La Danza Integradora en Tandil se convirtió en un cuento de hadas
Las niñas, vestidas de rosa, como salidas de un cuento de hadas, preguntan a su profesora Cristina sobre los nuevos y extraños bailarines que se mueven al compás de la música en el salón principal de la Escuela Municipal de Danzas. En silencio y observando con curiosidad, miran a Romina bailar en su silla de ruedas, junto a sus compañeros de las más diversas edades y profesiones. Están improvisando, se juntan, se separan, giran, se arrastran por el suelo, se estiran en el espacio. Ellos también danzan.
Quizás sea ésta la postal más representativa de un mes de danza integradora en Tandil, una actividad que relaciona a personas con y sin discapacidad motriz en el movimiento.
En los primeros cinco encuentros se trabajó sobre los omóplatos, la pelvis, las costillas, y se investigó la diferencia entre el ?cuerpo imaginario? y el ?cuerpo real?.
?Todos nos movemos desde un cuerpo imaginario que no es el cuerpo real. A este cuerpo imaginario le faltan partes y le sobran otras. Tiene sus limitaciones imaginarias también. Estamos acostumbrados a él, pues lo fuimos construyendo desde hace muchos años, sin prestarle mucha atención. Cuando uno empieza a encontrar el cuerpo real, reconstruye lo que faltaba y quita lo que sobraba. Se siente más liviano, como si fuera un caballero medieval que se quitó la armadura. Así vemos que el cuerpo se aliviana y casi se mueve solo, sin esfuerzo?. De esta manera comenzaba una de las danzas mientras sonaba la música peruana de Susana Baca en el grabador. En pocos minutos, las sillas donde todos habían empezado la clase fueron quedando más pequeñas en relación a las ganas de moverse y los cuerpos se alivianaron al ir entrando en la consigna y al ir buscando más espacio. ?El espacio?, se dijo, ?es infinito?. ?¿Hasta dónde podemos llegar??, se preguntó.
Laura, Gabriela, Manuela, Susnilda, Cecilia, Analía, Jorge, Diego, Betiana, Cristina, Ivana, y Romina, son, en apariencia, muy diferentes unos de otros. Pero al bailar se fueron dando cuenta que no eran tan distintos y pudieron aprender de los movimientos de los compañeros. Esos movimientos eran, quizás, los que les faltaban a ellos mismos.
A las niñas del cuento de hadas les sucedía algo parecido. La rampa colocada todos los miércoles en la entrada de Rodríguez 329, se convirtió en parte de su paisaje. En parte del paisaje de la danza. Quizás esa frescura y falta de prejuicio de los niños es lo que se recupera cuando un adulto se pone a bailar.
Por más información comunicarse al 154-68825 o por mail a santiagodemian@yahoo.com.ar.
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