La Botella medio llena
La reciente eliminación de Santamarina en el Argentino A ha arrojado, inexorablemente, un sentimiento de frustración en el pueblo aurinegro. Fue, sin dudas, un golpe a la ilusión.
Pero más allá de esa bronca por la oportunidad dilapidada, bueno será saber leer el trasfondo de una campaña exitosa por donde se la analice. Sintéticamente, evitar que el árbol nos tape el bosque.
Y fuera de la figura del futbolista, el protagonista más genuino pero no por ello el principal, emerge la de Duilio Botella, el conductor más allá de la línea de cal.
Ese entrenador que aceptó el desafío en momentos en que se dudaba sobre la participación del club, a raíz de que éste se hacía añicos desde lo dirigencial.
Avido de tener una oportunidad en el ?fútbol grande?, el Pekerman vernáculo se hizo cargo del barco del cual se vio obligado a bajarse Mario Finarolli, ante la imposibilidad de trabajar en condiciones medianamente normales.
Y Botella sabía que tomaba un fierro caliente, que tenía mucho más por perder que por ganar. Nadie saca chapa por mantener un equipo en una divisional y en caso de no alcanzar ese objetivo (el de ese momento) la campaña podría haber sepultado, al menos en el corto plazo, todas sus apetencias de poder dirigir en las ?grandes ligas?.
Pero Botella arriesgó, y Botella ganó, enalteciendo no sólo su figura sino también la de sus colegas locales, al demostrar que no siempre es imprescindible recurrir a entrenadores foráneos.
Dispuesto a arreglarse con lo que había, plantó una estructura de equipo que se sostendría de principio a fin, y a medida que transcurrió el certamen fue implementando los ajustes lógicos.
Estableció una columna vertebral, con un Bertoya al que supo bancar hasta en rendimientos bajísimos, hasta que el tiempo le dio la razón. Con un Beratz que terminó siendo un referente defensivo y un Dragojevich con verdadera calidad de capitán, al que valoró acaso más por su condición de líder que por sus dotes futbolísticas.
En el medio, dos baluartes, una consolidación y un hallazgo. Emmanuel Giménez, acaso el punto individual de mayor relieve en toda la campaña, y Darío González, además de adosar su acento cordobés regaron de fútbol el mediocampo aurinegro. Santos ratificó todo lo que venía desarrollando en la era Tenaglia y Julio Cuello, a su llegada delantero en la consideración de todos, terminó dejando su sello en el carril derecho.
Y en la parte de adelante, el entrenador tuvo como valor más preciado a un Elizondo que no defraudó, y a un Barrio Suárez que compensó con goles y enjundia sus limitaciones técnicas, para ganarse la titularidad y la aprobación de su público.
En torno a ellos, valores que sirvieron como revulsivo para contribuir con la causa. Tal el caso de un Leandro García que pese a perder la titularidad en el final de la temporada, respondió con solvencia sin sentir el cambio de categoría; el picante Alfredo Abalos, que más de una vez solucionó problemas, o Adrián Arévalo, el crédito local que, pese a sus altibajos, confirmó su capacidad para no desentonar en la divisional, al igual que Agustín Harguindeguy, otro local que debió dejar el plantel por cuestiones extrafutbolísticas tras rendir con creces pese a verse opacado por Giménez.
Pero más allá de lo individual, se impuso lo colectivo. La imposibilidad de hallar figuras rutilantes así lo denuncia.
Y en ese sentido será inevitable reconocer el trabajo del cuerpo técnico, en su conjunto. Desde los conceptos tácticos vertidos por Botella y Ramiro Mascali, hasta el invalorable aporte de los preparadores físicos Diego Colantonio y Facundo De la Piedra, que impidieron que el plantel se caiga a pedazos, algo que todos presagiaban al no haberse podido cumplir una pretemporada medianamente decente.
Fue una gran campaña. Acaso no la mejor de Santamarina en el Argentino A (en 2006 se estuvo más cerca de la final por el ascenso), pero sin dudas la más meritoria.
Sin escalas, se pasó de observar la permanencia como una hazaña a rasguñar la final por el ascenso, algo que se vio frustrado por una noche fatal, de esas que hasta los campeones más sólidos suelen tener.
La goleada sufrida ante los correntinos echó por la borda toda la campaña y mitigó un notable rendimiento como local, con una efectividad muy difícil de alcanzar en categorías de esta paridad.
Naturalmente, con el correr del certamen, el hincha aurinegro se olvidó de la permanencia y puso en la mira la B Nacional. Y, si se analiza desde esa pretensión, podrá decirse que no se cumplió el objetivo. Un objetivo altísimo, culpa de todo lo bueno desarrollado previamente.
Pero quedó atrás un año en el cual, en lo futbolístico, Santamarina vivió innumerables jornadas de alegría, en casa o fuera de ella.
Si ello se logró con tantas situaciones adversas de por medio, bien puede soñarse con cosas importantes en el caso de que la próxima vez todo se encare con cierto grado de prolijidad.
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