su ciudad para visitar a sus familiares con un costo bastante inferior al que debe abonarse en las compañías de ómnibus.
El acto de ayer, la expectativa, la convocatoria realizada, la visita del propio Gobernador, nos remite a imaginarnos y evocar la gran jornada que vivió Tandil 129 años atrás, el 19 de agosto de 1883, cuando se produjo la auténtica primera vez del arribo del tren al entonces pueblo que todavía no reunía diez mil almas.
Sin embargo, los pobladores de la época eran absolutamente conscientes de que el ferrocarril iba a significar una bisagra en el desarrollo económico y social de Tandil, que había sido fundado sesenta años atrás, en 1823.
Tanto es así que un gran hacedor como el doctor Eduardo Fidanza decidió fundar, en el año 1880, un periódico que denominó precisamente El Ferro Carril y que dejó de aparecer cuando cumplió el objetivo, es decir en el momento en que el tren arribó a estas sierras por primera vez.
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Accedé a las últimas noticias desde tu emailAsí las cosas, don Gómez dispuso para la ocasión la instalación de 28 faroles de seis frentes cada uno, construidos por Samuel Peyrel, padre de quien luego fuera Sebastián Heder Peyrel, aviador tandilense conocido por haber construido aquí su propio aparato para volar, con el que lamentablemente halló la muerte en un accidente, el 24 de diciembre de 1919, mientras se desplazaba por el aire en un homenaje al Día de los Españoles en la zona del Hipódromo.
El entusiasmo, la algarabía y los sueños de los tandilenses de entonces era tal, que todo el pueblo se arrimó a la Estación, pero además celebraron y brindaron todos, como si estuviesen augurando el destino de prosperidad que le esperaba a Tandil a partir del enorme empujón que implicó el ferrocarril, para el transporte de pasajeros y de carga.
La gente festejó como corresponde, y el citado jefe comunal ordenó también realizar un asado con cuero para los ingenieros y obreros que llegaron con la primera locomotora. Tiraron la casa por la ventana. Pero cuánta razón tenían para festejar.
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