La despedida al Mensajero Mundial de la Paz, el que dio sus primeros pasos en esta ciudad
Facundo Cabral nació el 22 de mayo de 1937 en La Plata y según cuenta la historia, el padre abandonó a la familia compuesta por su madre y siete chicos, un día antes que él naciera. De ahí que siempre dijera a cuanto se le preguntara que había nacido en la calle.
A pesar de que en su vida hubo mucho de leyenda, de ausencias y hasta de mito viviente, siempre se dio por cierto el episodio en el cual logró sortear un cerco policial y hablar con Perón y Evita para pedirles trabajo. Con el tiempo contaría esta anécdota y también la respuesta de la entonces primera dama: “Por fin alguien que viene a pedir trabajo y no limosna”. Después de ese episodio, el chiquito vendría a Tandil y su mamá comenzaría a trabajar como portera en la Escuela 7, ubicada avenida España y Rivadavia.
El lunes 1 de septiembre de 2003 se publicó en El Eco de Tandil lo que sería la última nota que se le hiciera en la ciudad con motivo de un concierto, tras largos años de ausencia. Se había alojado en una hostería frente a la Plaza de las Carretas y allí estaba en el living, rodeado de amigos, recordando sus comienzos musicales en el sello Odeón, donde había entrado por entrar.
“Vengo a grabar un long play -le dijo a la secretaria de la empresa-, apareció una persona que parecía ser de seguridad y me dijo que no molestara a la secretaria. En ese momento, entran Fernández Volpe y ‘El Chino’ Medina. Insistí ‘Vengo a grabar un long play, ¿así me reciben?’. Me preguntan el nombre: ‘Soy Cabral y vengo a grabar un long play’. Se miran entre ellos, era una situación hasta graciosa, me preguntan cuáles eran mis condiciones y les contesto: ‘Ninguna, grabo y me voy’. Volpe me dice: ‘No lo tome a mal, pero va a venir un señor a grabar justo ahora, no sé si lo conoce, se llama Luis Aguilé, ¿no podría volver en dos o tres años?’. En ese momento le avisan que Aguilé no viene porque estaba resfriado, y mirándome me dice: ‘Señor Cabral, vamos a grabar’. Entro al estudio y me encuentro con Malvicino, Granata, Rubén Barbieri, el hermano del ‘Gato’, había 30 músicos y se quedaron, se sentaron en el suelo y se quedaron”.
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Facundo no tuvo una vida fácil, muchas veces cuando creyó alcanzar la felicidad, ésta le dio la espalda, como cuando estando en Estados Unidos, su mujer embarazada tomó un vuelo y como no había lugar para él en ese avión, abordó el siguiente. El primero sufrió un accidente en el cual falleció su mujer y la hija que esperaban. Este sin duda fue uno de los golpes más grandes que sufriera, el que lo llevó a abrazar la espiritualidad y la libertad como banderas y la soledad como su estilo de vida.
su templo
Su madre vivía en la esquina de Antonena y Brandsen, una mujer sencilla y generosa que hablaba con orgullo de sus hijos, disfrutaba a sus vecinos. “¿Por dónde anda Facundo?”, le preguntaban de vez en cuando y ella contestaba con una suerte de alegría y nostalgia: “Anda por el mundo, por el mundo”. Y cuando el hijo pródigo llegaba al barrio, el vecindario se alborotaba. Arribaba en su cupé Fuego roja al nido que era la casa materna y después de unos mates, se cruzaba a la vereda de enfrente, al almacén, que era como su templo y allí sentado en una caja de lata de masitas daba lecciones de vida, cantaba.
Facundo se enorgullecía de haber empezado a cantar con la familia Techeiro y contaba algo que tenía mucho de leyenda urbana, ese encuentro con el vagabundo que le recitó el Sermón de la Montaña y él inmediatamente sintió la inspiración y escribió su canción de cuna: “Vuelve bajo”.
Cuando el Indio Gasparino desapareció, quedó sólo Facundo Cabral, que comenzó a andar por dos camino: el espiritual, que lo llevaría a conocer a la Madre Teresa de Calcuta, y el del conocimiento, demostrando su amor por la literatura en la figura de Jorge Luis Borges y Walt Whitman.
Su carrera tiene varios tramos, pero todos signados por lo espiritual, la crítica social y su cáustico sentido del humor.
Durante la última dictadura militar abandonó la Argentina y se radicó en México, donde siguió trabajando y recorriendo el mundo. El concierto de regreso a Argentina fue en el Luna Park, donde llenó el estadio.
Para entonces Facundo comenzaba a tener problemas muy complejos con su columna, que lo llevaron a tener que utilizar un bastón y muchas veces a pasarse meses en la cama por no poder caminar. También tuvo problemas en su corazón y debió ser intervenido. Fue entonces cuando comprendió que empezaba a quedarse ciego, lenta pero inexorablemente, según le diagnosticaron los médicos.
En ese tiempo, vivía en hoteles, argumentando que prefería el anonimato y la cuestión de aferrarse a cuestiones terrenales como una casa u otros objetos que en nada ayudarían a su ser espiritual.
Sin embargo, algo muy fuerte lo sacudió una vez y jamás Facundo volvió por el barrio del Calvario. Su madre murió y nunca se supo nada más de él. Si bien aseguraba en su canción paradigmática “no ser de aquí o de allá”, mientras vivió su mamá, Facundo fue de Tandil porque allí tenía su nido.
A lo largo de su vida recibió infinitos reconocimientos, aunque parece ser que no existe una línea documentada de estos. Es sabido que fue reconocido como Ciudadano Ilustre de la Ciudad de Buenos Aires. La Unesco lo nombró Mensajero Mundial de la Paz y hasta fue propuesto para el Premio Nobel de la Paz.
El jueves 7 de julio pasado se presentó en el que sería el último concierto de su vida, en el Teatro Roma de la ciudad de Quetzaltenango. Dos días antes cerrando otro show había dicho: “Ya les di las gracias a ustedes, las daré en Quetzaltenango y después que sea lo que Dios quiera porque El sabe lo que hace”.
Seguramente, no debió partir de esta manera, aunque Facundo Cabral desde siempre estuvo preparado para la muerte y no era algo que le quitara el sueño, aunque en estas circunstancias no fue justo que el fallecimiento del Mensajero Mundial de la Paz se diera en el marco de un cuadro de semejante violencia.
Más de 143 años escribiendo la historia de Tandil
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